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OPINIÓN
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Vieitez

David Trueba

El DNI en España se remonta al año 1944. Este mecanismo de control e identificación premió a Franco con el número 1 y a la Familia Real con la primera decena. Los demás ya quedamos tan atrás en millones de puestos que ni siquiera lo interpretamos como un dorsal, eso lo dejamos para el infantilismo de los poderosos. En los años sesenta se hizo obligatorio incluir la foto y todos fuimos reducidos al formato de 4x3, que es nuestra más común representación. A partir de la mayoría de edad, nuestra foto ya no está tomada en un jardín, en una piscina, en la alegría del campo o la playa, sino contra un fondo blanco, con cara de sospechosos y actitud de delincuente fichado por primera vez. Cualquier persona en la foto del DNI es culpable.

Por eso es tan maravilloso pasear entre las fotos de Virxilio Vieitez que ahora se exponen en Madrid. Aparte de su serie de retratos para el DNI y el carnet de familia numerosa en las aldeas de Pontevedra, deja un recorrido emocionante de rostros comunes y peripecias anónimas. Acostumbrados como estamos a la foto de autor, encontrar la pureza de la falta de pretensiones, pero ejecutada con racionalidad y un sentido del encuadre magnífico, nos devuelve un espejo del pasado. Ahora que tenemos enormes dudas sobre lo que seremos de aquí a unos años, no viene mal recordar lo que fuimos. El país sacudido que se vestía de domingo, precarios y zurcidos pero orgulloso y felices en la boda o el bautizo, siniestros en el luto y poblados de niños con cara de padre de familia hipotecado.

La irresistible belleza gallega aparece en los márgenes de los retratos de Vieitez, tras la grisura del tiempo. Vivimos en un mundo sobrefilmado y sobrerretratado, donde un niño acumula en sus primeros cinco años de vida una documentación gráfica que ocuparía doscientos álbumes. Es gratificante recordar esos tiempos del retrato único, de la foto familiar casi oficial, la placa imperecedera frente a la nula calidad de la instantánea del móvil. Cuando los recuerdos se podían contar con los dedos de una mano y casi nunca era domingo. No está de más, tampoco, recuperar la autoestima por todo lo logrado en las últimas décadas.

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