Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
POR NO QUEDARSE EN CASA / 4

Flannery O’Connor se moja

La escritora estadounidense, que tendía a ridiculizar los excesos del entusiasmo religioso, acabó sumergida en aguas de Lourdes con 33 años. Afectada de lupus, aceptó la invitación ya desahuciada

Flannery O’Connor, en el exterior de su casa, la granja Andalusia en Milledgeville (Georgia) en 1962.
Flannery O’Connor, en el exterior de su casa, la granja Andalusia en Milledgeville (Georgia) en 1962.

"Soy de esas personas que antes morirían por su religión que tomar un baño por ella”, le escribió Flannery O’Connor a una amiga: no hablaba de un baño cualquiera, sino de la inmersión en las aguas del manantial de la cueva de Lourdes a la que enfermos de todo el mundo atribuyen propiedades curativas desde que, según la leyenda, la Virgen se apareciese allí a una joven en 1858.

O’Connor tenía 33 años en el momento de realizar su viaje; pese a que todavía era joven, ya era considerada una de las escritoras estadounidenses más importantes de su época gracias principalmente a dos libros: la novela Sangre sabia, publicada en 1952, y los cuentos de Un hombre bueno es difícil de encontrar (1955). La primera es la historia de Hazel Motes, un sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial que, habiendo perdido la fe a raíz de la experiencia, la recupera fundando una secta, la Iglesia de Cristo sin Cristo. Los segundos están poblados por asesinos piadosos, falsos predicadores, lisiados, idiotas, vendedores de biblias, ciegos y seres deformes cuya falta de gracia física refleja, en el mundo narrativo de la autora, la de gracia espiritual.

Fructíferas amistades

1. Flannery O’Connor nació en Savannah, en el Estado de Georgia, en marzo de 1925 y falleció en esa misma localidad en agosto de 1964. A lo largo de su vida mantuvo una importante correspondencia con Robert Lowell y Elizabeth Bishop, entre otros, y su obra es imprescindible para comprender la evolución del cuento norteamericano de ese siglo.

2. Tobias Wolff apuntó: “Flannery O’Connor tendía a volver una y otra vez sobre las mismas situaciones sin perder mucho de su capacidad de sorprender. En su trabajo hay patrones recurrentes, pero siempre se las arregla para que parezcan nuevos. Supongo que me gustaría conseguir algo así”.

3. Toda la obra de Flannery O’Connor ha sido traducida al español: los Cuentos completos (Lumen, 2005 y DeBolsillo, 2006), las Novelas (Lumen, 2011 y DeBolsillo, 2013), las cartas de El hábito de ser (Sígueme, 2003) y la prosa ocasional de Misterio y maneras (Encuentro, 2008), así como sus Tiras cómicas (Nórdica, 2014).

La obra de Flannery O’Connor es parte del denominado “renacimiento del sur” de las letras estadounidenses que tuvo como figura principal a William Faulkner (de cuyo experimentalismo la autora de Sangre sabia se distanció deliberadamente) e incluyó a autores de la talla de Thomas Wolfe, Tennessee Williams y Robert Penn Warren, así como a las llamadas Ladies of the South: Eudora Welty, Katherine Anne Porter y Carson McCullers, entre otras. El “renacimiento del sur” surgió en la década de 1930 como respuesta a aquello que un puñado de escritores sureños consideraba la pérdida de la idiosincrasia y de los valores de la región provocada por el tránsito de una forma de vida esencialmente rural a otra industrial y urbana. Para O’Connor, quien había nacido en 1925 en la localidad sureña de Savannah, en el Estado de Georgia, y en 1938 se había instalado con su familia en el condado de Baldwin, en Alabama (y alguna vez iba a afirmar que las dos circunstancias que habían dado forma a su escritura eran “el ser sureña y el ser católica”), este tránsito era una tragedia de proporciones (precisamente) bíblicas.

Existe un elemento más en la tragedia personal de la escritora, y es el que explica el viaje a Lourdes de 1958, lo más parecido que hubo en su vida a unas vacaciones: desde 1951 estaba enferma de lupus, una dolencia que ataca al sistema inmunológico, que se vuelve contra los propios tejidos del cuerpo: la autora lo había detectado mientras trabajaba en su primera novela, cuando se quejó de que le costaba levantar los brazos para alcanzar la máquina de escribir. Muy pronto, los temas de la redención, el dolor y la fe que atraviesan Sangre sabia empezaron a resonar de forma singular en su vida práctica: los corticoides no fueron de verdadera utilidad, y las dosis de hormonas que se le prescribieron, tampoco. La escritora tuvo que mudarse con su madre a una granja en el Estado de Georgia, donde se dedicaría en los años siguientes a escribir, enseñar a las gallinas a caminar de espaldas (un vídeo en YouTube lo prueba) y a criar pavos reales. Algunos años después de que notase los primeros síntomas del lupus, tuvo que comenzar a ayudarse con un bastón; tiempo después sólo podía desplazarse con muletas.

Flannery O’Connor se moja

O’Connor demostró una actitud singularmente estoica ante la enfermedad, que en su correspondencia personal comentaba a menudo humorísticamente: si esta constituyó una fuente de infortunio, también fue un excelente acicate a la escritura, ya que la autora fue excepcionalmente prolífica dadas sus circunstancias personales. En 1958, sin embargo, estaba desahuciada, y aceptó la invitación de asistir al jubileo de las apariciones de Lourdes.

Flannery O’Connor tenía sentimientos encontrados respecto al viaje, ya que su obra tendía a ridiculizar los excesos de entusiasmo religioso, de allí que se negara inicialmente a bajar a las aguas “milagrosas”: viajaba como peregrina, no como paciente, afirmó. Sin embargo, algo de lo que vio en Lourdes la conmovió especialmente (quizás una profusión de tullidos y enfermos que parecía el elenco de personajes de una de sus obras) y acabó aceptando sumergirse en el manantial. La escritora iba a morir a consecuencia del lupus seis años después, en 1964, a los 39 años, sin que el agua de Lourdes hubiese obrado en ella un milagro. “Estoy segura de que nadie reza en esa agua”, le escribió a una amiga, pero también confesó (más tarde) que mientras la sumergían en el elemento líquido había rezado por la novela que estaba escribiendo “y no por mis huesos, que me importan menos”.