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Barcelona, cuestionada capital editorial de Iberoamérica

El debate sobre el peso internacional de la ciudad en el sector del libro cierra la cuarta edición del Foro Edita

Enviado Especial a Barcelona
José Calafell (izquierda), Santiago Fernández de Caleya, Cristóbal Pera y Juan Cruz, durante la mesa redonda en el Foro Edita.
José Calafell (izquierda), Santiago Fernández de Caleya, Cristóbal Pera y Juan Cruz, durante la mesa redonda en el Foro Edita.

El Foro Edita, el encuentro de debate anual sobre el libro y la edición que coorganizan el Gremio de Editores de Cataluña y el máster en Edición de la Universidad Pompeu Fabra, no deja de ser, entre otras cosas, una ambiciosa y excelsa manera de reforzar el papel de Barcelona como capital editorial en lengua castellana. Pero para ser fuerte, no hay que temer a nada, ni tan siquiera a cuestionarse si Barcelona es aún en ese ámbito la capital de Iberoamérica, de lo que siempre se ha vanagloriado. Y ese fue justamente el último de los temas en la jornada de clausura de la cuarta edición del foro. El resultado de un fantasma que ya asomó el año pasado deja las cosas en el aire: capital editorial-industrial, igual aún; capital cultural, ya mucho más discutible; y ojo con el nuevo y ascendente papel de las grandes ferias y festivales literarios como nodos de intercambio de contenidos y debate.

“Por historia y tradición, Barcelona ha sido capital de la edición iberoamericana, pero para que siga siéndolo tiene que abrirse más a un diálogo de ida y vuelta con América Latina: casi no llegan autores ni libros sudamericanos a esta ciudad, ni tampoco trabajan en ella muchos ejecutivos de allá… En ese contexto, México puede ser un contrapunto importante, con un mercado creciente porque el potencial literario de Buenos Aires no se corresponde con su situación económica”, fijó el mapa el editor mexicano José Calafell, consejero delegado del Grupo Planeta en América Latina. “Tiene concentrado todos los eslabones de la cadena del libro; como centro de edición en castellano, me parece incuestionable; no me atrevería a decir lo mismo en relación a América Latina; las nuevas tecnologías lo atomizan todo aun más”, apuntó por su parte el malagueño criado en Venezuela Santiago Fernández de Caleya, director de Turner Libros.

Calafell, que piensa que la realidad española está cada vez más alejada de la latinoamericana, lo que se traduce en que “entre el 50 y el 60% de lo que se lee en el continente es ya producción propia de América latina”, coincidió con la formulación del sevillano Cristóbal Pera, director editorial de Vintage Español en Knopf Doubleday Publishing Group de EEUU, para quien “las grandes ferias y festivales literarios van mutando y son claramente una nueva manera de capitalidad cultural”. “Son nodos de intercambios fundamentales; la discusión está ahí y en las redes sociales”, redobló la tesis el director de Turner. Preguntados por el periodista Juan Cruz, que moderaba la mesa, los tres participantes descartaron la vía de las ayudas públicas para ganarse capitalidades y prestigios. “El 60% de los libros que se hacen en México son comprados por el Estado para la red educativa pública; no sé si es demasiado bueno tal interrelación”, dejó caer Pera. “El ambiente resultante es de dependencia, amordazador”, adjetivó Fernández de Caleya, director de una editorial con doble sede en México y España.

Calafell, que reconoció que si bien no hay intercambio de autores a través del Atlántico “tampoco se da un tráfico de autores entre los propios países latinoamericanos”, sí pidió ayuda al potente mundo editorial español, a través de los tratados comerciales internacionales, para atajar lo que calificó de “uno de los peligros más grandes de la industria editorial sudamericana y que la hace muy vulnerable: la inexistencia del precio único del libro excepto en Argentina, porque en México, que tiene esa ley, no se aplica”. Al menos, quien tiene (o tuvo) capitalidad editorial, retuvo.

Gregorio Luri: “Leer es sembrar el alma de palabras”

El filósofo y pedagogo Gregorio Luri, durante su intervención en el Foro Edita.
El filósofo y pedagogo Gregorio Luri, durante su intervención en el Foro Edita.

“El niño que crece sin libros presenta al terminar su escolaridad obligatoria un retraso de año y medio en conocimientos con respecto al que tiene 100 libros en casa, y de 2,2 años con respecto al que convive con más de 500”, aseguró el pedagogo y filósofo Gregorio Luri en la que sin duda fue una de las intervenciones más celebradas del IV Foro Edita. Bajo el epígrafe Sin educación no hay lectura, desgranó una decena de consideraciones, que arrancaron con la premisa de que los humanos “no nacemos con una predisposición biológica similar a la que tenemos como con el habla”, por lo que para animar a leer se requiere “un maestro que conozca su oficio” y, para asentar la lectura, “un medio rico en conocimientos”. Si bien admitió que no conoce “una didáctica que abra caminos hacia la literatura desde la literatura”, sí fijó que “es necesario hablar bien para leer bien” y que en España, mientras unos niños crecen escuchando dos mil palabras por hora, otros apenas escuchan 600. “A los tres años, el primero ha oído 30 millones de palabras más”, sentenció.

Cartesiano, pespunteando sus tesis con fino humor, el autor de libros como Mejor educados alertó de que si un lector se encuentra con un texto con un 80% de vacíos de significado (aquello que no entiende), eso ralentizará el famoso ritmo medio de 300 palabras por minuto. “Si la velocidad cae por debajo de 200 palabras, la tensión en la memoria de trabajo aumenta y se hace más difícil la comprensión”.

La clave de todo está, opina, en los nueve años (tercero de Primaria) cuando, sostiene Luri, se da una revolución intelectual, que consiste en “pasar de aprender a leer a aprender leyendo”. Tras ratificar que “el buen lector distingue entre la estructura profunda y la superficial”, algo vital hoy, y que la frecuencia de lectura cae del 70% (primaria) al 44,7% (entre 15 y 18 años), terminó recordando que “aprender a leer es aprender a escuchar a los grandes autores de la cultura occidental”. En definitiva, cerró, “leer es sembrar el alma de palabras; leer el mundo es empalabrarlo”, dijo citando al recientemente fallecido monje y antropólogo Lluis Duch.

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