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Del ‘britpop’ como Apocalipsis

El estreno de ‘Bienvenidos al fin del mundo’, película contra la nostalgia a golpe de hits británicos de los 90, coincide con nuevos ataques de casi todas las bandas de la época

Protagonistas de 'Bienvenidos al fin del mundo'.
Protagonistas de 'Bienvenidos al fin del mundo'.

Edward Wright cumplía con uno de esos ritos de madurez, completar el laberinto de un Ikea (en su caso, en Burbank, Los Ángeles), cuando escuchó una canción que le sonaba demasiado. En pleno calvario, justo cuando llamaba a las puertas de la locura (secuestrar a un peluche, lanzar albóndigas como granadas o ceñirse un cinturón de explosivos), sonó la canción I’m free, de The Soup Dragons. “Fue entonces cuando supe a ciencia cierta que la nostalgia de los noventa había llegado finalmente”, explicaría más tarde a la revista Wired.

O, dicho de otro modo, esa canción marcaba el inicio del Apocalipsis.

Porque esa versión bailonga de los Stones que tomó las listas en 1990 jugaría un papel crucial en la película que empezaría a tramar a partir de ese instante y que hace unos días llegaba a las pantallas españolas: Bienvenidos al fin del mundo. El aniversario (uno de ellos, en esto de las efemérides todo es arrimar el ascua a la sardina periodística) del britpop (algunos dicen que los mitos fundacionales fueron Popscene de Blur y The Drowners de Suede, en 1992, pero podemos buscar decenas de argumentos para situarlo un año o dos después o antes) coincidiría con otro muy especial para sus protagonistas: veinte años desde que intentaron completar una Milla de Oro de pubs en su ciudad natal. En aquel momento, los ahora cuarentones abortaron misión con el hígado convertido en gaita y la cabeza en cafetera, pero ahora al personaje encarnado por Simon Pegg, un hombre varado en la fase anal, incapaz de crecer y enfermo crónico de nostalgia (también de alcoholismo), pretende reunir a todo su gang juvenil para completar aquella cruzada.

I'm free de Soup Dragons.

Durante su odisea homérica, deberán luchar contra fantasmas (del pasado) y alienígenas (del presente, que han tomado el pueblo). Pero el protagonista tiene la solución para relativizar cualquier problema adulto o paranormal: la cinta que escuchaban entonces. Todas las canciones de aquellas gestas épicas pero también patéticas, que ahora tienen tanto sentido (tan poco y, al mismo tiempo, tantísimo) como Roger Daltrey cantando “I hope I die before I get old” en la ceremonia de los Juegos Olímpicos de Londres. Esto es: There’s no other Way, de Blur, So young, de Suede, Do you remember de first time? (a duras penas), de Pulp, What you do to me, de Teenage Fanclub o Fools Gold, de The Stone Roses. También Loaded, de Primal Scream, tema que dio nombre a una de las revistas que más hinchó el globo megalómano de la Cool Britania y cuyos versos son cruciales en esta historia de humanos dañados, pintas de cerveza, canciones en el retrovisor y extraterrestres invasores.

“Just what is it that you want to do? We wanna be free We wanna be free to do what we wanna do And we wanna get loaded And we wanna have a good time”

Con la frente marchita

Loaded - Screamadelic de Primal Scream.

Eso le decía el personaje de Pegg a su profesor favorito hace 20 años y eso intenta corear (algo solo) abrazado a los amigos que ha reclutado, con malas artes y mentiras gordas, para golpear la noche. Esos versos que Primal Scream extrajo del mito fílmico sesentero Los Ángeles del Infierno, de Roger Corman, atraviesan los oídos de sus ex amigos como una brisa mañanera. No le escuchan. Están más de acuerdo con aquello que escribió otro implicado converso, Luke Haines: “¿Puedes ahora decir britpop en voz alta sin una punzada de vergüenza ajena?”. Pero, si Gary King (porque para más inri, así se llama el personaje, un nombre irónico dedicado a todos los reyes de juventud con obsolescencia programada y edad adulta melodramática) es tan extraño, si nadie le entiende, ¿Cómo es que, una vez más, el britpop rebrota cual epidemia desde una cepa olvidada? ¿Cómo es que algunos de sus grupos menos afortunados están, como los protagonistas de la película, recorriendo pubs con sus instrumentos?

Uno puede constatar esa realidad tanto en los anuncios pequeños, tamaño clasificados, de la revista musical Mojo (algunas bandas llena estadios actuarán en aquel shawarma o en esa otra trattoria) como en el timeline del siempre alegre Twitter de Coto Matamoros (que tanto pincha a los Stone Roses como a Ash). Pasados los años, los artículos de efemérides musicales se leen con el rostro contraído en una mueca de disgusto con el que se ojean los obtuarios o las esquelas: de todo hace ya muchos años. Incluso la retromanía, idea impulsada por Simon Reynolds y replicada hasta la saciedad, es ya retro: “Así termina el pop, no con un bang sino con una caja recopilatoria cuyo cuarto disco nunca llegamos a escuchar”.

Reediciones, reapariciones walking dead (de todos los tamaños y en una amplia horquilla de estados) y pullas en los medios como los que protagonizaron Blur y Oasis (Country House vs. Roll with It) durante La batalla del britpop de 1995. Todo tiene la pinta de una cena de ex alumnos espoleada en Facebook en la que uno acaba por no escuchar a su amigo del alma porque está calibrando los centímetros de sus entradas y por ignorar a su ex primera novia porque quiere medir el volumen de sus cartucheras.

Será porque el mundo está lleno de gary kings, pero el caso es que, últimamente, han proliferado las resucitaciones. Mientras NME se enfrascaba desde el pasado mayo en la delirante cruzada de fijar las cien mejores canciones del britpop y un centro de arte polaco analizaba la influencia del britart, el cardiograma de muchas bandas enterradas de antes, durante y después del brit mostraba picos de actividad inesperados.

Nunca te puedes bañar dos veces en el mismo río (o beberte dos veces la misma cerveza)

Quizás habría que empezar por el final y por una banda tardía y no británica (al fin y al cabo la explosión resonó en todas las islas, legando curiosas etiquetas como Cool Caledonia) para entender la revisión. La mayoría de los protagonistas de Bienvenidos al fin del mundo, que verán cómo sus pubs han fichado por cadenas que los han mimetizado, que la gente del pueblo no los recuerda y que los adolescentes del ahora los desprecian, saben, como Heráclito, que nunca te puedes bañar dos veces en el mismo río (o beberte dos veces la misma cerveza). Sin embargo, Travis, grupo escocés de britpop crepuscular (ya se estaban recogiendo las botellas vacías de la fiesta), intentó volver con brío renovado hace unos meses: afines a los tiempos, pusieron su álbum para escucha gratuita en su web. En la cuarta semana desde su lanzamiento, Where you stand se había despeñado hasta el número 72 de las listas de ventas. Había vendido mucho, muchísimo: 25.000 copias en Reino Unido (todo un logro en estos tiempos), pero es que su disco de 1999 despachó 2,7 millones de ejemplares. Aunque aún conservan su base de fans, uno rastrea su previsión de conciertos y se topa con cancelaciones en algunas de las fechas, de Colonia a Moscú. No se puede aventurar si Liam Gallagher estaría contento con estas cifras, cuando anunció que abandonaría su proyecto Beady Eye si BE no vendía lo suficiente.

La culpa es de las raíces

Existe una frase para justificar cualquier acto, salvo el genocidio. Sirve para cualquier reaparición: volvemos a nuestras raíces. Mientras The Stone Roses se pasean por grandes estadios y Shane Meadows (This is England) estrenaba hace unos meses la película que documentaba su regreso XXL (además, Mani, siempre a la suya, le chivó a un bloguero de Manchester que sacarían disco nuevo en 2015), Inspiral Carpets, el grupo previo al estallido coolbritánico en el que quiso participar entrar la estrella del britpop Noel, informan de que ahora quieren rescatar sus raíces garageras. La frase “keep the faith”, deudora de la subcultura nothern soul, suena más bien desesperada, cuando no melancólica, en su web: durante 2013 han ofrecido una gira sin mayores fiascos, han revitalizado su presencia en redes sociales y han anunciado que durante 2014 sacarán álbum. Se juntaron en 2011 con Stephen Holt por primera vez desde 1989, aunque para asegurar el tiro han actuado en algunas ocasiones teloneando a… Interpol.

  I can't Iiagine the world  without me de Echobelly.

 

Echobelly no se han querido meter en esos jardines y han optado por la timidez con la que han continuado ofreciendo recitales Shed Seven y Marion. La banda que ya en su momento repudiaba la periodista Caitlin Moran (“Me decían que los entrevistara porque cantaba una tipa, pero me parecían horribles”) ha asomado la patita durante meses en conciertos acústicos de salas reducidas y con un nombre paralelo, Calm of Zero, formado por Sonya Madan (la estrella femenina exótica del momento) y Glenn Johansson (que venía de editar revistas eróticas en Suecia). De hecho, las nuevas canciones las han distribuido gratis en la red como apoyo a su gira por Porth, York, Colchester o Sheffield. En la web de este nuevo proyecto se asegura que grabarán un álbum eléctrico entero y editado a la antigua en breve y se intenta criticar el estado de la música actual: “Energía compositora que se ha fraguado lejos de la tendencia de Pop Factor/X Idol”. Anuncian que estos meses han sido solo, como cantaban The Bats, “la calma antes de la tormenta” (de su regreso y de su nueva puesta de largo). Su cautela también se ha percibido en el regreso de Johnny Dean, líder de Menswear, que tras diagnosticársele el síndrome de Asperger en 2008, regresó el pasado junio en un concierto de canciones de David Bowie, mientras el batería de la banda, Matt Everitt, defendía el britpop de los ataques de Robbie Williams.

Volver (o comerte tu propio pene)

Algunos se han mostrado menos entusiastas con la nostalgia que denuncia (aunque también celebra) la estupenda película de Wright. Richard Ashcroft, de The Verve, denunciaba que esa sensación de revivalismo está ahogando a los festivales y el líder de Gene, Martin Rossiter, apuntó en una entrevista de hace año y pico que preferiría comerse su propio pene antes de volver con la banda. “Frito. Con cebolletas”, añadió. Sin embargo, tal y como han hecho gran parte de estas bandas (como Suede, que también ha sacado nuevo material este año), ha reeditado sus discos hace nada en cajas lujosas y también en vinilo, además de revitalizar un Twitter a mayor gloria del combo.

Los de la otra liga, los que sí pudieron remojarse el gaznate e incendiar sus narices en el banquete de la Cool Britania que ofreció tras su victoria Tony Blair en Downing Street, también se han dejado ver. Algunos de ellos con conciertos en Coachella e incluso en festivales españoles. De hecho, Damon Albarn ha filtrado que podrían sacar disco próximamente. Noel Gallagher, que prefiere ahora dormir con el enemigo que vivir en el mismo Planeta que su hermano (de hecho, Albarn y Graham Coxon interpretaron una versión de Tender junto con el oasis el pasado 23 de marzo de 2013 en el Royal Albert Hall), ha dejado claro que no volverá a reunir a los suyos, pese a las insinuaciones de su hermano.

Lejos quedan las trifulcas entre Norte y Sur, más cruentas que las retratadas por Julio Verne. Poco también de esa euforia panbritánica, rescatada de forma más tímida con las pasadas Olimpiadas. Jarvis Cocker ya denunció en su día esa curda patriótica por la vía de la cultura pop. La cena con Blair inspiró su Cocaine Socialism: “I thought that you were joking / When you said: I want to see you to discuss your contribution / to the future of our nation heart and soul / Do you want a line of this? / Are you a (sniff) / socialist?”

 

Cocaine Socialism (Proper Version) de Pulp.

Recientemente, Kevin Shields de My Bloody Valentine tildaba el britpop de “conspiración del Gobierno”. Pero su azote, especialmente virulento en su Bad Vibes: Britpop and my part in its downfall, siempre ha sido Luke Haines, de The Auteurs. Allí escribió que Oasis eran “una banda cómica”, The Verve, unos “rockeros progresivos inútiles” y Parklife, “una obra de arte de la complicidad con los medios de comunicación”.

De nuevo, él se preguntaba: ¿puedes decir ahora y en alto britpop sin una punzada de vergüenza ajena? Gary King, protagonista de la última entrega de la Trilogía Cornetto (otro nombre nostálgico) de Edward Wright, dice “sí, sin duda, colega, y con doce pintas encima te lo canto y bailo encima de la barra y con la corbata en la cabeza”. Y, a tenor por el aluvión de regresos desde la tumba, los zombies son otra temática que fascina a este director, muchos más lo pueden decir con entusiasmo. En algunos casos, esos regresos serán difícilmente justificables, incluso parecerán patéticos, sí, pero si eso es cierto es que también son humanos y, por tanto, inevitables.