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Necrológica:

Un trabajador ejemplar

Ángel Cristo era un aristócrata del circo que vivió feliz entre carromatos

Miguel de la Quadra-Salcedo, periodista, aventurero y director de la Ruta Quetzal BBVA, que fue durante un año domador en el circo de Ángel Cristo, recuerda la figura de su amigo, fallecido esta madrugada en Alcorcón

Mi relación con Ángel empezó en Francia, con una gala de circo que organizó Unicef, y que se nos ocurrió repetir en España. La cosa no quedó ahí: me fui con toda mi familia a trabajar -y a vivir- con él en el circo Ruso durante todo un año. Entonces, el mayor de Europa, con tres pistas, que es como decir tres circos enteros.

Ángel podía con eso y con más. Nunca he visto una persona más trabajadora, más generosa. Dirigía mucha gente, muy distinta y muy bien: españoles, portugueses, marroquíes... Conocía perfectamente a los animales y era feliz viviendo en los carromatos, no en hoteles, como viven ahora los artistas.

A mí me preguntó: "¿Qué número quieres hacer?". Y le contesté: "Los leones", porque la ilusión de mi infancia era ser domador. Y durante un mes, antes de debutar, dejé mi ropa junto a los animales para que reconocieran mi olor. Luego empezó el espectáculo: en un caballo se subía la tigresa Raquel y en el otro Fermín, el león. Yo tenía que hacer que el león cruzara el aro de fuego. Más adelante llegué a encerrarme con ocho fieras.

Ángel adoraba a su familia, esa institución que está salvando al mundo de la crisis. Trabajaba con su hermana, su cuñado, su padre... y con el resto de artistas, que también eran su familia, como mi mujer y mis hijos, que vinieron conmigo y participaban en el espectáculo. José María Íñigo, el legendario presentador, se encargaba de los elefantes y la presentación corría a cargo del periodista Manuel Martín Ferrand.

Así descubrí el circo, para mí una Universidad de la vida. Una vida llena de ternura pero también de miseria y dureza medieval. Todo se olvidaba cuando se encendían las luces: entonces la pista se convertía en un palacio. Aunque la tragedia siempre sobrevolaba la carpa. Una vez, en Valencia, la tigresa Raquel hizo sangre al caballo y lo destripó en medio de la pista. Los caballos se volvieron locos y yo tuve que trepar por la verja: Ángel me salvó la vida.

Era un aristócrata del circo, descendía de varias generaciones de circenses de Grecia y Alejandría y estaba casado con otra noble del espectáculo, Renata, que me hizo un estupendo traje de piel de tigre. Tras la muerte de su primera mujer se casó con Bárbara Rey en la plaza de toros de Valencia y se le desenderezó la vida porque ella no provenía del circo. Entró en mundos que desconozco, pero seguíamos comiendo muchas veces juntos.

Recibir la noticia de su muerte esta mañana me ha hundido varios años. Le recordaré como un hombre generoso que con su esfuerzo y entusiasmo sacó adelante a toda su familia y a decenas de empleados. Un trabajador ejemplar.