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OPINIÓN i

Cosas no dichas

Si este traumático desenlace de la independencia de Cataluña no se produjo, guste más o guste menos, fue por una razón muy sencilla: no era suficiente la retórica para irse, hacía falta algo más

Manifestación contra el Brexit en Londres, el miércoles.
Manifestación contra el Brexit en Londres, el miércoles.

Cuanto más se acercan los plazos de la entrada en vigor del Brexit —una inexorable decisión tomada ya hace mucho tiempo por sucesivos gobiernos británicos—, el coste de decisiones tomadas por motivos vicarios, introducidas como arma política para desgastar al adversario, se hace más venidero. Además de perjudicar las expectativas de sectores económicos prominentes, de las generaciones ascendentes y de la ciudad de Londres como gran metrópolis, la decisión de Cameron, May y Johnson introduce un alto riesgo en las relaciones con el Ulster y Escocia. Amenaza, por lo tanto, la propia estructura constitucional del Reino Unido. La pregunta se impone: ¿eran y son realmente partidarios del Brexit los tres personajes citados y el entorno conservador que los apoyó y apoya? Ciertamente, esta es una pregunta que no merecerá nunca respuesta. Son gente del establishment, con muy poco en común con los votantes a favor del Brexit de las ciudades desindustrializadas del norte de Inglaterra, el paisaje social de brexiters de quien se pueden comprender sin demasiado esfuerzo las motivaciones.

Entonces, es necesario que nos preguntemos lo siguiente: ¿Qué ha pasado para que un grupo tan conspicuo de conservadores haya jugado esta carta a sabiendas de que las consecuencias serían, con toda probabilidad, graves? ¿A qué género de política pertenece, pues, una operación tan arriesgada? Parece más bien una cuestión de orden interior, destinada probablemente a arruinar el prestigio de adversarios del propio partido, en el interior de la sociedad inglesa. Vista desde Irlanda, la broma hay que calificarla como mínimo de pesada, de muy mal gusto después de los acuerdos del Viernes Santo que pacificaron un conflicto de muy larga duración y muy costoso en términos de violencia.

No hay que ir demasiado lejos para proceder a hacer algunas comparaciones y plantearse algunas preguntas. Preguntar por algunas cosas no dichas a quienes corresponda. De haber triunfado la aventura del procés, en los términos literales en los que se planteó, la salida unilateral del Reino de España era inapelable. No vale quejarse, poniendo la venda antes de la herida, que los políticos españoles se hubieran negado a aceptar una negociación en los términos en los que se planteó.

Incluso a muchos de quienes, como a mí mismo, la apelación insistente de España nos deja fríos, la idea de imponer el desmantelamiento de la estructura constitucional en la que han participado los catalanes sin interrupción desde 1978 nos pareció difícil de tragar y de éxito improbable. Una pregunta entonces cae por su propio peso. Si la operación que se inició con un gran despliegue retórico con las leyes de desconexión conducía por definición a la salida unilateral, ¿se pensó de partida en estos términos? Si este traumático desenlace no se produjo, guste más o guste menos, fue por una razón muy sencilla: no era suficiente la retórica para irse, hacía falta algo más. Se podría formular de otra forma: no era suficiente convertir agravios reales o magnificados en mayoría parlamentaria escasa y social incierta, hacía falta algo más. Y, en segundo lugar, no basta con movilizar una y otra vez a los propios partidarios sin tener en cuenta a la otra mitad de la sociedad.

En este punto, vuelve la pregunta: ¿qué habría pasado si hubiera triunfado aquella operación, si es que alguno de nuestros Cameron, May o Johnson se la creían de verdad? Una consecuencia inmediata y obvia se desprende de la comparación con el Reino (des)Unido: la salida automática de la Unión Europea, un Brexit a la catalana. Y la estupefacción nos lleva a plantear una segunda cuestión: ¿para qué momento se reservó la decisión de explicar la cuestión al conjunto de los catalanes y catalanas, a partidarios, detractores y a la gran mayoría de gente desconcertada que, a estas alturas, todavía no han (hemos) sido capaces de entender el significado de todo lo sucedido? Porque, desengañémonos, tanto se pueden comprender las razones de los que quieren salir como las de quienes quieren quedarse, como sucedió y sucede todavía en Gran Bretaña. La única motivación que no es comprensible es el fraude de lanzarse al abismo sin remedio. En este punto conviene volver al sabio consejo del irlandés Edmund Burke: nadie puede amenazar la prosperidad de la generación siguiente sin estar muy seguro de lo que hace.

Antes de empezar el campeonato de liga de las inculpaciones, esta cuestión tendría que ponerse sobre la mesa. Si no, la pregunta se impone: ¿alguien había especulado con la posibilidad de que pasara algo parecido al abrazo del oso que Boris Johnson recibe a estas alturas? ¿El abrazo del propio aliado que, en circunstancias críticas de verdad, hizo pagar a Winston Churchill y John Maynard Keynes el material de guerra con recortes del imperio que había reinado sobre las aguas hasta el último céntimo? Estaría bien saber cómo se pensaba pagar una operación de orden similar.

José M. Fradera es Catedrático de Historia de la Universidad Pompeu Fabra

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