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OPINIÓN ANÁLISIS i

Esquerra y su victoria

Las fuerzas antidiálogo no independentistas han sido duramente castigadas por las urnas

Gabriel Rufián (segundo por la izquierda), siguiendo los resultados.
Gabriel Rufián (segundo por la izquierda), siguiendo los resultados.

Una formación independentista —Esquerra Republicana— ha logrado por vez primera ser la fuerza política más votada en unas elecciones generales en Cataluña. Lo había conseguido Convergència i Unió (CiU) en 2011, cuando todavía no se había producido su transustanciación secesionista. Por ello, los resultados de Esquerra marcan un hito político y rompen una tradición muy catalana consistente en que los comicios al Congreso siempre eran ganados por partidos de ámbito estatal, ya fueran el Partit dels Socialistes (PSC) o En Comú Podem (ECP), que tomó el relevo en las dos últimas convocatorias.

Esquerra se convierte también por primera vez en fuerza política hegemónica en el seno de independentismo, doblando el número de diputados a Junts per Catalunya en unas elecciones que han contado con una de las participaciones récords de la democracia (75,7%). Ambas formaciones soberanistas rozan el 40% de los votos emitidos.

Las fuerzas no independentistas antidiálogo han sido duramente castigadas por las urnas. Los partidarios de aplicar el 155 permanente o de suprimir de un plumazo la autonomía han recibido un severo correctivo. Ciudadanos ha mantenido sus cinco diputados, pero el PP de Cayetana Álvarez de Toledo ha perdido nada menos que cinco escaños —se ha quedado con uno—, lo que en nada compensa la irrupción del nacionalpopulismo de Vox que ha logrado representación por Barcelona. Al cerrar los ojos, el independentismo no solo ha seguido ahí sino que ha ganado las elecciones generales en Cataluña.

Esquerra, hegemónica y liberada de la tutela de Puigdemont, debe jugar un papel relevante en el diálogo

Hubo momentos durante la noche electoral en que los datos daban una mayoría de progreso para la izquierda sin necesidad de recurrir a Esquerra o a Junts per Catalunya. Pero conforme avanzaba el recuento se dibujaba como imprescindible la participación por acción u omisión del independentismo para investir presidente al socialista Pedro Sánchez, a menos que una sorpresa ponga sobre la mesa un pacto PSOE-Ciudadanos. Resultaría una solución inverosímil, pero nada es descartable. No hay que olvidar, como decía Romanones, que en política nunca jamás quiere decir hasta mañana.

Por lo tanto, el tablero político, de no producirse un inesperado y trilero cambio en las reglas sostenidas durante la campaña por los candidatos, sugiere que el diálogo debe contribuir a desatascar la situación política en Cataluña y en España en su conjunto. Y Esquerra, ahora ya liberada de la tutela de los exconvergentes de Carles Puigdemont, debe jugar un papel relevante. Los republicanos han de dejar de mirar por el retrovisor lo que hace su competencia independentista. No pueden volver a repetirse episodios como el voto contrario a la tramitación de los Presupuestos Generales del Estado, que precipitó las elecciones generales de este domingo. Un Gobierno del PSOE con Unidas Podemos no es comparable con un Ejecutivo liderado por la derecha española con el apoyo del nacionalpopulismo, por mucho que se empecine en machacarlo la parte fundamentalista del independentismo catalán. Por parte del Gobierno central también debe haber un cambio de actitud. Si el diálogo es la herramienta fundamental de una democracia, debe ponerse sobre la mesa una propuesta para Cataluña ya sea en forma de reforma constitucional o de consulta sobre la ampliación del autogobierno por vía estatutaria. De otra manera, el bucle en el que se halla la política catalana se perpetuará y al abrir los ojos unos y otros seguirán ahí, encastillados en sus respectivas posiciones.

De la falta de mayorías claras deben aprender las fuerzas políticas. El diálogo es una virtud y no una debilidad. Y la izquierda tiene ahora en sus manos la posibilidad de demostrarlo. La mayor parte de la ciudadanía española se ha manifestado por opciones que impulsan al menos teóricamente la negociación. Con el actual fraccionamiento político resulta inútil esperar la vuelta de las viejas mayorías absolutas en las que tanto ha soñado la derecha española para sus soluciones mágicas, que consisten en que los que piensen de otra forma se esfumen. Ni siquiera les dan los números para impulsar la aplicación del artículo 155 de la Constitución en el Senado. No hay pues que dejarse vencer por el ruido que generen la ultraderecha de Vox, un diezmado PP o unos Ciudadanos que han hecho de la confrontación con el independentismo su modus vivendi político.

En el otro lado, el independentismo responsable debe hacer política. Y las urnas han dejado claro que dentro del soberanismo la iniciativa le corresponde a una Esquerra libre de tutelas.

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