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La agridulce historia del cine Doré

Un libro repasa la trayectoria de la Filmoteca Española y los nombres de las personas que más han trabajado por esta institución

Público en el patio de butacas de la Sala 1 del Cine Doré, sede de la Filmoteca Española, en Madrid.
Público en el patio de butacas de la Sala 1 del Cine Doré, sede de la Filmoteca Española, en Madrid.

“El cine Doré (antiguo Salón Doré), situado en el barrio madrileño de Antón Martín, está a punto de caer bajo la piqueta municipal para dejar paso a una zona verde”. De esta manera comenzaba Antonio García Rayo su artículo Salvar el Doré para la revista Opinión, allá por diciembre de 1976. La historia posterior y anterior ahora se reivindica en un libro que, bajo el título El Doré. El cine de los buenos programas, celebra sus 30 años como sede de la Filmoteca Española. “Es una obra que desborda lo cinematográfico y se adentra en el proceso de ir al cine”, explica Beatriz Rodríguez, coordinadora de un volumen que junta a algunos de los nombres que más han hecho por esta institución.

Entre ellos destacan las firmas de Miguel Marías, su primer director; Catherine Gautier, la persona que entre 1975 y 2016 se encargó de su programación, o García Rayo, el periodista que consiguió dar la voz de alarma sobre el mal estado en el que se encontraba aquel cine majestuoso. “Si lo que me proponía, inicialmente, era escribir un artículo sobre el deterioro de la sala, y sugerir su restauración para una hipotética sede de la Filmoteca Nacional, ahora me encontraba con la obligación de hacer lo imposible para evitar su derribo”, cuenta Rayo en esas páginas.

Sin embargo, el que fue conocido como el “palacio de las pipas” llegó a vivir su verdadero esplendor en la década de los veinte y treinta; aunque su uso como espacio destinado al cinematógrafo comenzará unos años antes. La ciudad contaba en ese momento, a comienzos de 1912, con una ópera, un velódromo, dos circos, ocho teatros, un hipódromo, doce frontones y dos plazas de toros, entre otras zonas dedicadas al recreo de los madrileños. “Es en ese año cuando el empresario Ignacio Tejero decide crear un centro de ocio en el solar de lo que antiguamente había sido el hospital de San Juan de Dios”, detalla Rodríguez alrededor de un lugar que no solo acogió al quinto cine de la capital, sino también un parque de atracciones al aire libre, que desaparecerá por las quejas vecinales en 1920.

Fachada del Cine Doré, en una imagen de archivo.
Fachada del Cine Doré, en una imagen de archivo.

Un año después, el arquitecto Críspulo Moro convertirá aquella barraca llamada Salón Doré en una estructura estable que va a permanecer casi inalterable hasta 1963, cuando proyecta su última sesión doble, formada por Un mono en invierno y Chica para todo, la comedia protagonizada por Gracita Morales y José Luis López Vázquez. La historia posterior es conocida por muchos: el star-system cinematográfico, con Rayo a la cabeza, se moviliza para apoyar la salvación de la moribunda sala.

Lo que ha llegado a nuestros días es la reforma que se le encargó a mediados de los ochenta a Javier Feduchi. “La fachada pétrea de la calle de Santa Isabel se restauró y fue el único elemento que no se desmontó, al que se pretendió dar, sin llegar a consumarlo, un tratamiento arqueológico”, apunta la arquitecta María José Rodríguez. Feduchi tira abajo todo el interior del Doré y recrea aquel cine suntuoso, ampliando el hall de entrada y dando cabida a una sala más. Lo que poca gente quizás conozca es que el arquitecto extendió su reforma a los comercios que había junto al edificio. “Con el fin de darles unidad estilística, diseña para ellas rótulos y toldos, unifica sus cierres metálicos y las cubre con una larga marquesina. De esta manera, las integraba dentro del conjunto del nuevo Doré, definiendo estéticamente el primer tramo de la calle”, escribe David Pallol en su texto Javier Feduchi. La reforma posmoderna.

Su inauguración tendrá lugar un 28 de febrero de 1989 y a ella asistirán más de 200 invitados, entre ellos Catherine Gautier, la mujer que va a programar más de 20.000 películas en estas casi tres décadas, al lado de Chema Prado, el antiguo director de Filmoteca Española. Su sensación es agridulce. “Lo pase muy mal los dos últimos años. El ICAA nos boicoteó los presupuestos y los permisos para echar a Chema. Mi salud sufrió cuando él se marchó y yo me quedé al mando durante ocho meses”, relata Gautier. Aquel periodo casi le hace perder la vista, “uno de mis ojos todavía no se ha repuesto del todo. Padecí mucho estrés. Aun me cuesta hablar de ello”. Ellos dos ostentaron un cargo casi vitalicio que les permitió dar a conocer la filmoteca más allá de nuestras fronteras. A la sede de Santa Isabel acudieron figuras como Budd Boetticher, Chantal Akerman, Néstor Almendros, Patricio Guzmán, Isabelle Huppert, Isabella Rossellini, Alain Tanner, Robert Kramer o Jean Negulesco. Entre los cientos de ciclos que Gautier programó guarda especial cariño por Amor a vida o muerte, en mayo y junio de 1998.

“Fue el ciclo más personal y querido que programé en el Doré. Constaba de 47 largometrajes de ficción, la mayoría melodramas maravillosos, desde La muerte cansada hasta Los puentes de Madison, pasando por Brigadoon, Pandora y el holandés errante, Vértigo, varios de Mizoguchi, Douglas Sirk, Borzage, Resnais, Capra y, por supuesto, Amor a vida o muerte de Powell y Pressburger”, recuerda Gautier, que comenzó a trabajar con 23 años a las órdenes de Jos Oliver y Florentino Soria, en 1975. Ahora es Carlos Reviriego su sustituto y el responsable de dar un leve giro a la selección de filmes. “Al cabo de 15 meses empecé a sentir que avanzábamos en el buen camino en la obligación de llegar a nuevos públicos”, comenta su actual programador.

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