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OPINIÓN i

Por nuestros hijos

En vez de extraer lecciones de sabiduría y de prudencia, para evitar renovadas fantasías y mentiras, la reacción que cunde es el lamento declinista, al que sigue la reacción airada de esta protesta sin líderes

Un niño con una estelada en la Diada de 2013.
Un niño con una estelada en la Diada de 2013.

Lo dicen los chalecos amarillos y lo dicen los independentistas catalanes: por nuestros hijos. Es la apelación a las generaciones futuras al servicio de las protestas presentes, e incluso como justificación para los excesos de la radicalidad, las molestias de los cortes de carreteras, las manifestaciones e incluso los brotes de violencias.

Los hijos se lo merecen todo. Quien piensa en los hijos demuestra sus buenos sentimientos, su generosidad y su sentido de la responsabilidad. Luchas de hoy para la felicidad de mañana: nada puede dorar mejor la imagen de quienes protestan. No hay mejor argumento que el de los hijos, incluso a la hora de maquillar errores y pecados.

La potencia del argumento generacional es enorme. ¿Qué van a decir las actuales generaciones si las nuevas se encuentran ante un horizonte tenebroso? Al revés que nosotros, y contra lo que nosotros esperábamos, nuestros hijos ya no podrán aspirar a vivir tan bien como nosotros. Esta especie de decadencia estereotipada se ha convertido en el lamento más característico de esta crisis.

Cuesta salir de la lógica de un argumento tan extendido y de fuerza tan penetrante, pero todo él aparece nimbado por la sospecha. Para empezar, porque da por hecho que el progreso sin fin, el ascenso social y el enriquecimiento son una especie de derecho humano, justo cuando sufrimos una mera resaca de la larga etapa de prosperidad fundamentalmente occidental inaugurada tras la segunda guerra mundial. La idea de un empobrecimiento generalizado de las clases medias es el corolario de un fin de ciclo. Antes hubo un ascenso y ahora hay sobre todo un ataque de desmemoria, que afecta ante todo a la tercera generación.

En los últimos meses de la burbuja inmobiliaria, políticamente presidida por José Luis Rodríguez Zapatero, un joven de 18 años se quejó amargamente ante el presidente del Gobierno, en un programa televisivo que según creo se denominaba Tengo una pregunta para usted, de las dificultades que tenía su generación para acceder ni más ni menos que a la propiedad de un piso. Si todo joven español llegado a la edad adulta se consideraba entonces con derecho a iniciar su patrimonio mediante la adquisición de una vivienda, no debería extrañar a nadie que una parte de la ciudadanía se considerara también con derecho a organizar el proceso de constitución de un Estado propio, a su gusto y manera, tan naturalmente inscrito en los derechos naturales garantizados por los regímenes democráticos en los que vivimos como debiera estar el derecho a la vivienda en propiedad. Nada expresa mejor este espíritu del tiempo como el eslogan soberanista de Ikea: La república independiente de mi casa.

<CS8.7>Si ahora hay lamento es porque antes hubo engaño, aunque no sea el engaño lo que de verdad lamentemos sino el desvanecimiento de la fantasía con la que nos engañamos. El dolor de la pérdida, fácilmente reconocible en el extendido resentimiento social que ha dejado la crisis, no afecta a la verdad, entonces ocultada y ahora desnuda, sino al ensueño que nos sigue turbando en el duermevela. En vez de extraer lecciones de sabiduría y de prudencia, para evitar renovadas fantasías y mentiras, la reacción que cunde es el lamento declinista, nuestros hijos vivirán peor, al que sigue la reacción airada de esta protesta sin líderes, sin rumbo y sin objetivo: por nuestros hijos.

</CS>En vez de combatir el engaño, antes soportado en la ilusión, ahora lo incrementamos, fundamentado en el resentimiento. Ante la injusticia de un mundo mal repartido, desechamos la prudente voluntad reformista y preferimos el estallido y un mundo desgobernado. La reforma gradualista y pragmática es una ofensa, una provocación. Como los adolescentes de Mayo del 68, los adultos y jubilados airados de 2018 lo quieren todo. Con el argumento que da consistencia moral a la protesta: por nuestros hijos.

Por nuestros hijos, quienes ahora protestan contra la fiscalidad de los combustibles más contaminantes conseguirán que empeore el mundo en el que vivirán las próximas generaciones. Por nuestros hijos, quienes exigen subsidios a costa del déficit público y sobre todo del incremento de la deuda van a detraer posibilidades de gasto social a esas futuras generaciones de las que tanto prevén preocuparse. Por nuestros hijos también, quienes ahora prefieren arruinar el autogobierno catalán porque imaginan que con ello obtendrán la independencia, se arriesgarán a que las futuras generaciones de catalanes no tengan autogobierno.

La bajamar de la prosperidad en que nos hallamos ha levantado una ola de resentimiento y de victimización. La razón reformista que ha servido tantas veces en la historia para reparar y restañar las heridas de la opresión y de la desigualdad se halla hecha trizas: cunde una razón pseudo revolucionaria, individualista y sin líderes que enarbola la bandera negra del nihilismo, claro anuncio de pulsiones dictatoriales o al menos autoritarias.

Es la hora de los perdedores, de las víctimas, que así creerán vencer, exigentes en su demanda de solidaridad y exaltadas en su resonante derrota. Como en Ciudadela, aquella extraña narración póstuma de Antoine de Saint Exupéry, este es un mundo de mendigos y lisiados, que se dedican raudos a rascar y humedecer sus pústulas y chancros después de ser sometidos a carísimas curas mediante ungüentos auríferos, para poder seguir mostrando “la podredumbre unos a otros con orgullo, extrayendo así vanidad de las ofrendas recibidas”. Esta es una novela que empieza con una frase solo aparentemente enigmática: “Con frecuencia excesiva he visto la piedad extraviada”.

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