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Berenice Abbott, una ‘instagramer’ del siglo XX

La diversa obra de la pionera fotógrafa estadounidense llega a la Fundación Mapfre

'West Street' (1932), una de las fotografías que tomó Abbott de Nueva York. Ver fotogalería
'West Street' (1932), una de las fotografías que tomó Abbott de Nueva York. GETTY IMAGES

La mirada libre, moderna, experimental de Berenice Abbott (1898-1991), transitó con naturalidad de una a otra de las diferentes disciplinas que retrató con sus fotografías. La niña que nació en una familia con pocos recursos y que ya mostraba su rebeldía devorando en la biblioteca de Springfield (Ohio) las páginas de Jane Eyre, se convirtió en uno de los más grandes fotógrafos de la primera mitad del siglo XX. De los tres asuntos principales sobre los que versó su producción, retratos, Nueva York y la ciencia, se exponen 184 imágenes, casi todas copias vintages, positivadas por la propia autora, del 1 de junio al 25 de agosto en la Fundación Mapfre (Paseo de Recoletos, 23). Encuadrada en el festival PHotoEspaña, en la muestra puede verse también un precioso documental, Berenice Abbott: A View of the 20th Century, sobre su vida y obra, grabado meses antes de su fallecimiento.

Estrella de Diego, comisaria de la exposición Berenice Abbott. Retratos de la modernidad, subrayó este jueves en la presentación que la estadounidense “vivió siempre de su trabajo”, ya fuera como cobradora del frac, periodista o fotógrafa desde que llegó en 1918 "al Nueva York bohemio, el de la comunidad LGTBI", donde conoció a artistas como Man Ray. Con él se reencontró en París a comienzos de los años veinte, atraída, como otros jóvenes creadores, por la efervescencia y ambiente liberal de la capital francesa. De Man Ray aprendió el oficio, él buscaba ayudante y ella se ofreció: “¿Y qué tal yo?”, le dijo. Fueron tres años intensos en los que, como afirma con humor en el documental esta mujer de pelo corto y ojos azules, el genio surrealista “nunca” le subió el sueldo.

La galería de retratos en pequeño formato de la exposición es un repaso a las personalidades que conoció en París: James Joyce, con sombrero y bastón ("estaba casi ciego, le habían operado siete veces de los ojos"), Peggy Guggenheim, André Gide, Cocteau o los dos que tomó a un anciano Eugène Atget en 1927, el fotógrafo que documentó las calles de París y que tanto le influyó. Cuando este murió meses después, Abbott compró su archivo y se lo llevó a Estados Unidos. "Lo hizo de forma altruista, sentía que Atget no era conocido y que había que promocionar su obra". Del francés se incluye una quincena de maravillosas fotos que ella misma positivó. De cada retratado, Abbott hacía solo cinco o seis negativos y se tomaba su tiempo. Una manera de trabajar que se resume en este irónico comentario a un colega: "Una vez me dijo un fotógrafo que había llegado a tomar unas 1.000 imágenes al día y le pregunté ‘¿Alguna era buena?".

A Berenice Abbott le iba bien, se independizó de Ray en 1926, tenía sus clientes, pero en su interior quería regresar a Nueva York, la ciudad que ya le había deslumbrado y que vivía una transformación radical de la que nacería su skyline de rascacielos. A partir de 1929 retrató edificios icónicos como el Flatiron o las obras del complejo Rockefeller Center, los muelles y puentes, para lo que tuvo que superar su miedo a las alturas. Tras el crash bursátil formó parte del Proyecto Federal de Arte, ayuda estatal a creadores, que le permitió documentar para la posteridad la breve convivencia entre las construcciones antiguas de un Nueva York pueblerino y los nuevos mastodontes de acero y cristal. Ese corazón de la exposición que es Nueva York se completa con instantáneas de escaparates y tiendas, cordelerías y ferreterías repletas de formas y figuras. Las imágenes se publicaron en 1939 con el alabo de la crítica y éxito de ventas.

Cuando sintió que esta misión había finalizado, su mente inquieta empezó a interesarse por la ciencia más puntera. "Ustedes son grandes científicos, pero son muy malos fotógrafos de ciencia". Ella misma se sorprendió de su descaro, que convenció a los responsables del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT) para que le dejasen plasmar sus experimentos y, de paso, renovar los libros de física con sus refrescantes imágenes del movimiento de las ondas del agua, lámparas o una pelota rebotando. Ella misma se convirtió en una inventora: construyó trípodes, cámaras, objetos y hasta diseñó una trenca para fotógrafos con 20 bolsillos.

Este atrevimiento para buscar con radical libertad "nuevos territorios en la fotografía, probar y sacar instantáneas de lo moderno" la convierten en una especie "de instagramer del siglo XX", según De Diego, catedrática de Arte Contemporáneo de la Universidad Complutense de Madrid y colaboradora de EL PAÍS. También fue rompedora en su vida privada. En el documental deja claro que entre quedarse en casa para cuidar de un marido e hijos, como la mayoría de mujeres de su época, o dedicarse al trabajo que le llenaba, ella eligió la fotografía. "Al fin y al cabo, con el trabajo pasas más tiempo y siempre fui un lobo solitario".

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