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OPINIÓN i

Una ex consejera de no Cultura

Laura Borràs es relevada de su cargo para presentarse a las elecciones generales. En el terreno de la cultura, que se sepa, nunca estuvo ni se la esperó

Laura Borras
Laura Borràs en la comisión parlamentaria de Cultura, el pasado diciembre.

Borràs, no la he visto nunca en ningún acto cultural de relieve. Ni tampoco, ya que estamos, en alguno de estar por casa. Es decir, no la vi nunca haciendo nada que tuviera que ver con el concepto bajo el cual cobró puntualmente un sueldo todos los meses. Recuerdo unas declaraciones suyas, cuando en mayo de 2018 asumió la consejería de Cultura, declarando con énfasis casi religioso que llegaba a ese departamento para servir a su país y a la cultura. La referencia al país ya me dio mala espina. Ya sabemos qué suele ocurrir cuando alguien se dedica con tanto ahínco a su país o se deja la piel por él. Ahora es relevada de su cargo, se supone que para servir mucho mejor a ese país, ya que en el terreno de la cultura, que se sepa, nunca estuvo ni se la esperó. Donde sí estuvo casi con heroico denuedo fue en las manifestaciones a favor de los presos políticos y en la sala del Tribunal Supremo dándoles infatigable aliento; también se la vio en Bruselas —me parece que en la casa de la República catalana— en las puerilidades de Quim Torra o Carles Puigdemont. En honor a la verdad, hay que reconocer que no faltó a la cita de los premios Gaudí. Donde no estuvo, y su ausencia resultó ofensiva, fue en el sepelio del editor Claudio López Lamadrid. Se excusó por razones de agenda, aunque a lo mejor a nuestra exconsejera le pasó lo que suele pasarle a la gente un pelín fanática, que eso de asistir al entierro de alguien que no es de su cuerda ideológica tiene que ser un palo. Para entierros, no hay como los de los correligionarios.

Hace unos días, algunas calles de Barcelona fueron ocupadas por pianos. Pianos de cola para que el transeúnte ocasional que supiera, le sacara algunas notas. También podía sentarse a tocar el que no tuviera ni idea de música, sólo por aporrear las teclas y vivir la experiencia de producir sonidos. En el tiempo que estuve, se sentaron al piano una chica y dos varones. La chica se marcó un Mozart muy rococó y provocador. Uno de los varones nos regaló una partita de Bach ejecutada con mucha convicción. El segundo era un chico que no pasaría de los veinte y tantos años. Tocó algo que me pareció música New age. Era italiano e iba con una chica radiante como el día que hacía. Todo el mundo escuchaba como si nunca hubiera escuchado nada parecido. Y lo que más me llamó la atención fue que la chica reaccionó como si nunca el chico le hubiera informado de su don para el piano. Obviamente, el chico tocó sólo para ella. Relato estas anécdotas porque ese día experimenté algo muy parecido a lo que me ocurrió hace unos meses con la escultura de Jaume Plensa que nos espera a la salida del Palau de la Música. Todo el mundo que pasa por allí participa de la mujer de enigmáticos ojos cerrados. Los niños casi juegan con ella. Los adultos la miran extasiados. O como si la interrogaran.

Plensa y los pianos al alcance de todo el mundo me dejaron pensando, y ello me dio la sensación de una cultura viva, algo irreverente, próxima a las personas. Como nunca lo había visto, quise saber de quién había sido la feliz idea de los pianos en las aceras. Por un momento abrigué la esperanza de que fuera de nuestra exconsejera de Cultura. Supe enseguida que quien diseñó ese formato musical para instalarlo en plena vía pública fue la asociación del Concurso Internacional de Música Maria Canals de Barcelona y que funciona desde hace muchos años, con la colaboración de la Fundación Jesús Serra, la Diputación de Barcelona, la Generalitat y varios ayuntamientos de Cataluña. Seguí buscando en mi memoria más inmediata algún evento digno de mención en que la consejera Laura Borràs, en aras del enriquecimiento de la sensibilidad y del espíritu artístico de la ciudadanía de Cataluña, hubiera participado o hubiera sido su principal iniciadora o inspiradora, y no encontré nada.

Un consejero (o ministro) de Cultura no llega a ese puesto para jurar que la servirá y después si te he visto no me acuerdo. Llega a ese privilegiado sitio para hacer cultura, para poner pianos en las calles. Y si fuera posible, poetas, magos, titiriteros y narradores de cuentos. Sé que eso es imposible. Pero un consejero de cultura tiene que dar la sensación que eso debería hacerse. O por lo menos que esa maravillosa locura se le pasó por la cabeza.

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