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Algunos asombros que paso a contarles

Es el eterno dilema de Líber: quieren y no quieren tener actividades culturales, pero nadie pone pasta para evitar que, finalmente, resulten redundantes o secretas

Manuel Alonso González y Aurelio Caixal, dos de los últimos maquis en Asturias.
Manuel Alonso González y Aurelio Caixal, dos de los últimos maquis en Asturias.

Todo a punto para la gloriosa inauguración de Líber, la feria profesional del libro más importante de la Península Ibérica. Tras los consecutivos fiascos de la penúltima convocatoria madrileña en el ominoso Madrid Arena, y la última catalana (en el cutre, desolado pavelló 8 de la Fira de Montjuïc, concienzudamente desmoquetado para la ocasión), los organizadores han conseguido volvérsela a traer al recinto ferial de Ifema, al menos por este año y aprovechando que aún no es preceptivo el pasaporte. Nada que objetar a la programación de las actividades profesionales, que sin duda serán útiles a quienes les sean útiles (ya ven: nunca he disimulado mi escepticismo respecto a esta petite feria pre-Fráncfort). Sí debo decir, sin embargo, que me inquieta la inclusión en el certamen de una llamada “Área de autor”, una “zona exclusiva dentro del Salón” que la Federación de Gremios de Editores (FGE) ha ideado para acoger a los hasta hace poco denostados, despreciados, ninguneados y humillados autores-editores (AE). Según me indica uno de mis topos en Random House, la inclusión podría haberse debido a iniciativa de Planeta, que hoy por hoy es el grupo editorial que más influye en las decisiones de la FGE, y que hace tiempo ha comprobado las posibilidades del negocio de la autoedición a través de su filial Tagus (Casa del Libro). Los grandes editores —incluyendo a Random House, que no estará presente en la exclusiva zona, a pesar de que dispone de la empresa megustaescribir.com, también dedicada al negocio AE­— se hacen la competencia a sí mismos, en busca de cantera (que encima paga por publicar) para sus ediciones, digamos, “serias”. En cuanto a las actividades culturales (“Liberatura”), a cargo, como ya viene siendo habitual, de una conocida y enofeliz empresaria y especialista en “marketing creativo y comunicación”, y también protegida por Planeta, lo único que puedo decir es que, a menos de una semana de la inauguración, la programación se muestra en la página de Líber con perfil muy bajo y casi oculta, como si los de la FGE pensaran que es mejor no hacer demasiado ruido al respecto para no se noten las costuras. Y no es que las actividades programadas, en su escandalosa modestia, estén mal; es que uno se pregunta si esa docena de actividades dispersas y más bien etéreas (en algunos casos sin cerrar del todo o sin que conste dirección de la venue) con las que se pretendía “tomar la ciudad” [sic] resultan relevantes. Es el eterno dilema de Líber: quieren y no quieren tener actividades culturales, pero nadie pone pasta para evitar que, finalmente, resulten redundantes o secretas. En otro orden de cosas, estoy seguro que habrá puñaladas para asistir a la mesa redonda presidida por doña Guillermina Mekuy, ministra de Cultura de Guinea Ecuatorial, uno de los lugares del planeta donde la población (me refiero a la inmensa mayoría que no tiene acceso al chollo del petróleo) lo está pasando peor en este preciso momento, y donde la libertad sigue siendo un sueño sin autores-editores. Pero se ve que, después de la defección de Arabia Saudi (que, como en Bienvenido míster Marshall, pasó de largo), los organizadores han rellenado el hueco con otro paraíso de cultura e igualdad.

Piglia

Terminé en el estupendo hotel Formentor, durante las Converses de este año y después de que Carlota Pedersen, la nieta de Piglia, recogiera el premio concedido a su abuelo, el primer volumen (Años de formación) de Los diarios de Emilio Renzi (Anagrama). Miren: no voy a consumir espacio ni tiempo en recomendárselo porque ya lo han hecho —y en todos los grados de la pasión y el discernimiento— casi todos los suplementos literarios de este país y algunos de los más importantes críticos (incluyendo entre ellos a Masoliver Ródenas y al (para algunos) innombrable Ignacio Echevarría). Sólo diré, para que todos me entiendan, que este libro asombroso ha pasado a ocupar un lugar de honor en mi estantería dedicada a la literatura memorialística (me refiero a la parte no ocupada por los volúmenes de Salón de los pasos perdidos, de Trapiello), no muy lejos de obras maestras como los diarios de Virginia Woolf, Gombrowicz, Max Aub, Josep Pla, Katherine Mansfield, y Stendhal, o las memorias de Beauvoir (tomo II: La plenitud de la vida, 1960), Nabokov (Habla, memoria), Canetti (La lengua absuelta), Leiris (La edad de hombre), San Agustín (Las Confesiones), Sartre (Las palabras), Zorrilla (Recuerdos del tiempo viejo) o Trotsky (Mi vida), por sólo citar los títulos que distingo alzando el cuello desde donde estoy escribiendo. Piglia redondea con estos diarios —elaborados al alimón o en diálogo con Eduardo Renzi, su cómplice sosias interno— la que me parece técnica y narrativamente su mejor novela: la de una vida —la suya— mucho más literaria que novelesca. El asombro revivió un par de días después con la lectura en diagonal de La forma inicial, un libro que Guillermo Shavelzon, agente y amigo de Piglia, me regaló entre los pinos pollensinos, y que reúne piezas sueltas, entrevistas y artículos sobre lecturas, escritores y la propia “cocina” literaria del autor. El libro acaba de ser publicado por Sexto Piso, una estupenda editorial que lleva su independencia intelectual al extremo de tener su sede en un semisótano.

Amnesias

Asombro me produce también el concienzudo y comprometido trabajo de investigación y memoria realizado por Gerardo Iglesias Argüelles (Mieres, 1945), que fue secretario general del Partido Comunista de España de 1982 a 1988 (allí en la prehistoria, entre Santiago Carrillo y Julio Anguita), en su libro La amnesia de los cómplices (editorial KRK), donde recoge 150 breves biografías (él los llama “esbozos biográficos”) de otros tantos guerrilleros y familias que siguieron luchando por la República después de que fuera derrotada por los franquistas. Iglesias, que viene dedicándose al rescate de la memoria histórica desde principios de los noventa, cuando se “desvinculó” del PCE y su marca blanca IU, ha recurrido para su trabajo no sólo a fuentes escritas, sino también a testimonios de amigos y familiares víctimas o testigos de la represión. Esos “jirones de memoria” ahora rescatados se refieren mayoritariamente al ámbito asturiano, en el que la proporción de guerrilleros y combatientes fue abrumadoramente masculina: “dada la cultura machista dominante”, dice, “estaba mal visto que las mujeres permanecieran en el monte mezcladas con los hombres”. Un conjunto de testimonios emocionantes sobre luchadores poco conocidos —ninguna celebrity, claro— que no excluye la crítica (lanzada a los dirigentes comunistas de entonces) del “error que supuso la prolongación de aquella forma de lucha más allá de lo aconsejable”, ni tampoco (véase el epílogo) el reproche a los silencios culposos y amnésicos de la Transición.