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Nunca es tarde para descubrir a Morisot

Un taller de pintura para personas mayores disecciona la obra de la artista impresionista

Alumnas del taller de pintura para mayores que trabaja varias de las obras de la pintora impresionista, Berthe Morisot, en EspacioCaixa (Madrid).
Alumnas del taller de pintura para mayores que trabaja varias de las obras de la pintora impresionista, Berthe Morisot, en EspacioCaixa (Madrid).

El nombre de Berthe Morisot era un misterio para Azucena Vicente, de 62 años. La primera vez que escuchó hablar de ella fue hace unas semanas en el curso de artes plásticas para personas mayores que organiza la Obra Social La Caixa en su centro de la calle de Arapiles. Ahora conoce todos los detalles de la pintora francesa. “¿Sabe usted que se casó con un hermano de Manet?”, susurra mientras pone amarillo a Campo de grano, el lienzo de la artista impresionista que ha elegido reproducir. Otros compañeros ya han comenzado su segundo y hasta su tercer óleo. “Adelantan el trabajo porque se los llevan a casa, pero yo no tengo prisa por acabar”, reconoce.

“Comencé a venir hace cuatro años por una apuesta con mi hija, que pintaba. Le dije que lo haría mejor que ella y lo he conseguido”, dice el jubilado Agustín Ocaña

“Había visto sus cuadros, pero no la conocía. Me parecen frescos, sencillos y coloridos. Morisot tiene una pincelada suelta que trasmite alegría”, asegura Azucena. Hace siete años que acude a los talleres que organiza gratuitamente la entidad. No había cogido un pincel hasta entonces, a pesar de que trabajó toda su vida con un coleccionista de arte. Ahora que está jubilada ha decidido recuperar el tiempo perdido. Acude cada miércoles durante dos horas al curso. En total, nueve sesiones en las que dos grupos de 14 alumnos, la mayoría mujeres, se afanan por reproducir las obras de esta artista. “Para venir solo hacen falta ganas”, asegura la profesora, Yolanda López Serpa, una licenciada en Bellas Artes que da clases en EspacioCaixa desde 2013.

Los alumnos se encargan de comprar el material. “Las pinturas son un poco caras”, se queja Alfonso Vozmediano, de 72 años, rodeado de caballetes y lienzos, todos dispuestos sobre unas alargadas mesas. La hermana de la artista en la ventana de Morisot es su quinto óleo, pero asegura que pinta en carboncillo desde niño. “Lo más difícil es darle color al fondo, tiene demasiados detalles”, murmura ataviado con una bata blanca manchada de pintura. “El curso me ayuda a distraerme y, además, aprendo y conozco gente”, revela Vozmediano. Marisol Bello, de 70, reconoce que al principio no le agradaba la artista, pero que todo cambió cuando conoció su historia. La de una mujer del siglo XIX que lucha para acceder al círculo de los impresionistas, pintores que buscaron plasmar la luz y los instantes como Degas, Cézanne o Manet.

Participación social

“La edad no es un obstáculo para perseguir sueños”, afirma Mar Barón, responsable del centro, inaugurado en 2001 para fomentar la participación social de las personas mayores. En la primera planta unos ancianos leen el periódico, otros charlan y algunos juegan a las cartas. Luisa Cascales, una maestra jubilada de 74 años, se aplica la máxima en la planta de abajo. Toda su vida quiso ser pintora, pero jamás aprendió técnicas. Escucha con atención las precisiones que hace la profesora a sus trabajos, muy conseguidos. “Se me ha atravesado la cara”, dice mientras perfila el rostro de Morisot, que se inmortalizó leyendo en uno de sus cuadros. Las escenas cotidianas eran las favoritas de la artista francesa, que plasmó la sociedad de su época. “Vivía su pintura y pintaba su vida”, dijo de ella el poeta Paul Valéry.

Varios alumnos trabajan en sus lienzos.
Varios alumnos trabajan en sus lienzos.

A diferencia de sus compañeros, Cascales utiliza una paleta de madera para mezclar los colores de sus cuadros. A pocos metros exhibe con orgullo la obra que ha terminado, La cuna, tan conseguida que podría pasar por la original. Sin embargo, aquí “la jefa” es Uca Mendoza, una veterana de 77 años a la que todo el mundo pide consejo. “Primero se mancha el lienzo y luego se perfila”, explica. Su padre, arquitecto, era aficionado a la pintura y ella tomó los pinceles con 15 años, pero no pudo perfeccionar su talento hasta la jubilación. Está a punto de culminar El espejo psiqué. Las obras se expondrán a partir del 11 de abril en el EspacioCaixa. Una idea que apasiona a Agustín Ocaña, un informático jubilado de 63 años. “Comencé a venir hace cuatro años por una apuesta con mi hija, que pintaba. Le dije que lo haría mejor que ella y lo he conseguido”.

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