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Una invitada francesa en el Prado

La pinacoteca acoge una tabla de Jean Fouquet, obra cumbre del arte francés del siglo XV

El museo de Bellas Artes de Amberes, actualmente en obras, es el prestador

'La Virgen con el Niño y ángeles', óleo sobre tabla de Jean Fouquet (1452). Ampliar foto
'La Virgen con el Niño y ángeles', óleo sobre tabla de Jean Fouquet (1452).

La competencia es dura en las salas flamencas del museo del Prado, donde, ya saben, triunfa la muerte, los pecados capitales se sientan a la mesa y los ancianos cruzan la laguna Estigia una y otra vez con la clase de expresión desesperada que solo talla la eternidad. Pero incluso entre los bruegels, los boscos y los patinirs destaca poderosamente desde ayer una tabla francesa, enigmática, bellísima, de Jean Fouquet. La Virgen con El Niño y ángeles llega como préstamo, hasta el 25 de mayo, del Real Museo de Bellas Artes de Amberes; su cierre por reforma ha permitido el viaje a Madrid de esta pieza del siglo XV dentro del programa La obra invitada, que, desde 2009 y con el apoyo de los Amigos del Museo del Prado, viene completando temporalmente la colección de la pinacoteca con ilustres huéspedes como Sargent, Caravaggio, Velázquez, De La Tour o Picasso.

Por si no fueran suficientes la excepcionalidad de su composición piramidal, el misterio iconográfico oculto en las intenciones de su creador, de quien tan poco sabemos, o lo extraordinario de su paleta de colores, cualidades que literalmente asaltan al espectador según pone un pie en la sala 57A, la conservadora Pilar Silva, jefa de Pintura Flamenca y Escuelas del Norte (1400-1600), advertía ayer de que se “trata de una pieza única del arte europeo”. “Y también”, añadía, “de la trayectoria de su autor”: Jean Fouquet (1420-481), quien, pese a su escasa producción (superviviente), está considerado el mejor pintor y miniaturista francés del siglo XV, gracias a sus célebres retratos del Louvre o por la serie en pequeño formato Libro de horas de Étienne Chevalier, atesoradas en el museo Condé de Chantilly.

Fue precisamente Chevalier quien encargó la tabla que ahora llega al Prado. Pintada hacia 1452, fue en origen un díptico destinado a la iglesia colegial de Nôtre Dame de Melun, en la región de Île de France. El conjunto se desgajó en 1775.

El panel izquierdo, reproducido en una foto en blanco y negro en la cartela, tuvo como destino final la Gemäldegalerie de Berlín, representa al tesorero de los reyes de Francia Carlos VII y Luis XI acompañado por San Esteban y palidece en comparación con la parte derecha expuesta en el Prado. En esta, una virgen de encarnación blanca y tez marfil, muy al gusto de la época, se rodea de seis serafines y tres querubines, rojos y azules como correspondía al mandato iconográfico de entonces. Incluso tenidas en cuenta esas costumbres, es inevitable hallar ecos demoniacos en el primer plano de los ángeles bermellones de la tabla, sobre todo en el serafín que mira al espectador, a la derecha de la virgen sentada en un suntuoso trono, personaje que, explica Silva, podría estar inspirada en Agnes Sorel. Amante y madre de tres de las hijas del rey Carlos VII, fue “la primera reconocida de forma oficial”. De ella fue Étienne Chevalier testamentario cuando murió envenenada con mercurio.

“Es una obra tan especial, que no está directamente emparentada con ninguna de las del Prado. Primero, porque las coronas de Castilla y Aragón nunca demostraron especial inclinación por coleccionar arte francés”, explica Gabriele Finaldi, director adjunto de Conservación e Investigación. Puestos a hallar similitudes a su nítido estilo, el de un raro caso de pintor de Tours con hechuras flamencas y barniz italiano (vivió en Roma y retrató al papa), cabría relacionarlo con La oración en el huerto con el donante Luis I de Orleans, tabla francesa concebida probablemente por Colart de Laon ente 1405 y 1408, que, tras ser descubierta en una colección privada española, luce desde 2013 en el Prado un par de salas más allá como uno de los pocos ejemplos de pintura primitiva francesa de la colección.

Es cierto que Luis I fue tío de Carlos VII, pero las similitudes entre una tabla y otra podrían acabar en esos lazos de consanguinidad; tal fue el salto dado por la técnica artística en la década de los veinte del siglo XV, cuando logró sacudirse cierta visión estilizada y apartada del mundo, que ambas obras parecen provenir de dos planetas distantes entre sí.

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