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Monstruos

Está claro que la obra de este vienés tan oscuro y tan poco valsero merece el reconocimiento

Michael Haneke.
Michael Haneke.

Había rumores de que solo concedían los humanistas galardones Príncipe de Asturias a gente que esté dispuesta a recibirlos, algo absolutamente consecuente ya que la fiesta queda deslucida e incluso absurda si no aparecen los lógicos protagonistas, si estos desprecian honor tan principesco. Pero esa obligatoriedad no debe de ser cierta ya que el glorioso Dylan, ancestral y arrogante profesional del escaqueo, alérgico a que le puedan instrumentalizar, a los compromisos públicos y a declarar sus opiniones políticas (de acuerdo, nos basta con sus incomparables canciones, incluida Political world) les dio imperdonable plantón a Sus Altezas. Y creo recordar que Philip Roth, algo consecuente en alguien que tituló sombría y simbólicamente uno de sus libros El animal moribundo, tampoco apareció, asegurando que estaba malito, pero es probable que su ánimo ya no tuviera humor para recibir honores en tierras lejanas.

Imagino que habrán contactado con Michael Haneke para asegurarse de que no va a faltar a su eminente cita. Aunque viendo sus desasosegantes películas puedas tener la sensación de que su demoledora visión del mundo y de la maldad en estado puro de los seres humanos, no imaginas que su autor esté pendiente de ir a recoger premios mundanos.

Y está claro que la obra de este vienés tan oscuro y tan poco valsero, merece el reconocimiento. A mí me aburren o me irritan profundamente algunos de sus concienciados y penetrantes retratos de los males de este mundo, como El tiempo del lobo y Código desconocido, me da grima el sadomasoquismo de Huppert en La pianista, pero hay varias películas de Haneke con capacidad para alborotarme el sueño, con atmósfera asfixiante.

Me provocan terror los pulcros monstruos de Funny games, que torturan y asesinan sin motivo, porque disponen de poder, por placer. O los niños y adultos sádicos que se ensañan con los débiles en La cinta blanca, o las imborrables cicatrices de infancia en Caché. Lo peor no es lo que muestra, sino lo que te hace imaginar. Amor también es terrible, pero Haneke se permite el lujo de la piedad y de una extraña ternura. Es alguien con voz propia. No abundan.