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La llave de los sueños

Trabajando con prisas y con pocos medios técnicos, Grete Stern creó una galería de imágenes que tienen toda la angustia y toda la belleza y el absurdo de los mejores sueños

'Los sueños de situaciones ridículas, Idilio nº 38'. Fotomontaje de Grete Stern. Ver fotogalería
'Los sueños de situaciones ridículas, Idilio nº 38'. Fotomontaje de Grete Stern.

En una película de Buñuel una mujer va sacando objetos del bolso y mencionándolos al mismo tiempo que los deposita sobre la mesa: las monedas, dice, el encendedor, los cigarrillos, la llave de los sueños, el lápiz de labios, etcétera. Esa llave de los sueños se nombra con la misma naturalidad rutinaria que los demás objetos, y en ningún momento se le da una explicación, ni vuelve a mencionarse. Tampoco tiene un aspecto particular, que sugiera lo fantástico. La llave de los sueños es uno de esos elementos comunes y poéticos que a Buñuel le gustaba introducir en sus películas, sin caer en la indelicadeza de sugerir un simbolismo, por pura afición a lo misterioso y a lo inexplicado, a las imágenes que surgen y se sostienen por sí mismas, y luego desaparecen, igual que las de los sueños, unas veces borradas sin rastro, otras persistiendo en la memoria como una llama encendida en la oscuridad, un fotograma aislado de una película.

Hay con frecuencia una poesía visual y narrativa muy poderosa en los sueños, pero es muy difícil de captar y de transmitir en el arte, casi tanto como precisar su recuerdo después del despertar. Dalí la convirtió muy pronto en iconografía para salón comedor de clase media con inquietudes artísticas. Me parece que sólo Buñuel y Magritte supieron crear obras íntegramente traspasadas por el mismo espíritu secreto que empieza a actuar incluso unos segundos antes de que se nos haya desvanecido la consciencia. Somos animales sin remedio narrativos. Después de pasarnos el día contando historias, inventándolas, mintiéndolas, recordándolas, imaginándolas, deduciéndolas, evaluando su grado de veracidad o mentira, en cuanto cerramos los ojos y nos rinde el sueño, lo primero que hacemos es seguir tramando otras historias, con pocas interrupciones, a lo largo de toda la noche; historias ahora descabaladas y chocantes, porque los mecanismos cerebrales de control de la coherencia del espacio y el sentido del tiempo se han quedado en suspenso.

Grete Stern creó una galería de imágenes que tienen la angustia, la belleza y el absurdo de los mejores sueños

“De toda la memoria solo vale / el don preclaro de evocar los sueños”, dice Antonio Machado. Baudelaire tenía de ellos una noción nada alentadora. Decía que echarse a dormir era la “aventura siniestra de todas las noches”, y que los hombres se rendían al sueño con la audacia temeraria de quien no se da cuenta de los peligros a los que va a enfrentarse. Como atestiguan estudios cuantitativos y como puede confirmar cualquiera de nosotros, la mayor parte de los sueños son de ansiedad y amenaza. Los espantos objetivos del mundo tienen su resonancia y su reflejo oculto y su archivo en los sueños de quienes los han sufrido. En 2005 yo conocí en Nueva York a un hispanista alemán jubilado, el profesor Karl-Ludwig Zeligman, que tenía 12 años cuando sus padres lograron hacerle salir de Alemania, en 1938, en un avión ocupado por niños judíos con destino a Londres. Al llegar al espacio aéreo británico la torre de control prohibió el aterrizaje y le exigió al piloto que regresara a Alemania. El piloto fingió una avería y un aterrizaje forzoso, consciente de lo que esperaba a los pasajeros si volvían a su país. El profesor Zeligman me dijo que seguía soñando que iba en ese avión y que no aterrizaban nunca en Londres; y que muchas noches despertaba temblando de sueños en los que lo detenía la Gestapo.

En 2005 la Gestapo seguía apareciendo en los malos sueños de alguien. Los tiranos y sus verdugos alcanzan la posteridad siniestra de seguir viviendo en las pesadillas de sus víctimas. Primo Levi cuenta que durante la noche, en el barracón con las luces apagadas, se escuchaba el ruido de los prisioneros soñando que comían. Durante muchos años, hasta el final de su vida, siguió despertándolo el recuerdo del grito con el que los guardias polacos llamaban a levantarse.

No sabemos cómo serían los sueños alemanes de Grete Stern, que emigró a Buenos Aires en 1935, casada con otro de los grandes de aquella numerosa edad de oro de la fotografía, Horacio Coppola. Fotografiar un sueño es una tarea todavía más difícil que contarlo, y tal vez requeriría una de aquellas máquinas de futurismo porteño que inventaba Bioy Casares para algunas de sus historias fantásticas. Pero a eso se dedicó Stern durante varios años, a partir de 1948, en las páginas de una revista del corazón que se titulaba Idilio, destinada a un público femenino de mucha vehemencia sentimental y pocos recursos, sirvientas, dependientas, empleadas. Parece que Idilio fue pionera en el arte ya olvidado de la fotonovela, pero también contaba, cosas de Buenos Aires, con un consultorio psicoanalítico. Cada semana se publicaba una carta de una lectora con el relato de un sueño. Grete Stern lo ilustraba con un fotomontaje.

El narrador oculto urde sus ficciones combinando a su capricho los datos de lo vivido y mezclándolos con lo temido y deseado

El resultado es asombroso. Trabajando con prisas, con pocos medios técnicos, con tijeras y pegamento y una ampliadora, para un semanario de medio pelo, cobrando casi nada, con una inflexible integridad estética, Grete Stern creó una galería de imágenes que tienen toda la angustia y toda la belleza y el absurdo de los mejores sueños, los que son al mismo tiempo iluminadores y enigmáticos, porque construyen ficciones autónomas con los materiales y los residuos de la experiencia diurna y de los caprichos de la memoria, entre el arquetipo y el puro disparate. Ahora sabemos que muchos de los elementos formales de los sueños están determinados por los cambios físicos que suceden en el cerebro dormido. Desactivadas las zonas de coordinación sensorial y procesos racionales, las imágenes de la memoria y las sensaciones se organizan en conexiones inusitadas. El narrador oculto urde sus ficciones combinando a su capricho los datos de lo vivido y mezclándolos con lo temido y lo deseado. En cada uno de los fotomontajes de Grete Stern una mujer asiste a un cuento fantástico o contempla una visión en la que casi siempre es la protagonista, la perseguida o la víctima. Con presupuestos multimillonarios y despliegues de tecnologías digitales y efectos sísmicos de sonido, el cine de ahora levanta fantasías hipertróficas que se borran sin rastro en cuanto termina la película. Buñuel necesitó un ojo de vaca y una navaja de afeitar para sobrecogernos una y otra vez con la imagen más terrorífica del cine. En su estudio de Buenos Aires, Greta Stern inventaba cada semana la maqueta exacta de un sueño: una mujer intenta escalar las estrías jabonosas de una tabla de lavar; otra, vestida con un traje de chaqueta, en una playa, ve acercarse un avión incendiado; una violinista comprueba con angustia que el arco del violín que se disponía a tocar es un palo de escoba; una muchacha quiere hablar por teléfono pero no acierta a decir nada porque su boca se ha borrado; una concertista con traje de noche se inclina sobre un piano que tiene un teclado de máquina de escribir; una mujer sola junto al mar ve surgir de las olas un monstruo marino cuya larga cola recta es un tren.

Los fotomontajes son de pequeño formato y se exhiben en una sala recóndita del Círculo de Bellas Artes, al que se llega bajando por una escalinata de mármol, en un silencio en el que resuenan las pisadas. Es como bajar al sótano de un sueño.

Sueños. Grete Stern. Círculo de Bellas Artes, Madrid. Hasta el 31 de enero de 2016.

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