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CRÍTICAS / LIBROS

‘Uno de los nuestros’: autopsia de la matanza que convulsionó Noruega

La periodista Asne Seierstad disecciona el metódico asesinato de 77 personas por Breivik en un relato sobrío

‘Uno de los nuestros’: autopsia de la matanza que convulsionó Noruega

El viernes 22 de julio de 2011 Anders Behring Breivik pulsó la tecla enviar a las 12.51. El manifiesto sobre "la islamización de Europa Occidental" iba camino a los buzones de miles de "patriotas occidentales". Entremezclado con la verborrea de su discurso racista, en aquellas 1.500 páginas había detalles del meticuloso plan al que el noruego de 32 años había dedicado los últimos años. Ahí estaba la idea de atacar en Oslo para despistar la atención del objetivo clave, que eran las juventudes laboristas –"golpea donde el enemigo menos te espere, haz un ruido en el Este y luego golpea en el Oeste"--, escribió; la de disfrazarse de policía, con lo que logró que muchas de sus víctimas descubrieran con espanto en el último instante que su aparente salvador venía a asesinarles --"sé un camaleón, disfrázate"--; o la de intentar convertir el juicio en una plataforma propagandística.

Breivik, un fracasado narcisista lleno de complejos, asesinó uno a uno, y con una sonrisilla que aún atormenta a los supervivientes, a 69 adolescentes en un campamento en la isla de Utoya tras haber matado a ocho transeúntes junto a la sede del Gobierno con una furgoneta bomba en su lucha contra lo que consideraba la claudicación de los políticos de su país ante los musulmanes, la diversidad cultural y el feminismo.

La reportera noruega Asne Seierstad, autora de El Librero de Kabul, hace en One of Us: The Story of Anders Breivik and the Massacre in Norway (Uno de los nuestros, la historia de Anders Breivik y la matanza en Noruega) una especie de autopsia de los protagonistas y del suceso que cambió para siempre la idílica, rica e igualitaria Noruega. La suya es una mirada al suceso más brutal en el que ha cristalizado la creciente xenofobia que ha acompañado la tradicional política escandinava de acoger refugiados. La autora disecciona la vida del perpetrador (como los noruegos lo denominan), pero también las de un puñado de sus víctimas.

Breivik asistió al mismo colegio público que el príncipe heredero y entre sus mejores amigos de la infancia destacan Ahmed, de origen afgano, y Eva, hija de exiliados chilenos. Pero él nunca encajó del todo en ningún colectivo; nunca logró ser considerado uno de los nuestros. Creció con una madre depresiva y autodestructiva, sin un padre –un diplomático que les abandonó pronto-- y con delirios de grandeza. Fracasó en ser el mejor grafitero de Oslo, en llegar a candidato a concejal del antinmigrantes Partido del Progreso, en que cuajara su relación con una bielorrusa contactada por Internet... Ideó un exitoso negocio de venta de títulos académicos falsos por Internet pero lo dejó por temor a que le pescaran. Un día volvió a vivir con su madre y se encerró en su cuarto a jugar compulsivamente al vídeojuego World of Warcraft. Allí estuvo dos años y empezó a pergeñar un plan que culminó con el metódico asesinato de adolescentes al grito de “¡Vais a morir todos, marxistas!”. Los jueces le declararon cuerdo y condenaron a la pena máxima.

Seierstad, una periodista curtida como corresponsal en Oriente Próximo que hasta aquel 22 de julio no había escrito una palabra sobre su país, construye su sobrio relato -recién traducido del noruego al inglés y cuyos derechos en español aún nadie ha comprado-- con testimonios de testigos recogidos por ella misma o en documentos oficiales.

Además del hombre cuyo nombre los noruegos evitan pronunciar, protagonizan el libro Simon y Bano. Él, un carismático chaval apasionado por la política que al entrar en la adolescencia se afilió a las juventudes laboristas en su pueblo del norte de Noruega y que estaba fascinado por Obama, murió en Utoya a los 18 años. También Bano fue asesinada allí. Ella tenía 16. Era una refugiada nacida en el Kurdistán iraquí, del que su familia huyó por la guerra, que se convirtió en la guía de sus padres por la procelosa adaptación y que se acababa de gastar sus ahorros en un traje regional noruego.