Costumbrismo de tanatorio
Pocos momentos como un velatorio para que salga a la luz la idiosincrasia española. Ahí ubica Ignasi Vidal 'Memoria o desierto'


Hace no mucho, en un tanatorio, una carcajada tremendamente sonora dejaba desubicada a la familia que ocupaba la sala contigua. Le siguieron unas cuantas más, y entre recuerdos que habían dejado de ser vergonzosos y olor a café de 0,50 céntimos el vasito se destensó la cosa para los acompañantes de los dos muertos, cada cual en su habitación y mirando a su vitrina. En ese espacio que mide a todos por el mismo rasero es donde ubica Ignasi Vidal (Barcelona, 1973) su última obra, Memoria o desierto, un lugar común en el que los veladores suelen hacer el mismo recorrido, de la tristeza a la risa conmemorativa y viceversa.
Vidal, que el pasado martes por la noche saludaba aliviado tras el preestreno en el teatro Fígaro de Madrid, cuenta que esa función fue la primera que se acercaba más a lo que había imaginado, aunque nunca será del todo así porque la edad lo ha convertido en un tiquismiquis. "Y maniático, me cuesta conformarme”, apunta. Esa parte de él queda reflejada en la hermana que interpreta Ana Otero, el tercer hilo de la trenza desigual que es la relación familiar entre ellas, entre ellas y su padre, que acaba de morir, y entre ellas y el pasado .
'Memoria o desierto'
Dramaturgia y dirección: Ignasi Vidal.
Intérpretes: Ana Raya, Ana Otero y Marián Aguilera.
La obra está en el Teatro Fígaro de Madrid en marzo (7, 8, 15, 16, 22 y 23).
En la misma linde en la que se mueve desde que decidió cambiar los musicales por la dramaturgia y la dirección de teatro, Vidal combina conflictos de andar por casa con dramas intensos. Para él lo importante era la historia de las hermanas, “rota por la acción directa de un padre controlador”. El resto del armazón vino después. “Dejémoslo en conflicto, porque si no, destripamos la obra”, pide el director, que ha elegido dos batallas reales muy concretas para dar contexto y circunstancia a este proyecto.
Las miradas al público, las veces que dan la espalda e incluso la posición diagonal de los cuerpos de las actrices son parte de una pieza que pasea por conversaciones mil veces escuchadas para quien se haya sentado alguna vez a velar a un muerto (o simplemente haya comido en familia): reproches, recuerdos, dolores adormecidos y momentos enterrados para poder seguir viviendo en la piel de uno mismo, como declama el personaje de Ana Rayo.
“Pero lo importante sigue siendo lo que no se dice”. Los silencios de Vidal, a veces leves, a veces duros. “En general eso es lo que hace mi teatro, marear la perdiz, guarda lo que realmente importa por debajo. Incluso la obra termina en una conversación que queda inacabada”. Marián Aguilera es el centro de esa última conversación, la hermana pequeña, la punta aparentemente más débil, pero también la más libre.
Memoria o desierto empieza con una despedida, la del padre, el nexo que las unió en algún momento pero también el que creó un abismo entre ellas. Y termina con una bienvenida. Al revés que en la vida, pero en medio lo de siempre: pequeños y grandes tropiezos que a veces se sortean, otras se enquistan y en ocasiones llegan a la gangrena.
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