Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra

Oliver Sacks, escribir hasta el fin

Con disposición poética para el asombro y talento para los números, el autor fallecido hace una semana fue una figura tanto de la neurociencia como de la literatura

El neurólogo y escritor Oliver Sacks, retratado en 2002. Ampliar foto
El neurólogo y escritor Oliver Sacks, retratado en 2002.

El último artículo de Oliver Sacks en The New York Times, ‘Sabbath’, apareció el 16 de agosto, apenas dos semanas antes de su muerte. El que escribió contando que padecía un cáncer terminal, ‘My Own Life’, se había publicado en febrero. Dos artículos más llegó a escribir en esos meses últimos de su vida. ‘Mishearings’, sobre las confusiones auditivas provocadas por el avance de la enfermedad, apareció el 7 de junio, el primero después de los meses de silencio que siguieron al anuncio de su muerte cercana. Encontrar una escritura así en la página de opinión de un periódico era una experiencia sobrecogedora. La naturalidad del tono, la mezcla fluida entre observaciones científicas y pormenores curiosos de la vida cotidiana, formaban parte del estilo habitual de Oliver Sacks, pero ahora había una nota más grave, un mayor despojamiento expresivo, el de un hombre que ya no tiene tiempo para nada que no sea esencial; también una presencia más sostenida de los recuerdos infantiles.

En ‘My Own Life’, en febrero, Sacks había escrito que ahora contemplaba su vida entera como desde una cierta altura, como un paisaje en el que era fácil distinguir trazos y contornos, las conexiones entre épocas y experiencias distintas. Parecía un novelista contando ese momento privilegiado en que tiene ante sí, surgido como sin esfuerzo después de largos empeños, la forma completa de una historia, la singularidad de cada elemento y los hilos sutiles que los unen a todos entre sí.

Pero también decía Sacks, y eso era todavía más admirable, que una contemplación así no excluía la voluntad y el deleite de seguir viviendo. El libro ya está completo, pero la vida continúa más allá de la última página, y el oficio de escribir no termina mientras sigan sucediendo cosas que merezcan ser contadas. En ‘Mishearings’ había una crónica más o menos velada de la decadencia física que traía consigo el progreso del cáncer. El siguiente artículo, ‘My Periodic Table’, publicado unas semanas después, a finales de julio, ya era el relato de una capitulación ante el derrumbe físico. El médico escritor que ha contado con tanta maestría y compasión las enfermedades de otros ahora se vuelve hacia sí mismo, observa y cuenta el progreso acelerado del cáncer: las últimas terapias no han sido efectivas; nada detiene ya la metástasis, que ha desbordado el hígado e invade otros órganos. Cuenta que está débil, que le falta el aliento, que el cáncer le ha derretido los músculos que fueron tan firmes, los de un perenne nadador y antiguo levantador de pesas. Pero no hay rastro de queja ni lástima de sí mismo, y menos aún tentaciones de abandonarse a lo sobrenatural o lo espiritual. El escritor no deja de escribir, el científico sigue interesándose por la ciencia. Su imaginación, guiada por la curiosidad de siempre y por una forma benigna y lúcida de la nostalgia, se proyecta en igual medida hacia la infancia lejana y hacia el porvenir que muy pronto quedará cancelado.

Hojea las revistas científicas y piensa sin amargura en todos los descubrimientos de los que él ya no se enterará

Oliver Sacks, autor de dos caudalosos libros de memorias —Uncle Tungsten, On the Move—, comprime recuerdos y ensoñaciones con la economía máxima del que ya no tiene tiempo en sus dos últimos artículos, ‘My Periodic Table’ y ‘Sabbath’, con algo de esa liviandad melancólica con que Cervantes se despide de la vida en la dedicatoria y en el prólogo de Persiles.

En su lecho de enfermo terminal, Oliver Sacks hojea con avidez los números más recientes de las revistas científicas y piensa con un entusiasmo en el que no hay sitio para la amargura en todos los descubrimientos de los que él ya no se enterará. Me recuerda a Camus cuando anota en sus cuadernos la belleza de una tarde y piensa sin rencor que seguirá habiendo tardes exactamente así cuando él haya muerto. Los episodios que modelaron su inteligencia y su carácter en la niñez vuelven a presentársele a Sacks bajo la misma luz sombría, ahora atemperada por la distancia y la aceptación: el desamparo de verse en un internado a los seis años; la conciencia dolorosa de la propia fragilidad, pero también de lo que es singular y privativo de uno mismo; el refugio en las seguridades y las exactitudes de la ciencia, como antídoto contra el desorden con frecuencia inexplicable de la vida exterior. Con una disposición poética para el asombro y un talento para los números y para la precisión de las leyes de la materia, Oliver Sacks se entrenó precozmente en los saberes y en las actitudes que lo convertirían al cabo de los años en una figura tan eminente de la neurociencia como de la literatura.

La proximidad de la muerte lo acercaba a la infancia y casi lo reconciliaba, si no con la religión, sí con algunas de las formalidades que había conocido de niño y de las que había renegado por convicción intelectual y por un impulso de emancipación personal que lo convertía en un pecador y un proscrito a los ojos de sus mayores. En su último artículo, Oliver Sacks volvía a recordar igual de vívidamente que si acabara de ocurrir el día de su adolescencia en que su madre, judía ortodoxa, se enteró de su homosexualidad y le dijo que era una abominación. Pero recordaba también la belleza de la observación escrupulosa del Sábado, no como una liturgia antipática, sino como una grata y apacible celebración familiar, con su poesía de rituales caseros: la preparación de la comida, el momento de encender las velas a la caída de la tarde del viernes, el silencio de la mañana del sábado lo mismo en la casa que en las calles del barrio, la sensación de un tiempo no contaminado por las obligaciones y las urgencias de la vida práctica.

En su último artículo, volvía a recordar el día de su adolescencia en que su madre, judía ortodoxa, se enteró de su homosexualidad y le dijo que era una abominación

Una serenidad así fluye en los últimos artículos de Oliver Sacks: el gusto de ­haber vivido una vida colmada, cada uno de los días de cada semana a lo largo de los años, y el alivio de la llegada del sábado, la posibilidad de lograr un sentimiento de paz con uno mismo: “Descubro que mis pensamientos derivan hacia el Sabbath, el día de descanso, el séptimo día de la semana, y quizá también el séptimo día de la vida de uno, cuando uno puede sentir que su trabajo está hecho y que puede, con la conciencia tranquila, descansar”.

Dice Montaigne que solo le importan los libros que le enseñan a vivir y los que le enseñan a morir. Ahora que Oliver ­Sacks ha muerto, que su trabajo está terminado, quienes lo hemos leído durante muchos años podemos reflexionar sobre lo que hemos aprendido de él con una gratitud muy parecida a la que él manifestó tantas veces en sus últimos tiempos: una curiosidad sostenida y cordial hacia las rarezas y las singularidades de los seres humanos, y hacia los fundamentos sensoriales y neurológicos de la percepción; y una escritura de máxima claridad, precisión y economía.

Y también una valentía confesional en el autorretrato, y un amor tan entregado por el oficio de escribir que solo se rinde cuando faltan las fuerzas para sostener la pluma o cuando los ojos y los dedos no aciertan ya a encontrar las letras en el teclado.

Los libros de Oliver Sacks están publicados en castellano por Anagrama, incluida la primera parte de sus memorias, Tío Tungsteno. La segunda parte, En movimiento. Una vida, saldrá en noviembre.