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IDA Y VUELTA
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

En las grandes llanuras

El arte de los indios de las praderas es un arte austero y liviano de nómadas. Queremos que los pueblos a los que llamamos primitivos vivan en mundos fuera del tiempo

Antonio Muñoz Molina
Interior de cocina india en la Reserva Crow, fotografía de Richard Throssel, de 1910.
Interior de cocina india en la Reserva Crow, fotografía de Richard Throssel, de 1910.

Queremos que los pueblos a los que llamamos primitivos hayan vivido o vivan en mundos fuera del tiempo, o en un tiempo invariable del todo ajeno al nuestro, igual que queremos imaginarlos puros, bondadosos, incontaminados en su autenticidad. Buscamos, en el fondo, la confirmación de la leyenda del Buen Salvaje, que nunca tuvo más éxito que en la época en la que se procedía a la persecución, el sometimiento a la esclavitud, el expolio y el exterminio de aquellos mismos a los que se idealizaba. Por culpa del cine del Oeste, la variante del Buen Salvaje que todavía circula entre nosotros es la de los indios de las grandes praderas, a los que hasta hace no mucho se llamaba todavía con desenvoltura pieles rojas. El paisaje de las llanuras centrales de América del Norte ya da una sugestión de intemporalidad, una amplitud tan desmedida como la del océano, tan sin límites como el cielo que se extiende sobre ella, un mar de hierba ondulado por el viento, invariable en toda su distancia, desde las fronteras de México hasta más allá de las de Canadá. En ese espacio, como en un plano largo de John Ford, resaltan los jinetes indios a caballo, la forma cónica de las tiendas de piel de bisonte, las manadas de bisontes en movimiento, oscuras y resonando a lo lejos como un cielo de tormenta en el que retumban los truenos.

Parece un espacio que ha existido siempre, que podría durar siempre, el paisaje de nuestras fabulaciones de pureza intocada y tiempo estático de autenticidades primitivas, un reverso consolador de nuestra agitación nerviosa sin objetivo y sin foco, de nuestra relación atolondrada o depredadora con el mundo.

El pasado de las tribus indias es tan histórico, tan lleno de cambios y de novedades culturales y tecnológicas como el nuestro

Pero lo reverenciado como ancestral suele ser muy reciente, y no hay autenticidad que no contenga aleaciones de muchas cosas muy distintas o que no sea directamente una falsificación. El tiempo en apariencia mítico y ajeno a la cronología de los indios de las praderas empezó hacia 1680, cuando algunas tribus se apoderaron de manadas de caballos de los españoles, y duró en realidad poco más de dos siglos, hasta la victoria definitiva del ejército de Estados Unidos, y con él, de los colonos, los ganaderos y los empresarios de los ferrocarriles.

El pasado de las tribus indias es tan histórico, tan lleno de cambios y de novedades culturales y tecnológicas como el nuestro. Y a lo largo de esos dos siglos escasos los intercambios y las influencias mutuas son tan abundantes que muchos de los rasgos que parecen más autóctonos en las culturas indias no habrían existido sin los materiales abastecidos por los comerciantes europeos. Las diminutas cuentas azules o rojas que adornan los tocados de plumas y las túnicas ceremoniales resultan ser de cristal de Murano. Puntas de flechas que repiten el diseño milenario de los cazadores paleolíticos están hechas a partir de clavos o aros metálicos de barriles venidos desde Inglaterra. Los discos de metal pulido que adornan la chaqueta de un jefe guerrero son botones baratos fabricados en serie en una ciudad industrial de Alemania.

Escudo con espíritu guardián búfalo, de 1850, de la tribu Arikara. Pincha la imagen para ver las piezas del Metropolitan.
Escudo con espíritu guardián búfalo, de 1850, de la tribu Arikara. Pincha la imagen para ver las piezas del Metropolitan.

Sobre una piel pulida y tensada de bisonte vemos las figuras diminutas de seres humanos, caballos, animales legendarios y animales verídicos, y lo sumario de la ejecución y la exactitud de los movimientos nos recuerdan las pinturas de siluetas negras del neolítico: hasta los caballos se parecen, con sus cuerpos gruesos y sus cabezas diminutas, a los dibujados en las cerámicas griegas más antiguas. Pero fijándonos más advertimos que algunos de esos guerreros intemporales a caballo no llevan arcos, ni lanzas, sino fusiles, y hasta llegamos a distinguir un sombrero y una guerrera azul de soldado de caballería. Podríamos estar viendo una escena de guerra o de cacería pintada hace 10.000 años en una pared de roca en Levante, pero es la crónica de una batalla que sucedió cuando ya estaban inventados el teléfono y la ametralladora.

El arte de los indios de las praderas es un arte austero y liviano de nómadas: tocados de plumas, pipas y bolsas muy adornadas para tabaco, panderos para las danzas rituales, mazas de guerra, collares, pieles decoradas que se usaban como abrigo o como lona para las tiendas. Vistos en fotografías esos objetos provocan una admiración algo ensoñadora. Observados de cerca, casi tocados por la mirada codiciosa, adquieren una ruda presencia que puede dar hasta miedo, que transmite sobrecogimiento y dolor. Los veo en el Metropolitan, donde por un motivo u otro paso una parte de mi vida, en una exposición que viene de París y que se titula The Plains Indians. Artists of Earth and Sky.

La belleza aislada de cada uno de ellos es inseparable de su condición de reliquias trágicas, de testimonios no de una Arcadia natural ajena al tiempo, sino de una historia acelerada, sanguinaria y convulsa. Desde principios del siglo XVIII, la irrupción del caballo provocó una revolución económica, social y religiosa entre las comunidades de las grandes praderas. Tribus dedicadas durante siglos al cultivo del maíz en las orillas de los ríos, en pocas décadas se hicieron cazadoras de bisontes. Cazadores varones a caballo ocupaban ahora la supremacía que disfrutaban antes las mujeres agricultoras. El dominio del caballo favorecía la guerra y la competición por la supremacía heroica. También la rapidez en los intercambios, la abundancia inusitada de carne y pieles de bisonte y la facilidad del comercio: un collar de garras de oso pardo que parecen contener todavía la posibilidad del arañazo y el desgarramiento está intercalado de bolitas de cristal de diversos colores, fabricadas en masa en algún taller de poca categoría en Venecia.

La belleza aislada de cada uno de ellos es inseparable de su condición de reliquias trágicas, de testimonios de una historia acelerada

Con el comercio llegaron los metales y las enfermedades. En la gran epidemia de viruela de 1801 y 1802, tribus enteras quedaron aniquiladas. Más de la mitad de los pawnee murieron a causa de la viruela en torno a 1830. Veo una cuna mochila de mediados de siglo, con un fleco de cascabeles de metal que producirían un rumor de sonajas cuando una madre caminara con su bebé a la espalda: y me pregunto inevitablemente de dónde procede, qué fue de esa madre y de ese hijo. Hacia 1800 pudo haber en las grandes llanuras unos treinta millones de bisontes. El paso de una manada podía durar días enteros, a lo largo de los cuales la tierra no dejaba de temblar como un tambor bajo la percusión de las pezuñas. En menos de un siglo, los bisontes llegaron casi a extinguirse: en 1895 quedaban unos pocos miles. En 1932, una anciana de la tribu crow recordaba el hedor de los despojos de los bisontes abatidos por los fusiles de repetición de los cazadores contratados por las compañías de ferrocarril.

Hacia 1700 estaba naciendo un mundo completo con sus cosmologías, sus leyendas, sus ritos sanguinarios y heroicos de iniciación: en menos de dos siglos llegó el derrumbe, y con él, la exasperación que alimenta las visiones apocalípticas. En 1890, un predicador lakota anunciaba el advenimiento de un mesías que exterminaría a los hombres blancos y haría que volvieran a galopar por las llanuras grandes manadas de bisontes. Para acelerar su llegada había que entregarse hasta el desvanecimiento a una danza llamada de los espíritus. Lo único que queda de ese profeta es su nombre, Wokoka, y una foto borrosa.

The Plains Indians. Artists of Earth and Sky. Museo Metropolitano de Nueva York. Hasta el 10 de mayo.

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