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OPINIÓN

¿La gente?

Una de las propuestas más conmovedoras sobre el significado de la gente y su capacidad de resistencia lo ofrecía un poeta del cine llamado John Ford, adaptando a John Steinbeck en Las uvas de la ira.

¿La gente?

De qué hablamos cuando hablamos de amor, titulaba inquietantemente Raymond Carver uno de sus libros, aquel alcohólico que no pudo ahuyentar a sus demonios aunque se mantuviera abstemio los últimos años de su vida. Pero no conozco ninguno que se titule “De qué hablamos cuando hablamos de la gente”, entre otras cosas porque la explicación sería demasiado compleja, con dudosa posibilidad de acierto.


Una de las propuestas más conmovedoras sobre el significado de la gente y su capacidad de resistencia lo ofrecía un poeta del cine llamado John Ford, adaptando a John Steinbeck en Las uvas de la ira. El fugitivo Tom Joad, en el último y clandestino encuentro con su madre le jura que siempre estará al lado del débil, del acorralado, del que sufre injusticia y miseria. Su madre le responde: “Nunca podrán con nosotros, hijo, porque nosotros somos la gente”. A Ford siempre le interesó más el fracaso de los héroes individualistas que la gente, pero reconozco que es imposible no sentir emoción cuando se refiere a la trágica supervivencia de los desposeídos. Lo más probable es que a Tom le maten las fuerzas del orden en cualquier esquina. Y que su madre muera poco después, de hambre, de miseria, de pérdida o de tristeza. Pero todos salimos del cine sintiéndonos como el justiciero Tom y su solidaria y espartaquista madre.


Cuando hablan de la indisimulable y crónica cloaca pepera tienden a olvidarse de que aunque su fetidez sea constatable hasta para el que casi carece de olfato, no está en el Gobierno por casualidad. Que ocho millones y medio de personas le otorgan su favor y creen que con ellos su vida funcionará mejor. Digo yo que alguna responsabilidad tendrán en el estado de las cosas. Y es imposible que todos ellos sean ricos o de una clase media privilegiada. Y son el grupo más numeroso entre eso que llamamos la gente. O sea, que abandonemos el lirismo al hablar de abstracciones.