‘Pop art’ aplanado

La muestra 'Mitos del pop' elude manifestaciones que dieron profundidad y sentido al fenómeno

'The 1962 Beatles', 1963-1968, de Peter Blake.
'The 1962 Beatles', 1963-1968, de Peter Blake.

Richard Hamilton, en una carta dirigida a los arquitectos Alison y Peter Smithson, escribió que el pop art es “un buen negocio”. Esperemos que esta frase, que aparece estampada al inicio de la muestra, se haga realidad y que el Museo Thyssen termine por hacer un buen negocio con esta exposición que parece particularmente pensada para atraer turistas veraniegos hacia un depauperado Madrid. Para conseguirlo no ha dudado en presentar un gran número de cuadros que proceden de todos los museos importantes del mundo, cubriendo una amplia oferta, como si la cantidad y la variedad fueran sustitutas de la excelencia o del rigor teórico.

Ciertamente, este negocio del pop ha generado también, desde finales de los años cincuenta, una enorme cantidad de textos, ensayos, libros, exposiciones y otros modos de difusión que han hecho que las imágenes de algunos de los cuadros que aquí se muestran se hayan convertido en iconos míticos y que parezca que todo lo concerniente a este movimiento ha sido ya estudiado y publicado, pero aún queda mucha tarea que realizar desde el punto de vista de la historiografía, particularmente, la de desmontar los falsos mitos, cosa que esta exposición no se ha atrevido a hacer.

Durante los años sesenta la cultura pop inundó todos los ámbitos de la vida, incluido el arte, no es, por tanto, extraño que imágenes de los media o elementos publicitarios estén también presentes en obras de otros artistas que no compartieron el ideario consumista de los auténticos pop. Sin embargo, esta exposición presenta una idea expandida de pop, abusando de las seudomorfosis y de las falsas similitudes. En vez de hacer el ejercicio de diferenciar y categorizar, lo que aquí se ha hecho es meter a artistas de diferente pelaje en un mismo saco, como si todos los que trabajaron en aquella década prodigiosa fueran necesariamente pop. Esto ha conducido a que pintores de obra compleja y hálito teórico, como Gerhard Richter o Sigmar Polke, aparezcan aquí aplanados, convertidos en mera imagen consumista.

Premeditadamente se ha prescindido de presentar las obras en sucesiones cronológicas o agrupadas por países, intentando extender el fenómeno pop más allá del Reino Unido y Estados Unidos, a Francia, Alemania, Italia y España, lo cual resulta muy acertado, pero para poder hacer con ecuanimidad este ejercicio hubiera sido necesario disponer de muchas más obras y de más espacio expositivo, ya que si no siempre se detectará la ausencia de algún autor que puede ser considerado importante, para mí resulta inconcebible que no estén presentes, por ejemplo, los franceses Martial Raysse y Robert Malaval.

La opción elegida para mostrar el pop art ha sido la agrupación temática de obras, tal vez la única posible, pero las categorizaciones no han resultado muy afortunadas si tenemos en cuenta que en un solo grupo se reúnen temas tan dispares como naturalezas muertas, paisajes e interiores. Por una parte, la idea de pop que se muestra aquí aparece expandida, y por otro, se presenta aplanada ya que se trata el fenómeno pop solo desde la pintura y el cine (mediante un ciclo paralelo de proyecciones), eludiendo cualquier referencia al resto de las manifestaciones, como la música, la arquitectura, la poesía, la moda, el mundo editorial y los acontecimientos sociales, que dieron sentido y profundidad a este movimiento.

Mitos del pop. Museo Thyssen-Bornemisza. Paseo del Prado, 8. Madrid. Hasta el 14 de septiembre.

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