OPINIÓN
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Trampilla

No hay fatalidad detrás de la debacle de RTVV. Hay responsabilidad política que nunca será depurada. Carecemos de legislación decente sobre los canales públicos

Extrabajadores de RTVV siguen el juicio por el ERE.
Extrabajadores de RTVV siguen el juicio por el ERE.josé jordán

El cierre de Canal Nou ha aproximado a nuestro país a Grecia. La tristeza por la desaparición de un medio de comunicación no cabe en un panorama en el que todo se acepta como un signo de fatalidad. La crisis, dirán algunos. Como si la crisis fuera un ente mediterráneo que funciona como las olas del mar. Pero la anulación judicial del ERE es la primera pista de que nada es tan sencillo. El asunto se parece mucho a una pareja que acudiera al juez para divorciarse y el juez le negara la posibilidad porque una de las partes está haciendo trampas. Durante la tramitación del ERE ha persistido la manía de los directivos por sacar a unos y castigar a otros, elegir y descartar según un criterio caprichoso, convirtiendo el procedimiento laboral en otra malintencionada falsedad.

Nadie quiere apiadarse de los trabajadores que levantaron la cadena autonómica en la sede de Burjassot. No tienen el derecho a la solidaridad o al menos la simpatía de otros despedidos en empresas reconocidas. Aquí todos consideran que las cosas se han hecho tan mal que responden con indiferencia. Para entenderlo habría que reparar en la degradación de la marca, en el proceso por el que un esfuerzo profesional tan destacado acaba convirtiéndose en un chiringuito penosamente gestionado y cuyo servicio público nadie considera fundamental. Porque no hay fatalidad detrás de esta debacle. Hay responsabilidad política que nunca será depurada. Carecemos de legislación decente sobre los canales públicos y hemos aceptado con naturalidad que quien gana las elecciones se queda los telediarios.

Paralela a la carrera valenciana hacia el agujero negro, la televisión madrileña está inmersa en un turbio proceso de regulación de empleo. Ambas son las más elocuentes muestras de que no había un alma liberal detrás de los mandatarios autonómicos, sino intervencionistas radicales, entregados a una inepta manipulación que a la larga hunde el invento. Seria penoso olvidar el inicio de ambos canales, con periodismo joven, diverso, esmerado y atrayente. ¿Dónde están? ¿Qué se hizo de ellos? La crisis abre la trampilla al almacén del olvido. Claro que las televisiones públicas son necesarias y eficaces, hay que decirlo hoy más que nunca, son políticos los que han provocado su destrucción. Por supuesto, no pagarán por ello.

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