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ENTREVISTA

Piedad Bonnett: “He visto mi voz hacerse diferente”

La escritora colombiana logra volver a la poesía tras el bloqueo que sufrió por el suicidio de su hijo. Escribir la ha ayudado a curarse y comprender, asegura. Publica su Poesía reunida

Piedad Bonnett, retratada durante el festival Hay de Cartagena de Indias 2016.
Piedad Bonnett, retratada durante el festival Hay de Cartagena de Indias 2016.

El único miedo que le queda hoy a Piedad Bonnett es que la poesía la abandone. Tras sufrir la muerte de su hijo en 2011, relató los pormenores de su dolor, la impotencia ante la enfermedad mental que padecía y el rebobinado inevitable y masoquista en busca de los porqués ya inútiles de su suicidio en Lo que no tiene nombre (Alfaguara, 2013), un libro delicado, sensible y nada morboso sobre lo que pasó. Lo difícil lo hizo fácil.

Aquello bloqueó su vida y su poesía, y Piedad Bonnett (Amalfi, Colombia, 1951, premio Casa de América de Poesía Americana 2011) apenas ahora está consiguiendo volver al verso. “Escribir me ayuda a curarme y a comprender”, asegura. Acaba de publicar su Poesía reunida (Lumen), un libro que le propuso la editorial para agrupar su obra y que la ha obligado a revisar todas las poesías de su vida. Por el camino ha encontrado las grietas. “He visto que he envejecido. He visto mi voz hacerse diferente”. Charla sobre ello en Cartagena de Indias (Colombia).

PREGUNTA. ¿Poeta o poetisa?

RESPUESTA. ¡Poeta mejor! No sé por qué la palabra poetisa se ha asociado a recitadora con un tinte un poco ridículo y la palabra poeta me parece muy bonita. Sacerdotisa es linda pero poetisa, por alguna razón, no.

P. ¿Y más poeta o novelista?

R. Me siento más poeta. La novela es una pasión, yo desde adolescente quería ser novelista, pero no tengo una cantera de cosas que contar, no. Me gusta la literatura donde no pasan muchas cosas: Proust, por ejemplo, pausado, delicado. Me gustan las novelas con componente poético. Ahora John Banville, o antes Nabokov. Lo único que no me gustaría en la vida es que la poesía me abandonara, ya sabes que no es que uno deje la poesía, sino que de pronto la poesía te abandona.

P. ¿O te visita?

R. O te sigue visitando, sí. Mientras la vida no esté alienada nos puede visitar la poesía. Tu cabeza necesita el silencio suficiente para que llegue la poesía.

P. ¿La poesía entonces llega, no se busca?

R. Sí, pero comienza en la mirada, es una forma de mirar que vas desarrollando.

P. ¿Con una palabra, con una idea? ¿Cómo comienza una poesía?

R. Con una percepción de sentido, algo que tiene un sentido trascendente y que jalona inmediatamente el lenguaje. Hace unos días me visitó una conocida para hablar de un proyecto. Yo sabía que ella también había perdido a un hijo, charlamos en la cocina de su proyecto y en un momento le pregunté por su duelo. Fueron cinco minutos, pero al tercer día me vino un verso: “Una cocina puede ser el mundo”. La poesía viene y reside en el lenguaje. Aparece ese verso que encierra una promesa y es como quedarse embarazada. Sabes que vas a parir y a lo mejor va a ser lindo y es una emoción intensa porque te pertenece. Pero luego tienes que buscar el momento del poema, no es como escribir una novela, que te levantas, te bañas y te sientas. No. La poesía viene.

P. ¿Y qué hace cuando viene?

R. Anoto las ideas, tengo un montón de libretas, una para prosa, otra para poesía. Me gusta mucho leer ensayo, es muy iluminador y te lleva a la poesía. Escribo mis propias frases cuando leo ensayo.

P. ¿Le gustó releerse para publicar su Poesía reunida?

R. Sí, pero sufro porque me siento expuesta, la poesía revela una parte íntima de mí y uno siempre está pensando que tiene un futuro y un presente, no un pasado. Al releerlo reviví toda mi vida, las circunstancias exactas de cada poema. Encontré muchos que no me gustaban, podía haber mutilado la mitad, pero lo dejé en manos del lector. Reviví mi propia búsqueda del lenguaje: primero era ingenuo, luego coloquial, pero también lírico, a veces transparente, a veces barroco… Hice ese recorrido y fue bonito.

P. ¿Le gustó su evolución?

R. Vi cómo iba envejeciendo, y cómo en mi vida hubo ese dolor gigante de mi hijo, pude apreciar en qué momento mi voz se hizo diferente, guiada por la impotencia que no me llevó a gritar. Odio a los poetas que gritan. En un momento de la poesía en español los poetas se pusieron a gritar, como Bárbara Jacobs, hubo una tendencia a la altisonancia. Pero a mí me gusta la otra literatura, la de Proust, sutil. Vi también que en mis últimos libros me volví sentenciosa, aunque yo no tengo talento para la filosofía y el ensayo. Pero vi que esa poesía sentenciosa nació de la reflexión, de la pausa, de un mayor silencio, porque había mucho dolor.

P. ¿Qué poetas le han influido más?

R. De Machado aprendí la sutileza, admiré cómo se ocupaba de lo pequeño; Baudelaire me enseñó que lo feo podía ser bello. Pero tal vez la revelación grandísima me la hizo César Vallejo con esa ruptura de la sintaxis, esa fuerza de lo oscuro, una conmoción y una revelación. La última gran influencia es Blanca Varela. En ella encuentro una visión del mundo similar a la mía, pero también un descubrimiento.

P. ¿Cuál es el objetivo de su poesía? ¿Curarse, superar, descubrir?

R. Al lector le gusta que le digan lo que ya sabe pero de una manera que a él no se le había ocurrido. Creo que el objetivo es penetrar, penetrar un nivel de la realidad que no siempre vemos porque vamos muy rápido. Por eso el silencio es tan importante para los poetas.

P. ¿La poesía le ha servido para curar su dolor?

R. Mucho. Desde la adolescencia, cuando me internaron en un colegio a los 14 años porque era muy rebelde, el dolor empezó a convertirse en poesía. Dejé de creer en Dios, tuve una úlcera duodenal y casi muero a los 16 porque enquistaba todo dentro y enfermaba. Ahora sé que la escritura es catártica, no la de la novela, sino la de la poesía. De verdad libera.

P. ¿Es el objetivo último? ¿La catarsis?

R. La catarsis no es el objetivo, sino la consecuencia. Ahora escribo poemas pensando en mi hijo, pero no para curarme. Es posible que la suma de toda esa escritura me haya curado, es posible que Lo que no tiene nombre me haya curado, pero no lo escribí para curarme.

Bonnett recita emocionada un poema premonitorio que leyó en la Universidad de Columbia en la ceremonia por la muerte de su hijo y que había escrito anteriormente, cuando él se fue de casa para estudiar allí Arte:

Otra vez sales de mí, pequeño, mi sufriente. / Otra vez miras todo con mirada reciente, / y llenas tus pulmones con el aire gozoso. / Ya no lloras. / El mundo, de mo­mento, no te duele. / Todo es tibio esta vez, caricia pura, / como una prolongada primave­ra. / Ignoras / mi útero vacío, mi sangrado…

“La poesía es intuición, es premonitoria”, dice.

P. ¿Y le permite comprender?

R. Totalmente, claro. Es otra forma de conocimiento que no es racional. Cuando murió Daniel pensé que iban a empezar a salir poemas. Fue tan brutal lo sucedido que no había fuerza para el poema. Necesitaba relatarme a mí misma esa historia para comprenderlo primero en su sentido nato, poner orden, reconstruir.

Bonnett se bloqueó como poeta, se dedicó a seleccionar la obra de Daniel para destruir y guardar, a escribir ese libro, y un año después, tras publicarse, empezó a recibir noticias de cientos de seres que habían perdido a sus hijos y que acudían a ella en busca de consuelo. “Me cayó una avalancha del dolor ajeno y este me ayudó a curar el propio. Pero enfermé, me curé de unas cosas pero me enfermé de otras. Por eso no cabía otra escritura”.

Y fue después, hace un año, cuando todo cambió. “Me empecé a zafar de la imagen de que yo escribo de duelo y empezaron a aparecer los poemas. Son íntimos, son cartas a Daniel, pero hablo de los enfermos encerrados, de locos recluidos y el dolor humano que debió condensarse en los manicomios en otras épocas”. Porque ahora, concluye: “No quiero seguir regodeándome en lo privado”.

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