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OPINIÓN i

Victorioso al fin

Puigdemont se pone frente al votante independentista y, al grito de “yo o Turquía”, le emplaza a votarle para que su andadura pueda continuar llevando al límite las legislaciones española y europea

Carles Puigdemont el pasado mes de abril en Bruselas.
Carles Puigdemont el pasado mes de abril en Bruselas. REUTERS

Carles Puigdemont ya está en Laffrey. En agosto dijimos que llegaría un momento en que se encontraría en una encrucijada como Napoleón cuando, escapado de Elba, reunió un ejército para reconquistar París. El 7 de marzo 1815 éste se detuvo al pie de los Alpes frente a un regimiento realista enviado por Luís XVIII para impedírselo. El corso avanzó y les emplazó, “soy vuestro emperador, ¡reconocedme!”. Teatral, se desabrochó la casaca, “si alguno quiere matar a su emperador, aquí estoy”.

Uno de los oficiales de Napoleón habían tanteado el terreno y trasladado la predisposición de los realistas a no oponerse a su avance. El gesto de Bonaparte no fue pues una acción descabellada pero si muy efectista. Sumado el nuevo contingente pronto llegó a París. Su aventura, el último reinado, duró a penas cien días hasta que una alianza de potencias internacionales les desahució del poder.

La situación del expresidente dista mucho de la que vivieron políticos frente a los regímenes de Primo de Rivera y Franco

Con su candidatura a la Eurocámara Puigdemont pretende lo mismo. Los suyos han tanteado al otro bando, Esquerra, y han recabado algún apoyo del mismo —alcaldes, exaltos cargos—. El próximo 26 de mayo el expresidente se pondrá frente al votante independentista y, al grito de “yo o Turquía”, le emplazará a votarle para que con ello su andadura se alargue algo más y pueda continuar llevando al límite las legislaciones española y europea.

Puigdemont llega a Laffrey debilitado. El resultado de las pasadas elecciones generales no fue nada halagüeño para una decisión, la de presentarse, ya tomada. Junts per Catalunya no se sabe bien a que responde, el PDeCAT se resiste a morir. Tampoco la Crida, que en verano parecía que cogería vuelo y sería una Resamblement gaullista, ha cuajado. El martilleo de la palabra “exilio” ha llevado a creer en erróneos paralelos pasados. La situación del expresidente dista mucho de la que vivieron políticos catalanistas frente a los regímenes de Primo de Rivera y Franco.

No cabe duda que más pronto que tarde un avispado editor encargará novelar las andanzas puigdemontescas

Lo explicamos en ‘El liderazgo independentista’ en octubre. Hoy, incluso sus cuadros afines tienen recorrido en la administración autónoma. Hay mucho que perder y ante un panorama incierto no es claro que haya nada que ganar. Este es el elemento central por el que no puede sostenerse un partido o movimiento independentista sin agenda para el mientras tanto. No es suficiente con conocer el pasado hay que saberlo leer.

Pese al momento napoleónico, últimamente la figura de Puigdemont —no su persona— recuerda a la de Bonnie Prince Charlie. El escocés Carlos Eduardo Estuardo pretendió a mediados del siglo XVIII restablecer su dinastía, como habían hecho antes Jacobo III y su abuelo Jaime II —depuesto en la Revolución Gloriosa de 1688—, al trono británico. Después de pasar su juventud en Italia, donde había nacido fruto del exilio de su padre, en julio de 1745 desembarcó con un ejército en el oeste de Escocia confiando en los clanes para su levantamiento jacobita.

Tras el éxito inicial, en el momento clave Francia no quiso arriesgarse a una guerra y no le ayudó, tampoco el fervor por los Estuardo era tanto como sus informantes le hacían creer. En abril de 1746 el rey Jorge II le venció definitivamente en la archiconocida batalla de Culloden, cerca de Inverness —donde se levanta un centro de interpretación que les recomiendo. El bello escocés, como apodaban al joven pretendiente Carlos, huyó para no regresar. Y entonces, a pesar de su carisma, su carácter caprichoso, irascible, voluble y explosivo, le perdió. Su halo se apagó y se convirtió en una molestia para sus anfitriones. La aristocracia francesa le negó su apoyo y se refugió en Florencia, en el que después se conocería como el Palazzo del Pretendente, y en Roma, donde acabó sus días olvidado.

Con el tiempo su fracaso le convirtió en un icono romántico que inspiró baladas y apareció en novelas como El señor de Ballantrae de Robert Louis Stevenson. Como bien aseguran Clive Cheesman i Jonathan Williams en su magnífico ensayo Rebels, Pretenders and Impostors (2000) “la pretensión de los Estuardo ilustra la larga y lenta conversión de una demanda seria y políticamente viable en una ligera e insubstancial nostalgia”. Y añaden, “a pesar de ello si alguna vez una demanda no realizada alumbró la ideología de la monarquía fue esta”.

No cabe duda que más pronto que tarde algún avispado editor encargará novelar las andanzas puigdemontescas. Hoy el líder independentista va camino de convertirse más en una marca que en una solución para Cataluña. Una marca que es muy probable que si la pudiesen votar fuera de España recabaría votos entre la población indignada de aquellos territorios con un fuerte sentimiento nacional que un día creyeron en la Europa de las regiones y entre la de los pequeños estados -Eslovenia, por ejemplo- con escaso peso en Bruselas. Al fin y al cabo, el lema de la bandera jacobita era 'Tandem triumphans', victorioso al fin. Pues eso.

Joan Esculies es historiador.

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