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Paisaje después de la batalla

En la era de Internet, el pop ha ganado en difusión a fuerza de perder su vieja relevancia

Ilustración de Cristina Daura
Ilustración de Cristina Daura

"Esto es como la caída del Imperio Romano", repite el artista gruñón. Puede estar hablando de su propia experiencia, pero entendemos su frustración: en los últimos 25 años, hemos contemplado cómo se desmoronaba el modelo de industria musical del siglo XX, cómo se transformaban radicalmente los hábitos de consumo, cómo la música pop alcanzaba la omnipresencia… y disminuía tanto en trascendencia como en cotización.

Resulta peligroso manifestarse en estos asuntos. Vivimos en época de profetas estridentes que —verbigracia— llevan lustros proclamando la desaparición del CD (que, no obstante, sigue siendo el principal soporte físico para la música). Los visionarios tienden a ser tajantes y prometen paraísos cercanos: no hay necesidad de compañías discográficas, ya que cualquiera puede elaborar sus creaciones en casa y difundirlas urbi et orbi. Y es cierto al 50%. Nunca se ha grabado más música… y nunca ha sido más difícil visibilizarla (y no hablemos de venderla). Hasta aquellos paradigmas de Arctic Monkeys o Lily Allen, que supuestamente construyeron su base de fans regalando sus maquetas en MySpace, se han demostrado engañosos: había detrás una poderosa independiente o una multinacional.

El artista del tiempo presente no solo necesita destacar entre la multitud de sus coetáneos. Debe competir con las figuras del pasado, ahora disponibles en todas las plataformas, potenciadas por sus resplandecientes narrativas. La retromanía es más que una patología: se trata de una abrumadora realidad, un condicionante inevitable. Incluso en el campo del directo, los nuevos artistas se enfrentan a la propuesta de las denominadas bandas tributo.

En cuestión de profecías, conviene ser especialmente desconfiado con las que pretenden tranquilizarnos. Así, la teoría de la larga cola, formulada por Chris Anderson, que —en lo que aquí respecta— aseguraba que la ­desaparición de las tiendas de discos era compensada por la oferta infinita de Amazon y similares; podríamos confiar en que los nichos de mercado convivirían con el mercado masivo; quedaría garantizada así la diversidad cultural. Sin embargo, no parece que eso ocurra. El pecado original del pop industrial es su anglocentrismo, algo que se intentó remediar con la categoría de world music. Aunque el término tenga mucho de paradójico, consiguió que en los años noventa descubriéramos parte de la riqueza musical del planeta. Para sus paladines más veteranos, como Charlie ­Gillett, esa experiencia resultaba tan embriagadora como el reconocimiento del rock and roll y el soul en los cincuenta y los sesenta.

Ha caído el Imperio Romano y nadie sabe quiénes hacen el papel de bárbaros en este drama

Por el contrario, en el presente siglo se ha producido una homogeneización sonora, perceptible tanto en el mainstream como en el indie de andar por casa. Se hace muy evidente en la música latina, antes un vergel de fabulosos ritmos autóctonos y ahora dominada por… el ritmo de Miami. Hasta Cuba, antes orgullosamente diferente, hoy factura canciones (y vídeos) similares a los que difunde su enemigo.

La actual internacionalización del pop ha ido por otros derroteros. La tecnología permite prescindir de la necesidad de coincidir en un estudio de grabación: así que un tema de alta gama puede tener bases hechas en Mánchester, melodías concebidas en Suecia, voces metidas en Los Ángeles más todos los añadidos y variaciones imaginables. Las estrellas del presente son cosmopolitas sin raíces.

Atención: tal vez la partida se esté desarrollando con dados trucados. Hace unos días, el presidente de una discográfica londinense lamentaba que sus respetables artistas eran arrollados comercialmente por el pop y la urban music estadounidenses: las listas de Spotify o Apple Music se retroalimentan, primando a los triunfadores. Se nota en ese termómetro que son los charts. Según explicaba, en lo que llevamos de año, en Reino Unido ocho canciones habían llegado al número uno (y solo una pertenecía a un artista británico); en 2015, habían sido 17; en 2014, nada menos que 28.

No nos importa ese encogimiento, podríamos responder. Nuestros gustos están más evolucionados y sabemos buscar lo que necesitamos. Pero eso supone dejar la Primera División al mínimo común denominador, aceptar que el poder blando de Estados Unidos es incontestable. En el fondo, tal ha sido nuestra reacción. Con una escena musical fragmentada, siempre se puede encontrar un salvavidas personal para sobrevivir al naufragio.

Igual hacen los artistas. En 2007, Radiohead humilló a sus compañeros y a la industria convencional ofreciendo la descarga de In Rainbows por la voluntad, literalmente. Millones de comentarios (elogiosos) sobre la iniciativa, pero el grupo no ha vuelto a repetir la jugada. En 2014, cuando U2 regaló su último disco largo, Songs Of Innocence, a los millones de usuarios de iTunes, hubo indignación entre muchos de los receptores, que lo consideraron una intromisión.

Estamos ante otra novedad. Se ignora la cláusula de inviolabilidad de la que parecían disfrutar las superestrellas: ahora están sometidas al mismo escrutinio que el resto de las celebrities. Efectivamente, ha caído el Imperio Romano y nadie sabe quiénes hacen el papel de bárbaros en este drama.

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