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OPINIÓN i

El prudencial arraigo de la Constitución

Como formas de arraigo, la Constitución y la monarquía parlamentaria están imponiéndose al unilateralismo

Celebración de los 40 años de la Constitución en el Congreso, el pasado 6 de diciembre.
Celebración de los 40 años de la Constitución en el Congreso, el pasado 6 de diciembre.

Si Carles Puigdemont y Quim Torra siguen empeñados en lograr la aplicación del 155, conseguirán demostrar de nuevo la vigencia operativa de la Constitución. Una constitución refunda el pacto de confianza entre pasado, presente y futuro de un país. Entre otras cosas porque se fundamenta en un contrato moral, de valores inclusivos, que explicita los límites al poder. Hace unos días, The Washington Postpublicó un extracto de un libro póstumo del columnista Charles Krauthammer. Recuerda como en 1981, al ser asesinado Anwar Sadat, un programa de televisión informó de que, según los expertos consultados, en la constitución egipcia constaba que en aquellas circunstancias el sucesor era el presidente del parlamento. Con escepticismo, un analista de la tumultuosa vida del Oriente Medio sostuvo que en Egipto nadie se había leído la Constitución en treinta años. En realidad, la constitución no parecía existir, ni a nadie le importaba. Preguntó: “¿Quién es el líder de los militares? ¿Hosni Mubarak? Pues ese será el próximo presidente”. 1978 sirvió para todo lo contrario.

Cuando hay quien se queja tanto de la Constitución de 1978 como si fuera un parque jurásico, sería saludable preguntarse qué ha pasado. ¿Ha sido un deterioro de la voluntad colectiva que conformó aquel delta histórico o ha cundido una amnesia, de una parte inconsciente y por otra deliberada, que hace irreconocible el sólido encanto de la Constitución cuarenta años después? Hay quien busca arrimarse a alguna forma de constitución bolivariana; otros desacatan la ley para fundar una república catalana independiente. Para hacerse una idea de lo que significa 1978 basta con preguntarse si ahora sería posible redactar una carta magna tan convincente y amplia. Al contrario del mantra pro-reforma de la Constitución para adaptarla a los nuevos tiempos, parece evidente que ahora no sería factible un consenso de magnitudes equiparables a las de entonces, una constatación que por sentido común debiera reconfortarnos por tener un cauce constitucional en el que los pleitos de España habían desembocado en una sabia arquitectura constituyente. Sin embargo, se sigue diciendo que urge la adaptación constitucional. Pero uno no cambia una constitución porque la sociedad haya pasado de la minifalda al pantalón vaquero rasgado, ni por la existencia de la familia monoparental o porque reaparezcan los mitos de la Cataluña mirífica.

“Las zonas sociales de desapego constitucional se encogerán, de modo que la razonabilidad de la ley siga por encima de altibajos de ruptura y sedición”

Si en política las soluciones son impuras, una buena Constitución contribuye a filtrar impurezas. Así España entró de lleno en la integración europea, en la Alianza Atlántica y en la globalización. Dio forma al estado autonómico, superó la intentona de Tejero, pasó por la experiencia política de la alternancia en el poder y ha vencido a ETA. ¿Son precedentes que legitimen la falta de confianza en un futuro que discurre por la senda constitucional? Si acaso, los síntomas de malestar público se deben a una extraña pérdida de autoestima generada por las políticas de lo imposible. Algún efecto corresponde a un cese de la transmisión de valores y experiencias que constituye el eje de un sistema educativo y que da consistencia a los trasvases entre escuela y familia. ¿Cómo se explica la Constitución en las aulas y de qué manera se cuenta la historia de una transición sin buenos ni malos?

Krauthammer alude a la sabiduría de los padres de la Constitución americana y a la reverencia que le guardan la mayoría de los ciudadanos estadounidenses, a pesar de todo, a pesar de cambios sociales profundos. La transición democrática en España se hizo con un bajísimo coste, como comprendieron los ciudadanos de Cataluña al votarla masivamente. Con el maremágnum secesionista, el resultado no hubiese sido el mismo pero también es cierto que, en el momento de la desafección de parte de Cataluña, un partido como C’s ha sido el más votado. La mayoría secesionista indestructible no existía. Ante el espectáculo de la descomposición intensa de las alianzas independentistas, el desconcierto de sus votantes y los graves riesgos de inestabilidad y de incertidumbre jurídica no benefician a los imitadores de la intentona secesionista de octubre de 1934. Como formas de arraigo, la Constitución y la monarquía parlamentaria están imponiéndose al unilateralismo. Aunque sea una recomposición lenta, al menos a medio plazo el fervor de secesión se retrae. Escampa la niebla y se constatan los costes del desatino. Las zonas sociales de desapego constitucional irán encogiéndose, de modo que la razonabilidad de la ley siga por encima de altibajos de ruptura y sedición.

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