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Listas electorales y de 'Spotify'

La jornada de votaciones transcurrió en medio de una placidez inusitada, con todas las tensiones soterradas

Elecciones 10N
Exterior del colegio electoral, donde se encuentra la acampada de estudiantes en la plaza Universitat.

He ido a votar a mi colegio del Turó del Cargol con tanta sensación de déjà vu que casi voto "No a la Otan". Adormilado aún tras la efervescente fiesta de anoche en casa de unos amigos —el gin tonic debería estar prohibido en las jornadas de reflexión— me lie con las papeletas del senado y acabé abstraído ante el nombre de "Juan (Nito) Fontcuberta" —constaba tal que así—, en la lista de Ciutadans, recordando cuando éramos amigos en la adolescencia, compartíamos el cariño de Titi Estabanell (él más porque eran novios) y me dejaba su cota 247 para no destrozar la mía en las Tres horas de Todo Terreno de Viladrau. En mi nube de ginebra Mombasa evalué si la nostalgia de una amistad y haberle dejado la moto hecha unos zorros hace cuarenta años eran motivo suficiente para darle ahora mi voto a Nito. Total, el senado no hace nada prácticamente desde que Bruto y Casio cayeron en la batalla de Filipos...

Me sacaron de mis resacosas cavilaciones unos golpecitos en la espalda. Era un vecino del barrio que había tenido un papel predominante el 1-O en el mismo colegio y con el que habíamos compartido aquella sonada jornada madrugón y chocolate con porras, uh, churros, cuando yo acudí como observador en un arrebato de pundonor periodístico. "Otra vez por aquí votando ¿eh?, ¡y ho tornarem a fer!", me susurró guiñándome un ojo. Imaginé una estampa de Gustave Doré en la que los catalanes hacíamos cola en un Tártaro de Dante, entre Sísifo e Ixión, votando una y otra vez, toda la eternidad, sin freno.

Salí del colegio algo nervioso tras haber protagonizado un pequeño incidente al tratar de empujar en la urna mi sobre de los diputados al congreso, que había quedado atascado, ayudándome con el del senado doblado y luego con un boli. No contribuyó a que recuperara la calma toparme al salir del gimnasio del colegio, donde estaba el dispositivo electoral, con una giganta de pasacalles arrinconada que me miraba con suspicacia y que tenía un aire a lo Laura Borràs.

Bajé paseando para tomarle el pulso a la ciudad y como no vi nada de especial, ni contenedores ardiendo más allá de Orión, me dirigí a la zona de camping de plaza Universidad, que siempre es una opción segura. En el colegio electoral dispuesto en el vestíbulo de la propia universidad no es que no pasara nada, es que bostezaban hasta las estatuas de Vives, san Isidoro y Alfonso X. Me llegué al campamento. Me sorprendieron por paradójicos, visto el general pasarse por el forro el derecho a la movilidad de los demás, los carteles de los acampados que prohíben hacer fotos. Había también otro que rezaba "Free tothom". Decidí investigar un poco, a lo periodista gonzo, el lugar, esa apoteosis de Quechua, y abrí la cremallera de una tienda. No había nadie dentro excepto el olor. Un tipo alto me llamó la atención y me preguntó qué estaba haciendo. Le dije que buscaba a mi hija y quedó desconcertado. La verdad es que el campamento está tan poco vigilado que si fuera de los sioux los pawnees les hubieran robado ya todos los caballos, ni te digo la caja de resistencia. En fin, veremos qué pasa cuando llegué la caballería de Busch.

En realidad, lo más intenso de la jornada electoral fue la víspera. En la fiesta éramos un grupo de amigos con dominio del independentismo de alta gama. Pese a las muchas copas, y a que una pareja que bajaba del Empordà excusó su presencia por posibles cortes de carretera de los CDR, la velada se desarrolló con una exquisitez y cortesía sobrenaturales. Ni una palabra sobre las elecciones. Como si no hubiera un mañana en el que todos íbamos a votar. Hay que ver lo que hemos aprendido en estos años. La única lista comentada fue la lista de reproducción de Spotify. Y así hasta la próxima.

 

 

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