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La edad de leer novelas

Nunca había leído un libro tan completo como 'The House of ­Government', de Slezkine, incomparable como testimonio histórico y afán narrativo

La actriz Marilyn Monroe lee 'Ulises', la novela de James Joyce, en 1955. Ampliar foto
La actriz Marilyn Monroe lee 'Ulises', la novela de James Joyce, en 1955. Magnum

Le preguntan a Gonzalo Pontón en una entrevista que si lee novelas y responde, más bien desdeñosamente: “Las novelas las dejo para la juventud”. Pontón es desde hace muchos años un editor formidable de libros de historia. Yo he sido uno de los beneficiarios de su trabajo, y sé que algunas de las más poderosas narraciones que existen las han escrito historiadores y autores de libros de memorias. Si hago mi balance particular del último año, muy pocas de las obras que me vienen inmediatamente a la cabeza son novelas. Y, al mismo tiempo, una parte de la hondura de experiencia humana que me gusta encontrar en las novelas me la han deparado algunos libros excepcionales de historia: la biografía de Thoreau de Laura Dassow Walls, la de Lenin de Victor Sebestyen y, sobre todo, uno de los libros más voluminosos y estimulantes que he leído en bastantes años: The House of Government, de Yuri Slezkine, un estudio de las vidas íntimas de tres generaciones de dirigentes, funcionarios, escritores, militantes soviéticos, organizado en torno a la historia de un solo edificio de Moscú, un complejo residencial para la élite del régimen que se inauguró en 1930.

Yo no había leído nunca un libro tan completo como éste, tan incomparable como testimonio histórico y como empeño narrativo. Si quiero encontrar una comparación me viene a la memoria La edad de los prodigios, de Richard Holmes, que también era un retrato colectivo en el marco de un tiempo histórico —los poetas y los científicos británicos en los años del Romanticismo—. La galería de personajes que abarcaba Holmes era más numerosa que la de una novela de Dickens. El libro de Slezkine está más densamente poblado que Guerra y paz. En alguno de los medios internacionales que lo han elegido entre los mejores del año se ha comparado a Slezkine con Tolstói, y se ha recordado que Tolstói escribió su novela con una ambición documental.

Leyendo The House of Government uno puede pensar que Gonzalo Pontón está en lo cierto. ¿Qué busca uno en una novela que no lo encuentre colmado en un libro así? La perspectiva de la multitud en una ciudad, la confesión íntima volcada en diarios y cartas, el modo en que los trastornos históricos arrastran las vidas privadas, la confluencia y el choque entre la pasión amorosa y las convicciones políticas, los retratos de cerca de los personajes públicos y al mismo tiempo, y no menos detalladamente, los de la gente común que casi nunca deja rastro. Un edificio literal es también una metáfora. Su construcción, el laberinto de su topografía, proveen, sin el menor peligro de inverosimilitud, ese centro magnético unificador que permite dar coherencia a la multiplicidad de las historias, un espacio y un límite, una maqueta del mundo.

Me doy cuenta de que leo muchas menos novelas que cuando era joven, pero eso no me absuelve del cretinismo del que habla Pla cuando dice: “Considero que un hombre que después de los 40 años todavía lee novelas es un puro cretino”

Pero además el oído de Slezkine, su sensibilidad para la literatura, se convierte en un instrumento de precisión para el análisis histórico. Estudiando las vidas de los primeros bolcheviques, y luego las de sus hijos y sus nietos, Slezkine atestigua que en todos ellos el milenarismo ideológico se mezclaba con una pasión igual de poderosa por la literatura, por las novelas sobre todo, por las grandes narraciones de ficción del siglo XIX, las de los maestros rusos desde luego, pero con idéntico fervor las de Dickens, Flaubert, Balzac y, más atrás, Cervantes y Don Quijote, que mantuvo una popularidad constante a lo largo de toda la era soviética. Slezkine no desciende a generalizaciones interpretativas: ha manejado materiales de primera mano, y aporta diarios, cartas, testimonios orales que ha recogido él mismo. El régimen comunista puso un empeño enorme en promover una literatura de plena ortodoxia soviética, pero los ciudadanos soviéticos no la leían, o no le daban mucha importancia. El régimen promovía una visión única y tajante del mundo: en las novelas, la gente se educaba en el conocimiento de la variedad incesante de las vidas, las experiencias, los lugares. El marxismo leninismo afirmaba la existencia de un devenir histórico objetivo, necesario, absoluto, que tendría su culminación en el comunismo. Tolstói, Flaubert, enseñaban exactamente lo contrario: la historia es una trama de azares, y las personas se mueven por ella aturdidas por la confusión exterior y guiadas por sus pasiones. En Cervantes se aprendía una lección definitiva: visiones gloriosas se convierten en delirios catastróficos cuando no se presta atención suficiente a lo accidentado y lo áspero de la vida real.

A diferencia de la Iglesia católica, que también empezó siendo una secta apocalíptica clandestina y se hizo dueña de un imperio, el sistema comunista soviético se hundió al cabo de solo tres generaciones. Una explicación, dice Slezkine, es que la ideología no pudo apoderarse completamente de espíritus vacunados contra ella por la literatura, en un país donde las novelas, la poesía, el arte, la música, eran vividos con una intensidad de revelaciones religiosas.

A los pocos días de leer la entrevista con Gonzalo Pontón cae en mis manos un libro de borradores, notas sueltas y páginas perdidas de Josep Pla, Hacerse todas las ilusiones posibles. Nada más abrirlo encuentro esta afirmación terminante: “Considero que un hombre que después de los 40 años todavía lee novelas es un puro cretino”. Casi nadie se resiste a convertir en leyes sus inclinaciones o sus caprichos. Yo me doy cuenta de que leo muchas menos novelas que cuando era joven, pero eso no me absuelve del cretinismo o, como dice el mismo Pla unas líneas después, de ser “un tonto de remate”. Leo menos novelas, pero a las novelas que leo les pido mucho más. De joven me gustaban las novelas que estaban tan hechas de literatura que se parecían a otras novelas y estaban llenas de resonancias literarias. Lo literario podía ser una coartada o un envoltorio; una novela podía sostenerse sobre la evidencia de su propio artificio; un personaje, sobre su evidente condición de personaje literario.

Quizá por eso es tan frecuente la decepción cuando se vuelve a leer una novela que le gustó a uno hace mucho tiempo. Es en un libro de historia tan riguroso como The House of Government donde se descubre de nuevo el valor de las novelas, la experiencia exaltadora y liberadora que ofrecen, el conocimiento que solo es posible adquirir en ellas, en las mejores de todas. Novelas tan grandes como las que devoraban los lectores de la era soviética son a la vez el fruto y el alimento de la libertad de espíritu. Slezkine ha escrito su libro admirable en una universidad de Estados Unidos, a mucha distancia en el espacio y en el tiempo de la dictadura soviética. Pero Doctor Zhivago y Vida y destino se escribieron en su plena oscuridad y han prevalecido sobre ella.

‘The House of Government’. Yuri Slezkine. Universidad de Princeton, 2017. 1.104 páginas. 39,95 dólares (33,70 euros).