La vida acomodada y mediocre de un asesino de masas

Anders Breivik, el responsable de la masacre de Noruega, tenía orígenes desahogados

Jugaba obsesivamente a los videojuegos y había regresado a vivir a casa de su madre

Su informe psiquiátrico más reciente asegura que está cuerdo

Anders Breivik, fotografiado el 20 de abril en los juzgados de Oslo. / HEIKO JUNGE (AFP)

A veces, cuando los fotógrafos han tenido poco tiempo y escaso material entre el que descartar, salen buenos retratos. Anders Behring Breivik había perpetrado hacía unas horas la matanza de Utoya y entre los reporteros se corrió la voz de que pronto lo traerían a declarar al juzgado de Oslo. Los optimistas se apostaron cerca de la cochera con la esperanza de tirar un par de fotos del terrorista, las primeras tras su doble atentado. De aquel túnel de entrada al Oslo Tingrett salieron las imágenes de un hombre mofletudo y con entradas, vestido con un desconcertante polo salmón de Lacoste con su jerseicito a juego, color rosa muroise. Ese era el rostro que nos convocaba a todos, luciendo la sonrisa arrobada del que ve cumplirse un sueño: copar las portadas y tal vez avanzar en lo que él llama “la independencia de Europa”. El precio fueron 77 vidas, decenas de ellas de adolescentes que participaban en la acampada de las Juventudes Laboristas noruegas en la isla de Utoya. Tanto en el “manifiesto” que pergeñó antes de la matanza como durante las tres semanas que van de juicio, Breivik ha demostrado que lo considera una bicoca.

¿Quién es el mofletudo de clase media y 33 años, el asesino que el 22 de julio pasado sacudió el corazón del país más rico del mundo? Él se considera un activista político. Reclama para sí la misma atención que obtienen las células terroristas islámicas tras cada atentado o la que recibe una banda local y despiadada como ETA cuando mata en su tierra. Quiere fijar la agenda política y convertirse en la mayor preocupación de sus conciudadanos. Se viste de fantoche con uniformes y símbolos de fantasía medievaloide. Inmediatamente después de su detención se desató el debate sobre la cordura de Breivik. ¿Loco o criminal fanático? ¿Hay diferencia?

Noruega no ha cambiado

Cuenta al teléfono el periodista anglonoruego James Edmondston que “la sociedad noruega ya tiene veredicto: es tan loco como criminal”. No consideran “que piense como un noruego”. Cuerdo o no, se le ve como un cuerpo extraño y no un producto de la sociedad. Ha triunfado la propuesta del primer ministro, Jens Stoltenberg, del mismo partido cuyas Juventudes masacró Breivik: permanecer unidos, no ceder. Se polemiza poco sobre la pésima reacción policial durante la matanza, la inoperancia de los servicios secretos o el deficiente control de armas y municiones. Cunde la noción de que la sociedad reaccionó como debe. Pocos días después de la matanza, un reportero podía colarse tranquilamente en la central laborista para hacer entrevistas bajo las ventanas reventadas por Breivik, que con esto encaja otra derrota.

Los fiscales noruegos han desmontado con éxito las fantasías conspiratorias del acusado. La orden de Caballeros Templarios que decía liderar consiste de una sola persona. No tiene seguidores ni existe un movimiento. Una fiscal le preguntó: “Si te quitan la pomposidad de tus escritos ¿qué te queda?”. Breivik pidió a los letrados que dejaran de ridiculizarlo. Se ha sabido que era muy aficionado a los video­juegos y que pasaba mucho tiempo ante la pantalla. Era un devoto de World of Warcraft e incluso ha confesado que llegó a jugar 16 horas al día a Call of Duty: Modern Warfare 2, un superventas del género de disparos, para practicar tiro antes de la masacre. También, que fracasó en varias iniciativas empresariales y que por eso tuvo que volver hace seis años a casa de su madre, en un barrio acomodado del este de Oslo. Vivía de lo que ganó vendiendo diplomas universitarios falsificados en Internet. Casi medio millón de euros entre 2003 y 2006.

Breivik organizó el doble atentado entre su habitación de la casa materna y la granja rural que alquiló en el pueblecito de Rena, a 170 kilómetros de la capital. Sí, como se ha dicho, la vida de Breivik ha sido “la de un perdedor”, lo cierto es que preparó los golpes con sumo cuidado y eficiencia. La parte personal de su “manifiesto” de 1.500 páginas –lo que no es una mera copia de contenidos ajenos de Internet– reconstruye los preparativos con una prolijidad obsesiva y tediosa en la descripción de cualquier detalle nimio: qué come, que programas de ordenador usa, qué cerveza bebe, qué libros ha leído (entre sus favoritos, 1984, de Orwell; Leviatán, de Hobbes; y Sobre la libertad, de John Stuart Mill). Más que la obra de un loco parece la de un tipo muy, muy pesado.

Ha dicho Jens Breivik, padre del terrorista, que él mantuvo con su hijo “una relación que cualquiera calificaría de normal”. Este diplomático ya jubilado se separó de su madre, Wenche Behring, en 1980. Anders tenía un año. Jens vive en Francia, donde su hijo lo visitaba regularmente hasta que, cuando tenía 16 años, se distanciaron. No se han vuelto a ver desde 1995. Anders culpa en su “manifiesto” al padre. Este dice que el hijo eligió montarse su propia vida y seguir sus aficiones de entonces: el hip-hop y los grafitis. El terrorista cuenta que un buen amigo suyo era musulmán. También dice que su padre “no era muy bueno con la gente”.

Su padre, que perdió contacto con él en 1995, consideraba a Breivik "reservado, difícil... pero no anormal"

El asesino no terminó el colegio y carece de títulos académicos. El padre contó al diario británico The Guardian que los asistentes sociales recomendaron en 1983 que Anders dejara de vivir con Wenche. Jens intentó obtener la custodia y lamenta que “en Noruega siempre le dan la razón a la madre”. Anders se quedó con ella. Jens dice que ella era “emocionalmente incapaz” de hacerse cargo de un niño. Él tampoco se esforzó en mantener el contacto con su hijo tras 1995. Dice que lo consideraba “reservado, difícil, pero no… anormal”. Wenche Behring no concede entrevistas, pero dijo a los psiquiatras que percibió signos de la paranoia de su hijo en 2006.

El manifiesto de Breivik es también un compendio de las ideas ultra que circulan libremente por Internet. Si algo tienen de inquietante sus clichés sobre la supuesta “invasión musulmana de Europa” y los peligros del “multiculturalismo” y de la ideología socialdemócrata (“marxismo cultural”, le llama) preponderante en Noruega, es que suenan a cosa ya oída. A cháchara de taxista de derechas con la lengua suelta. El 23% de los noruegos vota a la formación derechista Partido del Progreso, en el que Breivik militó entre 1999 y 2007. El partido, que se cuenta entre los menos radicales de la pujante derecha populista en Europa, se distanció de Breivik y de sus actos.

Los jueces decidirán si Breivik está cuerdo, como asegura el informe psiquiátrico más reciente. O si sufre, como dijo el primer informe pericial, una esquizofrenia paranoide que le impide juzgar la realidad y responsabilizarse de sus actos. La cuestión tiene escasa importancia a efectos prácticos: si lo declaran loco, ingresará en una clínica psiquiátrica. Si no, irá a una prisión noruega por 21 años prorrogables. Es difícil que vuelva a ser libre. En Alemania se publicaron fotos de su celda: mesa, silla y cama de madera, retrete metálico, biombo divisorio y cortinas de cuadros en la ventana sin barrotes. Diseño escandinavo de gama baja, como en tantos cuartos de estar del mundo.

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