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Sin artificios

Lidia Damunt publica 'Telepatía', su esperado álbum tras cuatro años sin sacar disco propio

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Que el regreso de Lidia Damunt era esperado se sabía. La voz más sólida y personal del folk español de los últimos años llevaba cuatro años sin publicar disco propio —el anterior, Gramola, eran versiones—, así que la expectativa venía tanto de los fans más ávidos de rock de Hello Cuca como de aquellos que fue adquiriendo durante su experiencia en solitario. Damunt, que se había adentrado en el folk y el blues conEn la isla de las bufandas, y había optado por arreglos pop en Vigila el fuego gracias a la producción de Hidrogenesse, vuelve con Telepatía despojada de artificio, y con los dejes punk DIY que permean en todas sus canciones.

Porque se trata de canciones: si algo tiene Damunt es la capacidad de contar historias, que se suceden alternativamente como si se tratara de mundos propios, a ratos solipsistas, pero que aquí tienen un hilo común: la experiencia. Telepatía, es decir, el acto de poder comunicar colectivamente sin palabras, se presenta aquí a través de un disco que se abre y se cierra instrumentalmente, antes de dejar paso a un torrente de momentos vividos y cánticos por vivir. Así, encontramos el amor contemporáneo de ‘Teléfono’ donde este es, no sin ironía, el apéndice más deseado, o ‘Como la miel’, que desborda sensualidad eléctrica.

Damunt conjuga la adolescencia simbiótica de las habitaciones del pasado en ‘Cambiábamos la historia’, juega sin complejos con el country en ‘Rueda conmigo’ o busca la introspección en ‘Mi guitarra’. Pero quizás donde más sorprende es en la explícita ‘La caja’, que se niega a aceptar los dos tipos de mujeres que conforman esa “caja del patriarcado”. Si el disco invoca una telepatía, Damunt nos invita a conectar cuerpos para que ya no estén en solitario, como islas. Y, de entre todos ellos, el himno alegre y doloroso que puede convertirse en su canción más conocida. ‘Bolleras como tú’, que invoca el recuerdo de una mujer fatal, y a su vez nos pone sobre la pista de la que puede ser la más madura de las emociones vitales: la noción de que la juventud feroz quedó ya en el pasado.