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Verdad no implica arte

'Soldados. Una historia de Ferentari' y 'El secreto de Marrowbone' me dejan al borde del desfallecimiento

Que determinado cine sienta la obligación moral de reproducir celosamente la realidad, sin embellecerla, poetizarla, hacerla apasionante y compleja, retratando fidedignamente situaciones y personajes que pertenecen a la vida misma, no garantiza que esto pueda interesar al espectador ni el certificado de calidad. La película rumana Soldados. Una historia de Ferentari se empeña en labor tan naturalista a través de una historia y unos seres humanos que serían identificables en la realidad, pero que me resultan exclusivamente sórdidos. Se desarrolla en Ferentari, el barrio gitano de Bucarest, y cuenta el problemático amor, la volcánica atracción sexual, la necesidad de sentirse acompañados, entre un chapero gitano, que ha pasado en una cárcel especialmente dura la mitad de su patética existencia y un antropólogo que vive provisionalmente en el barrio para escribir su tesis después de conocer en carne viva ese ambiente dominado por la miseria y la supervivencia extrema.

Tienes la sensación de que la directora, Ivana Mladenovic, improvisa continuamente su guion, que en nombre de la autenticidad desdeña la seguridad que ofrecen los profesionales, incluidos esos protagonistas que nunca parecen actores, y que para captar el color de ese barrio y la cotidianeidad de los enamorados basta con aplicar un tono feísta, diálogos asquerosos (abusan hasta la nausea de los parlamentos sobre genitales, incluyendo los femeninos, ya que el impresentable macarra está convencido de que cualquier orificio de la anatomía de hombres y mujeres es acogedor si logras acceder a él), situaciones fatigosamente monocordes. Y estoy seguro de que lo que hacen y dicen pertenece a la vida real. Mi problema con ellos es que no me importan lo más mínimo ni al principio ni al final, ser testigo de su relación me provoca entre cansancio y grima. Si los personajes, lo que les ocurre, su angustiosa supervivencia, el deprimido universo que les rodea, no logran interesarme, me resbala que sean de verdad. Prefiero las mentiras y las ficciones bien contadas.

El secreto de Marrowbone es la primera película que dirige Sergio G. Sanchez, guionista de El orfanato y Lo imposible. Como director, comparte con Bayona la manía de atronarme y empalagarme con la utilización abusiva de la música, pero el argumento y el tono de su película bucean en otros modelos. Le doy un margen de expectación al arranque, con la llegada a una deshabitada granja de una madre y sus cuatro hijos huyendo de un pasado que imaginas trágico. Al rato, todo comienza a ser previsible. Sobre la trama planean inconsciente o conscientemente esas historias del pasado que obsesionaron entre otros muchos al Henry James de Otra vuelta de tuerca y al Amenábar de Los otros. Evidentemente, esa temática admite multitud de tratamientos a condición de inyectarles suspense y arte. Aquí solo percibo monotonía narrativa, un esforzado intento con resultado vano de transmitir emoción, lirismo y miedo.