Letrinas
Cuando Shankly llegó para entrenar al Liverpool, exigió una cosa: los váteres del público. Están hechos una pena, son indignos, dan vergüenza, dijo

Bill Shankly tenía que haber sido minero. Era el destino de los hijos de familia de clase baja escocesa. Pero cerraron las minas cuando tenía 12 años y acabó siendo futbolista profesional como cuatro de sus hermanos. Nunca perdió la referencia de sus orígenes humildes y siempre consideró el paro juvenil como la más perversa lacra de un país. En esa etapa de la vida tienes que agarrarte a los ideales para progresar, sostenía. Bill Shankly fue a partir de 1959 el entrenador de referencia en el Liverpool. El escritor David Peace le ha dedicado uno de sus libros de telegráfica precisión, titulado Red or dead. Antes ya reparó en la sanguínea manera de entender el fútbol de otro entrenador, Brian Clough. Dulcificada en su adaptación cinematográfica, en Damn United primaban valores más superficiales y grotescos que la firmeza de principios de Shankly.
Cuando Shankly llegó para entrenar al Liverpool, el equipo estaba hundido en la Segunda División. Se cita entonces con los directivos para repasar todos los aspectos del equipo y el nuevo entrenador se muestra satisfecho. Puede trabajar con la plantilla, no necesita los refuerzos rutilantes ni nuevas instalaciones, no necesita más personal ni cambios significativos. Pero sin embargo, Shankly sí se muestra exigente con una cosa. Los váteres del público. Están hechos una pena, son indignos, dan vergüenza. Nosotros nos debemos a los espectadores, anuncia ante la extrañeza de los directivos, ellos son lo más importante y no podemos condenarles a esas letrinas del graderío. Es urgente renovarlas, modernizarlas, dignificarlas.
Ese entrenador que es capaz de pensar un poco más lejos de su propia ambición y rutina profesional ofrece un ejemplo imperecedero de algo abandonado. Cuando pensamos en la felicidad del Gobierno por la mejora de los datos macroeconómicos y la solvencia bancaria, mientras sus reformas asfixian a las familias y el desempleo ahoga la solvencia de las clases menos favorecidas, percibimos que el ciudadano anónimo, lejano y modesto está condenado a caminar a solas. Que arreglarle su letrina no es una prioridad, sino que andan centrados en mejorar la comodidad de los palcos y los despachos directivos. Y allí pervive un problema clasista y nada referenciado en tanto balance y estadística de una gelidez criminal.
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