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Muere Josep Maria Blanco, el último dibujante del ‘TBO’

Fue autor de 'Los kakikus' y durante varios años se encargó de dar vida a 'La familia Ulises'

Josep Maria Blanco
Josep Maria Blanco, fotografiado en 2018.

La familia Ulises tuvo dos padres: 537 historietas y 7.936 viñetas de las míticas aventuras de uno de los clásicos del cómic español, las que tuvieron lugar mayormente entre 1968 y 1981, no salieron de las manos de su creador Benejam, sino de las de Josep Maria Blanco, que le cubrió cuando aquél ya no podía realizarlas por problemas de salud. “Iba a su casa a rectificarle las páginas y los dibujos, ya no le salían ni a lápiz ni a pluma”, recordaba Blanco, que pagaba así, anónimamente, la generosidad de Benejam, el único que se había interesado por sus dibujos cuando se presentó en la redacción del TBO, en 1951. Blanco, que no tenía personajes fijos, pero que acabó creando la serie sobre indígenas africanos Los kakikus (1963) y, ya jubilado, sus composiciones de escenarios emblemáticos de Barcelona cargados de multitudes, tuvo la suerte de trabajar con la vieja guardia del mítico TBO, la de Opisso, Urda, Muntañola, Sabatés o Coll. Con su fallecimiento el pasado miércoles, según trascendió este jueves, a los 92 años, se va el último de los históricos de la gran cabecera que dio nombre a un género.

Que Blanco (Barcelona, 1926) supiera exactamente el número de viñetas que realizó esos 13 años era deformación profesional: tras pasar por aprendiz de pastelero (el oficio de su padre), fue administrativo en una notaría y acabó de jefe de contabilidad en el Banco Hispano Americano; allí conoció a Manuel Urda, que le animó, junto a Coll, a mostrar sus trabajos al TBO. “Llevé auténticos desastres, imitaciones de lo que se publicaba en Pulgarcito y el propio TBO”, recordaba quien de pequeño ya mostraba cierta habilidad para el dibujo, reproduciendo en los deberes lo que había hecho el domingo anterior o el comedor de casa, destreza que estuvo a punto de llevarlo, becado, a estudiar el oficio en Rusia cuando ya se acercaba el desenlace de la Guerra Civil.

El mundo se ríe, para Pulgarcito (1947), o Patam Plaff y El loco Perico, para Garabatos (1950), fueron los pinitos públicos de Blanco antes de aparecer en el mítico TBO. Refugiado en una apartada mesa del no menos mítico y desaparecido café del Oro del Rhin, el detallista y perfeccionista dibujante planificaba todos los lunes por la tarde unas historietas en las que lo controlaba todo: guiones, textos y coloración. Y ahí surgieron Los kakikus (1963), su serie quizá más conocida sobre unos indígenas africanos, sí, de filiformes extremidades, morros rojos prominentes y falditas de hojas verdes, pero mucho más listos que los blancos. “Todo el mundo tocaba temas de colonialismo, pero yo traté de humanizarlos”. También pergeñaría, en los reversos en blanco de los papeles del banco que nunca abandonó, la serie Otto el cañón (1966, si bien no publicó hasta mucho más tarde, en 2014) y desde 1968, la suplencia de La familia Ulises.

Como en su época solo se pagaba “un duro por viñeta y se había de ser práctico”, por lo que solía hacer “viñetas de un solo movimiento, hasta concretar 32 con una conclusión”, no fue hasta que se jubiló que empezó Blanco a plasmar una de sus pasiones, las escenas con multitudes. Afloraba así una pasión infantil, los dibujos de Opisso en general y de sus famosas viñetas atiborradas de gente, en particular, que tanto gustaban a su padre. Armado con un tablón gigante de madera y una cámara fotográfica, Blanco fue buscando postales de la ciudad y, hallada la perspectiva, las iba cargando de personajes, al menos un centenar, cada uno protagonista de un chiste, víctima de él, y hábilmente relacionados entre sí. “Voy añadiendo personajes y situaciones hasta que me canso”, decía, lo que convertía los originales en auténticos collages, cargados de recortes enganchados. Así nació en 1993 Barcelona de Blanco, con 28 grandes láminas con otros tantos escenarios, que en 2018, dos años después de ser galardonado con el Gran Premio del Saló del Còmic 2016, incrementaría con 13 más. “Más que mirarlos, hay que leerlos, porque se pueden perder muchos detalles”, avisaba. Y así, seguir el rastro de un cable o las travesuras de un perro pueden llevar al lector de punta a punta de la lámina.

La voluntad de detallismo de Blanco era tal que llegó a reproducir en su casa edificios con maquetas de cartón para completar una perspectiva. Nada sorprendente en quien contabilizó al milímetro todo su trabajo (3.155 historietas y 7.936 viñetas, decía, La familia Ulises aparte), labor grande siempre envuelta de modestia, como cuando pudo ser jugador profesional del Barça en los años 30 en la época del portero Ramallets, posibilidad que abandonó por insistencia de la que sería su futura mujer. Esa actitud discreta la remató con un guiño: se dibujaba en esas panorámicas, uno más en la multitud, generalmente sentado en un taburete y con su famoso tablón, lápiz en ristre. Está, a lo ¿Dónde está Wally?, el reto de encontrarle, seguramente de la manera como fue más feliz toda su vida y como querría ser recordado: dibujando.

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