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OPINIÓN i

Pintar y exponer el exilio

María Sanmartí, Rosita Castelucho, Mercè Rodoreda, Marianne Peretti en la galería Mirador de París (1948 - 1955), revivida en la Fundació Apel·les Fenosa

Obras de Maria Sanmartí en la exposición de la Fundació Apel·les Fenosa. En la foto de la derecha, abajo, la artista con su hijo, el pintor Antoni Clavé.
Obras de Maria Sanmartí en la exposición de la Fundació Apel·les Fenosa. En la foto de la derecha, abajo, la artista con su hijo, el pintor Antoni Clavé.

La Fundació Apel·les Fenosa, centro discreto, recóndito y genial que les invito a conocer o a volver de nuevo si ya lo conocen, revive una de las experiencias culturales del exilio republicano catalán: la galería Mirador. Funcionó en París entre 1948 y 1955. Y no en cualquier sitio. Estaba en la plaza Vendôme, de gran abolengo, al lado del hotel Ritz. Hoy es una joyería de lujo y entonces estaba contigua a una de las galerías clave de la posguerra, la René Drouin, que exponía a menudo artistas como Jean Dubuffet y Henri Michaux. Es la galería donde Mercè Rodoreda esperaba exponer sus pinturas y collages, en 1953-1954, exposición malograda para la que había preparado y firmado una treintena larga de obras; por suerte se conservan en la fundación que lleva su nombre y en una colección privada. Dos de ellas están en la expo, titulada simplemente Galerie Mirador. París. 1948-1955.

La Mirador se llamó así por la revista del mismo título que Amadeu Hurtado fundó en 1929. Dirigida por Manuel Brunet y Just Cabot, subtitulada Setmanari de literatura, art i política, fue y sigue siendo uno de los hitos de la cultura catalana crecida en la modernidad que perdería la guerra y debería exiliarse. “Mirador es el lugar desde donde se mira y, activamente, es también el hombre que mira”, rezaba su columna de presentación, el 31 de enero de aquel año de la exposición universal ultramoderna. Salió hasta enero de 1937, fueron 404 números. 11 años después, la sala parisina. Con el mismo rótulo que la cabecera histórica del semanario, surgida de un dibujo reproducido en fotograbado. Sus impulsores fueron el editor del semanario Víctor Hurtado, el crítico de arte Lluís Montanyà y sobre todo la promotora de arte Rosita Castelucho, una mujer de envergadura con una trayectoria aun por descubrir. Se les unió Just Cabot, no tanto en la gestión de la galería ni mucho menos en su patrocinio, que de dinero tenía poco, sino con su colección de bibliófilo, en la librería instalada en el sótano de la Mirador.

Es donde expuso, en 1949, Maria Sanmartí, una artista de quien tenemos hoy una obra en la colección del MACBA, dos en la Fundació Palau i Fabre y poco más. Una pintora naif, sin educación plástica que, como tantos artistas así llamados, empezó de mayor. Era la madre del pintor y cartelista Antoni Clavé. A los sesenta años, impedida como estaba desde joven en una silla de ruedas y aunque solo podía hacer servir el brazo izquierdo, empezó a dibujar atendiendo a una petición de su nieto de cinco años. Y brotó todo: color luminoso, imaginación ardiente, sin preocupaciones de estilo. Clavé y sus amigos la animaron. Era 1947. En aquellos años, tras la penosa guerra y la oscura ocupación alemana, en la ambigua liberación, el arte salido de artistas sin preparación, digamos que sin arte, fue un respiradero.

Lo advirtió Palau i Fabre, poeta y luego gran experto en Picasso y su obra. En 1947 escribía en la revista Ariel que (traduzco del catalán) “en medio de esta tempestad, de este piélago asfixiante y ultrasaturado que a menudo es París” la obra de Maria Sanmartí, por “la puerilidad total de su gesto —que es el de su trazo— es lo que más cuenta para nosotros, pues todo, hoy, parece demasiado pretendido, demasiado fabricado. La inocencia parece difícil de reconquistar, hay un cansancio general, una opresión atmosférica de artificio”.

En 1947, en plena posguerra, el arte salido de artistas sin preparación, digamos que sin arte, fue un respiradero

Hay que promover una expo de la Sanmartí. De momento, demos gracias a la Apel·les Fenosa y a su director, Josep Miquel Garcia, por rescatarla aquí, junto a tantos de sus compañeros de la aventura parisina de la Mirador.

También habría que saber más sobre Rosita Castelucho, que no consta ni en la Wikipedia. “Los Castelucho”, recuerda el comisario de la muestra, el mismo Garcia, “eran una institución en París. Una saga que regentaba l'Académie de la Grande Chaumière, calle en la que habían abierto una galería con su nombre”, por donde pasarían artistas ibéricos e internacionales. Rosita siguió el camino abierto por su abuelo y “de los fundadores de la Mirador era sin duda quien mejor conocía el negocio”.

También expuso Marianne Peretti. A sus noventa años cumplidos sigue creando y es una figura de las artes de Brasil, donde se trasladó en 1954, dos años después de exponer en la Mirador, junto al arquitecto Oscar Niemayer que levantaría Brasilia. Pueden saber más, de estas artistas y de los otros de la galería (Doisneau, García Vivancos, Luis Suárez, Key Sato…) en la expo en el Vendrell. Al lado de la colección y el jardín de esculturas de Fenosa de la fundación, que tampoco tienen desperdicio.

Mercè Ibarz es escritora y crítica cultural.

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