UNIVERSOS PARALELOS
Columna
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Diseccionando a Michael Jackson

Cubierta del libro 'Jacksonismo'.
Cubierta del libro 'Jacksonismo'.

El miércoles se cumplen los cinco años del brusco final de Michael Jackson. Y resulta pertinente que Jacksonismo (Caja Negra Editora) haya llegado a las librerías: una batería de 20 reflexiones sobre el fenómeno coordinada por el filósofo Mark Fisher.

Sus fans no admiten herejías y sospecho que rechazarán instintivamente esa portada sacada del vídeo de Thriller, donde luce como un triste zombi jibarizado. El resto nos movemos entre la niebla generada por su desaparición. Recordarán la unanimidad mediática a la hora de celebrar su obra y la renuncia a plantear nuestra mínima responsabilidad por aquel descarrilamiento. También, un secreto alivio: ¿y si era el monstruo de nuestras pesadillas, ese pedófilo que se libra gracias a su artillería legal?

A corto plazo, no cabe esperar la aparición de biografías fiables: familiares y asociados andan peleando por los cachos de su herencia; los empleados siguen amordazados por cláusulas de confidencialidad. Y eso revaloriza proyectos como Jacksonismo. Aunque dudo de que los consumidores de ensayos musicales de alta gama tengan especial interés por Michael. El libro precisamente arremete contra “el hipsterismo blanco a lo Greil Marcus”, una patología bastante frecuente en este país.

El Rey del Pop imitó los aberrantes emparejamientos de las monarquías europeas

Según el crítico Steven Shaviro, Marcus ejemplariza una miopía racista de la prensa musical: “Para él, los negros son, en el mejor de los casos, creadores primitivos e inconscientes, cuyas invenciones solo adquieren significado y se vuelven subversivas cuando los blancos las dotan de la conciencia crítica de la que carecen los negros en su conjunto”.

Pero esa es otra guerra. En Jacksonismo abundan los textos de aliento posmoderno, que celebran a Michael como avatar del siglo XXI: el Peter Pan que rectificó su raza y desechó su sexualidad normativa. Argumentos reforzados por citas de Baudrillard, Lyonard y tutti quanti.

Resulta tentador unir esa pulsión de Michael con el triunfalismo estadounidense que, tras la caída del Muro, produjo la teoría del Fin de la Historia. En verdad, el proceso quirúrgico para diferenciarse lo máximo posible de su terrible padre comenzó antes de que Reagan llegara a la Casa Blanca. Michael se apuntó retrospectivamente a la lucha contra el Imperio del Mal, con típica confusión mental: aquel grotesco tráiler para HIStory, que comenzaba con una exhibición de poderío totalitario y desembocaba en la revelación de su estatua, de dimensiones descomunales, aparente panacea universal.

Simplificando: estamos ante un artista extraordinario que se dejó llevar por sus peores instintos. Hasta Thriller (1982), Michael funcionó como audaz sintetizador de géneros: soul, pop, rock, disco music. Tras el megaéxito, se impuso el reto de multiplicar sus ventas e intentó modular su música para conectar con lo que imaginaba sería la demanda de un público global.

Terrible error. De ir en cabeza, o por lo menos codeándose con Stevie Wonder y Prince, a perder la iniciativa. Debilitado, paradójicamente, por unos impostados alardes de virilidad que chirriaban desde los títulos de los álbumes: Bad, Dangerous, Invincible. Cuando quiso competir con Madonna, la otra pretendiente, resultó penoso: no estaba dotado para la lascivia. Separaba la procreación del sexo: prefería engendrar hijos (blancos, naturalmente) vía inseminación artificial. Le nombraron King of Pop y, efectivamente, imitaba los aberrantes emparejamientos de las antiguas monarquías europeas: Jacksonismo puntualiza que él y Lisa Marie Presley pasaron su luna de miel en Santo Domingo... cada uno en una mansión, a kilómetros de distancia. ¿Debemos reír o llorar?

Llorar, más bien. Empeoró: alguien que en su vida diaria evitaba el contacto con la humanidad, sufrió arrebatos de mesianismo y se empeñó en salvarnos de guerras, racismo, catástrofes ecológicas. Terminó confundiendo los males del planeta con sus problemas judiciales, sus choques con los medios, sus paranoias. Hasta enseñó la patita negra del antisemitismo. Al final, murió como cualquier rock star: por excesos en drogas (aunque fueran de farmacia). Nos evitó, eso sí, lo que prometía ser una Götterdammerung wagneriana: el sobrehumano compromiso de dar 50 conciertos seguidos en Londres.

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