LLAMADA EN ESPERA
Columna
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¿Quieren leer? Pues a pagar

Es un delirio: cuando tomemos prestado un libro de una biblioteca será preciso pagar un canon

Biblioteca Vapor Vell en el barrio de Sants, Barcelona.
Biblioteca Vapor Vell en el barrio de Sants, Barcelona. Tejederas

Está claro que en la sociedad actual la cultura no suele verse como un derecho y un bien común. Es sobre todo una especie de artículo casi de lujo por el cual hay que pagar —y a veces incluso mucho, como prueba el IVA cultural en España, del cual parece que nos hemos olvidado—. Ahora, en el último delirio interpretativo, se quiere equiparar la política de préstamos en las bibliotecas —instituciones públicas— con los videoclubs —hasta dónde yo sé, negocios particulares—. Así, cada vez que cualquiera de nosotros tome prestado un libro, será preciso pagar un canon. La suma no la pagará directamente el usuario, aunque repercutirá directamente en él, pues será dinero que la biblioteca tendrá que detraer de sus mejoras o sus nuevas adquisiciones. Y con la situación trágica que viven algunas bibliotecas parece muy grave. Lo más absurdo no es sólo la equiparación de la biblioteca y la tienda del videoclub o el canon, sino que el dinero no llegará a los autores: se quedará en los bolsillos de unos rocambolescos intermediarios cuya función en todo este entramado de verdad que no queda nada clara.

La cosa se complica, máxime en un país como el nuestro, en el cual las bibliotecas viven a veces situaciones de penuria, sobre todo las pequeñas bibliotecas de barrio —de pueblo— que cumplen un papel encomiable al suministrar lecturas a quien no puede —o quiere— comprar libros; al ofrecer un espacio de trabajo a las personas que lo tienen en casa; o al poner a disposición del usuario que no tiene Internet a mano las formas actuales de comunicación. ¿Por qué tensar más la cuerda de estas pequeñas instituciones que a veces no tienen ni para cartuchos de impresora? Ya sabemos que no conviene que la gente lea, pero entonces lo mejor es cerrar las bibliotecas y no andar con disimulos.

Porque si la situación de penuria es clara en las bibliotecas locales, a nuestra amada y prodigiosa Biblioteca Nacional tampoco le sobran los recursos. Me da casi agobio pensar que cada vez que pido un libro en una biblioteca estoy costando dinero a la institución. Igual un día hasta cobran por el uso del asiento, no sé.

Sea como fuere, la pregunta surge indiscreta. ¿A quién beneficia este tipo de medidas? Si no beneficia a la institución, ni al usuario y, lo que es más grave, al autor, ¿dónde va a parar ese dinero y por qué? Es igual que todo el lío con los derechos de reproducción de las imágenes, que son tan altos que poco a poco están llevando a las pequeñas editoriales a prescindir de las ilustraciones, a menos que se acojan al derecho de cita contemplado por la ley de nuestro país. A veces se han dado situaciones tan locas como la de una galería que publicaba un catálogo a un joven artista —esencial para su carrera— y, al estar el artista adscrito a la empresa que controla los derechos de reproducción, esta exigía a la galería que pagara por el uso de las fotos. ¿Pagar? ¿No debería por el contrario el artista agradecer a la galería que le publicara un catálogo? Luego las cosas se arreglaron, supongo, sobre todo porque la empresa no tiene principios cerrados, sino que negocia a discreción.

Pese a todo, lo del canon sobre préstamos de libros es la gota que colma el vaso del absurdo y llamo a la rebelión a las bibliotecas —que no lo paguen—, porque llamar a la rebelión de los lectores serviría de muy poco. Al contrario, si dejáramos de leer sería una fuente de alegría para algunos.

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