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libros

Hálitos de vida

El autor austriaco Robert Seethaler traza un hermoso relato sobre la relación del hombre con la naturaleza

Vista del centro de Innsbruck (Austria) en 1951. 
Vista del centro de Innsbruck (Austria) en 1951.  GETTY

Esta es la historia de Andreas Egger, que a los 21 años encontró a su vecino Hannes, El Corneta, moribundo en la nieve, se lo cargó a la espalda, se enfrentó a la ventisca para llevarlo al pueblo en un esfuerzo agotador y al hacer un alto se le escurrió del armazón de madera en que lo transportaba, dio media vuelta y se perdió montaña arriba en la blancura helada.

El niño Andreas Egger perdió pronto a su madre y lo recogió un cuñado de ella, el granjero Kranzstocker, que a los ocho años lo unció a un yugo de madera para bueyes. Un día en que lo castigó con la vara de avellano le rompió el fémur al chico, se dislocó y quedó cojo. El pequeño Egger pasó a la escuela diariamente tras hacer las faenas del establo y llegó a leer. Se hizo fuerte, “pensaba despacio, hablaba despacio, caminaba despacio, pero cada pensamiento, cada palabra y cada paso que daba dejaban un rastro justo donde, a su juicio, debían dejarlo”. Se hizo hombre y a los 18 años se rebeló, plantó al granjero y se fue de su casa. A los 29 consiguió arrendar un terreno con un henal. Luego fue cuando ocurrió el episodio de El Corneta.

Entonces apareció Marie. Fue el primer y único amor de Andreas, un soplo de ternura en aquel mundo inclemente. Ella quedó embarazada, pero antes de dar a luz un alud la sepultó junto con la casa y Andreas se quedó solo. Abocado a la soledad, que sería su nueva compañera, abandonó el valle y se enroló en la compañía que construía una estación de montaña y un teleférico, donde trabajó “balanceándose entre el cielo y la tierra”. Llegó la guerra, lo alistaron y pasó ocho años prisionero en Rusia. Tras la liberación se empleó como guía en las montañas para todos los turistas que empezaron a invadir el valle. Fue entonces cuando encontraron el cadáver de El Corneta congelado en un nevero. Para entonces, Egger había alcanzado y perdido alguna de sus ilusiones y sueños, porque “muchos habían permanecido inalcanzables, o se los habían arrebatado apenas los había logrado”.

Hálitos de vida

En cierto modo, esta podría ser la historia de Job. Como Egger no creía en Dios sino sólo en la vida, fue ésta la que le hizo pasar todas las calamidades. Y él sobrevivió esperando a que un día la vida lo reconociera como Dios reconoció a Job al final de sus desdichas. Pero la vida se limitó solamente a hacerle un hueco dentro de ella. Entonces Egger luchó desde dentro de ella con nobleza y sin saber para qué, sólo siguiendo su instinto, cerca de los hombres aunque en una soledad extrema: sólo se tenía a sí mismo y a la naturaleza, en cuyo seno había nacido. Hasta que la Dama Fría, aquella que seguía a Hannes, El Corneta, vino a buscarlo.

Este hermosísimo relato sólo es posible gracias al talento de Robert Seethaler para describir la relación entre el hombre y la naturaleza. La belleza y la emoción que contienen sus descripciones espaciales y emocionales, junto al valor de la voluntad ante la aspereza de un entorno del que Andreas extrae hálitos de vida en los que apenas florecen momentos de felicidad sumados a la nobleza elemental del personaje, forman un todo compacto, directo y convincente; todo ello bien trasladado al castellano por la traductora. El secreto de Seethaler está en integrar la historia de Egger con el sentimiento de la naturaleza, que aparece como el soporte emocional del carácter del personaje.

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