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El porvenir de los vencidos

Hay muchos libros sobre grandes figuras políticas. Pocos sobre la gente que vive en el anonimato

Una mujer baña a su hijo en un balde, en un barrio de chabolas a las afueras de Madrid en abril de 1940.
Una mujer baña a su hijo en un balde, en un barrio de chabolas a las afueras de Madrid en abril de 1940. EFE

Nunca he estado con el historiador Antonio Cazorla, pero estoy seguro de que si nos conociéramos encontraríamos de inmediato todo un mundo de recuerdos comunes. Él nació en una familia trabajadora de Almería, yo en una de la provincia de Jaén. Los dos pertenecemos a una generación española que tiene el extraño privilegio de haber vivido plenamente en dos mundos, o de haber crecido en uno y vivido luego en otro que no se le parecía nada, y cuya existencia ni siquiera sospechábamos antes de vernos sumergidos en él. El atraso general del país era más grave aún en nuestra Andalucía interior. Por eso nos parece que tenemos recuerdos anteriores al tiempo de nuestras vidas. Hay una diferencia menor entre nosotros, pero significativa: la diferencia en los años de nuestro nacimiento. Yo nací en 1956, en lo que todavía era en gran medida la posguerra; Cazorla en 1963, de modo que cuando llegó al uso de razón vio ya algunos de los grandes cambios que habían empezado con la década. He comprobado que esos pocos años determinan diferencias muy notables en los recuerdos. Mi hermana nació en octubre de 1961, y mi mujer en enero de 1962. Ellas, como le pasará a Cazorla, no llegaron a conocer el aislamiento y la pobreza de los que yo todavía fui testigo, y menos aún el siniestro integrismo católico, anterior al Vaticano II, que sí probamos amargamente los nacidos tan solo unos años atrás.

Quizás haber crecido y haberse educado en la frontera entre dos mundos indujo pronto en algunos de nosotros una vocación de cronistas, un sentimiento muy agudo del devenir histórico y la provisionalidad e incluso la frágil novedad de muchas cosas que otros más jóvenes dan por supuestas. Somos desertores o extranjeros de nuestro pasado y forasteros y emigrantes de primera generación en el mundo de ahora; ya lo éramos mucho antes de que las tecnologías trajeran consigo cambios todavía más abruptos en las últimas décadas. Nuestra visión de las cosas está marcada por nuestra experiencia en primera persona de hechos que para mucha gente ya pertenecen al relato de la historia. Somos, vitalmente, intelectualmente, ese desequilibrio, esa escisión, la voluntad de dar coherencia a las voces y a las imágenes de un pasado que se vuelve lejano y por lo tanto más vulnerable a las manipulaciones del olvido, del interés político y de la nostalgia.

Un libro de Historia puede ser en tan autobiográfico como una novela, aunque su autor no se permita la indulgencia de inventar

Y además somos depositarios de una memoria directa que para nosotros se remonta hasta los principios del siglo pasado, porque la aprendimos del testimonio de nuestros padres y nuestros abuelos; del testimonio y también de la cautela y el silencio, los indicios, las medias palabras. Nos llamaba la atención que nuestros mayores dijeran de alguien que “era de ideas”. Lo decían con algo de contenida admiración pero también marcando una distancia: en ser de ideas había un peligro. La palabra idea estaba asociada exclusivamente a una sospecha de rareza y de marginalidad.

El único patrimonio que uno tiene es el de lo que ha ido viviendo y lo que le han contado acerca de cómo era el mundo antes de que uno naciera. Yo he convertido en ficción los materiales y las voces de mi vida antigua. Por un impulso semejante, Antonio Cazorla se hizo historiador. Su destino y el mío eran inimaginables para cualquiera de los dos cuando éramos niños. La conciencia de haber escapado, en parte por vocación pero sobre todo por un golpe de buena suerte histórica, al destino de nuestros abuelos y nuestros padres nos provoca una mezcla de remordimiento y de asombrada gratitud: también un sentido visceral de lealtad hacia las personas que nos criaron y tuvieron la generosidad de darnos lo que ellos nunca recibieron, aunque no lo merecieran menos que nosotros.

Los padres de Antonio Cazorla probablemente no estudiaron más allá de la escuela primaria y no se movieron de los paisajes de Almería en los que habían nacido. Él pudo tener estudios superiores, sin duda con becas, y ahora es profesor de Historia contemporánea en una universidad de Canadá. El itinerario de su biografía resume el devenir inaudito de una generación de españoles dividida o extendida entre dos épocas y dos mundos. El año pasado publicó una excelente biografía de Franco. Ahora acaba de salir Miedo y progreso: los españoles de a pie bajo el franquismo. Un libro de Historia puede ser en el fondo tan autobiográfico como una novela, aunque su autor no se permita la indulgencia de inventar. Hay muchos libros sobre grandes figuras políticas, y también sobre los movimientos de resistencia contra la dictadura de Franco. Lo que menos hay son historias que traten de la inmensa mayoría de la gente, los que viven y mueren en el anonimato, que son precisamente los que suelen sufrir las consecuencias más crueles de los hechos históricos.

En el Año del Hambre, 1945, la gente se caía muerta por la calle, con la barriga hinchada de comer hierba

Por pasión de investigador, pero también por lealtad personal, Antonio Cazorla ha dedicado un libro entero a indagar en las vidas reales de los trabajadores, los pobres, los del montón, la carne de cañón, los que no vibraban con grandes pasiones políticas ni se presentaron voluntarios en la guerra contra el fascismo pero padecieron la derrota de la República, y luego conocieron el hambre y el terror y tuvieron que bajar la cabeza y guardar silencio para sobrevivir; y los que llevaron luego sobre sus hombros el peso de la lenta recuperación e hicieron posible la llegada de la prosperidad en los años sesenta, recibiendo a cambio la parte más mezquina de sus beneficios.

En las existencias cotidianas que cuenta Cazorla no hay abierta rebeldía ni heroísmo político, solo una dignidad contra las adversidades y una sorda determinación de sobreponerse al hambre, al miedo, a la arbitrariedad y la corrupción del poder, a la injusticia; también una pérdida de conciencia civil alentada por la miseria moral de la dictadura. “Este es un equilibrio difícil para el historiador”, confiesa Cazorla: “evitar una lectura absoluta en tonos ideológicos y, al mismo tiempo, no hacer un falseamiento edulcorante del pasado que ignore el sufrimiento de las víctimas”.

Muchas de las cosas que cuenta Antonio Cazorla me traen recuerdos de lo que yo oía de niño. En mi familia se hablaba con horror del único año que denominan por su número aquellas personas habituadas a la cronología intemporal de las estaciones: “el cuarenta y cinco”, decían, el Año del Hambre, cuando en el campo no creció nada, cuando nadie tenía lo suficiente para pagar los precios del pan en el mercado negro, cuando la gente se caía muerta por la calle, con la barriga hinchada de comer hierba. Ni siquiera en los países más devastados por la Segunda Guerra Mundial hubo una hambruna tan mortífera. “Los que murieron fueron los pobres, especialmente si además eran vencidos”, escribe Cazorla. “De su muerte y del hambre se beneficiaron otros: los ricos y los vencedores”.

La generación de nuestros abuelos ya se ha extinguido. Pero en la de nuestros padres todavía queda gente que recuerda. Todavía estamos a tiempo de que su memoria no se borre del todo. En la crónica de Antonio Cazorla, junto a la claridad de los datos históricos, hay un estremeciento de restitución.

Miedo y progreso. Los españoles de a pie bajo el franquismo. 1939-1975. Antonio Cazorla. Alianza. Madrid, 2016. 392 páginas. 24 euros (digital, 14,99)