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Es solo Brautigan (pero me gusta)

El novelista estadounidense decidió parodiar en los setenta los géneros populares que más le gustaban. 'El monstruo de Hawkline' se acerca al 'western'. Su estilo genera adicción

El escritor Richard Brautigan (1935-1984), en San Francisco en 1981.
El escritor Richard Brautigan (1935-1984), en San Francisco en 1981. Corbis

En el ya lejanísimo mes de octubre de 1984, debajo de una manta de gusanos hallaron el cadáver de Richard Brautigan. Solo en eso, en elegir la manera de acabar con su vida, parecía haber triunfado plenamente. Con una bala en la sien de una 44, en una cabaña aislada en Bolinas, California. Pero siempre hay que ir con cuidado con estas vidas nada ejemplares made in USA. Tratándose de un país mítico, la biografía de la mayoría de sus artistas (escritores, actores, millonarios y presentadoras de televisión) tratará también de serlo. Si no tienes una adicción (si la diñas, bien, y si la superas y regresas, premio doble), no eres nadie. Si tu padre no era alcohólico y soñaba con que aún estaba en Saigón. Si tu tío Dick no se mostraba en exceso cariñoso, si no tuviste mil domicilios en la infancia y mil empleos (nada de auxiliar administrativo: marino, detective, surfista, camarera) eres menos que nadie. Puede que escribas bien (o muy bien) , pero te falta algo.

Es solo Brautigan (pero me gusta)

Brautigan tiene mucho de fatalidad y de ese algo y lo de escribir bien irá a gusto del consumidor. Uno nunca sabrá del todo si escribía muy bien —el Hemingway de los hippies—, bien, fatal o su talento se limitaba a contarte una historia absurda, loca, divertida a la que te enganchaba por la magia —modalidad pulp—, algo mucho más difícil de lo que parece.

Nuestro hombre nació en Tacoma (1935). Sus progenitores hicieron todo lo posible por darle temas sobre los que escribir. Su padre nunca lo reconoció y su madre trató de abandonarle junto a su hermanastra pequeña en un motel de Great Falls. Pobreza, maltrato, desarraigo, maridos, novios y amantes de mami. En 1955 elabora uno de sus maravillosos planes. Harto de pasar hambre y frío, tira una piedra a una comisaria. La parte buena es que le darán calor y comida. La mala es que acabará ingresado en un hospital con diagnóstico de esquizofrenia y paranoia depresiva.

Le meten tantos electrochoques que seguro que Sinatra tuvo que anular algún concierto en Las Vegas por falta de fluido eléctrico. Con la mitad del cerebro frito acude al lugar donde se puede freír la otra mitad: San Francisco. Está decidido a ser escritor. En 1964 consigue publicar Un general confederado de Big Sur, que no hace gracia a nadie. Sin embargo, la segunda, La pesca de la trucha en América, es un éxito de ventas y crítica, emparentándole a un Mark Twain, el mencionado Ernie o Walt Whitman si hubieran compartido noche y grifa con los Freak Brothers.

La trucha desovó en los bolsillos de Richard dinero, drogas, propiedades, amigos, conocidos, mujeres, más drogas, menos dinero, menos propiedades, menos amigos, demasiados conocidos, algo de drogas y alguna esposa. Semejante ritmo no pudo equilibrarse con sus siguientes títulos, que no producen tal impacto derivándole a la caricatura, la parodia, el olvido y la Magnum 44.

No busca un niño en sus lecturas,

pero tiene algo primigenio, puro, directo, sin artificio alguno

El monstruo de Hawkline forma parte de su segunda trilogía escrita en los setenta. La primera podría integrar los títulos ya mencionados y cerrarse con En azúcar de sandía. El monstruo de Hawkline obedece a un intento de Brautigan de parodiar cariñosamente aquellos géneros populares que le eran queridos: el erótico, el detectivesco, el western crepuscular. Su estilo genera adicción, aunque no sepas por qué, ni tampoco importe mucho.

Leer a Brautigan tiene algo de volver al principio de tus lecturas. No escribe como un niño. No busca un niño en sus lecturas, pero tiene algo primigenio, puro, directo, sin artificio alguno, talentoso y sumamente caro de encontrar que te enrola para la causa de Brautigan.

Solo así se puede entender cuando te enganchas con un argumento digno de un capítulo de Scooby Doo con algún guionista fumado, otro salido y un tercero con problemas de visión periférica. Aquí encontrarás una pareja de asesinos a sueldo con principios y manías obsesivas (y sabiendo que no hay nada peor que estar en Hawái), una Niña Mágica que parece la india morbosa de las películas de Burt Lancaster, dos hermanas idénticas atrapadas en una mansión gótica. Una casona asentada en placas de hielo en medio del desierto. Lugar en el que unas Substancias y sus Sombras hacen travesuras con tus cabezas y tus cuerpos y convierten a un padre en forma de paragüero.

El músico Jarvis Cocker, escritores como Haruki Murakami o Neil Gaiman lo adoran como cabeza de lista de una legión de admiradores. Nadie sabe cómo algo tan puro e idiota te puede reconciliar con la literatura que se muestra viva y por ello imparable. Pero sucede.

El monstruo de Hawkline. Richard Brautigan. Traducción de Damià Alou. Blackie Books. Barcelona, 2014. 192 páginas. 18 euros

 

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