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OPINIÓN i

Conciliar al pueblo con sus dirigentes

Macron se siente frustrado porque a los ciudadanos no les basta un gesto de acercamiento: quieren que se les tome en serio

El presidente de Francia, Emmanuel Macron.
El presidente de Francia, Emmanuel Macron. efe

"No he conseguido conciliar al pueblo francés con sus dirigentes”. La frase es del presidente Macron. Al tiempo que intentaba tallarse una figura de monarca republicano a imagen y semejanza del general de Gaulle, pero sin la autoridad forjada en la guerra ni la ironía que distinguían a su referente, su carácter peleón le ha llevado a buscar el cuerpo a cuerpo con sus compatriotas. A veces le ha perdido la arrogancia. Otras ha salido chamuscado. Y ahora se apresta a la autocrítica: “Nuestros conciudadanos hoy quieren tres cosas: que se les considere, que se les proteja, que se les aporten soluciones”, dice el presidente. Y añade: “la consideración no ha sido suficiente”.

La reflexión de Macron es de utilidad en un mundo en que la política viste hábitos viejos en medio de transformaciones profundas. Y los intentos de adaptación en vez de favorecer el encuentro con la ciudadanía aumentan la distancia y favorecen una polarización a menudo artificial. Da la sensación de que, más pendientes de arriba que de abajo, los líderes políticos no saben a quién se dirigen y no entienden que lo que la gente quiere no es oír buenas palabras sino ser escuchados: que su voz llegue arriba. Y los medios ya no son el agente doble que manufacturaba y enviaba mensajes de abajo a arriba y de arriba abajo, contribuyendo así a configurar el espacio del debate democrático.

La “consideración no ha sido suficiente”. Macron se siente frustrado porque a los ciudadanos no les basta un gesto presidencial de acercamiento: quieren que se les tome en serio. Es decir, que se les reconozca poder y palabra y, por tanto, protagonismo político. ¿A este desencuentro con una ciudadanía que se siente ajena a las políticas vigentes, como ha respondido la política? Con la arrogancia tecnocrática y con la grandilocuencia enardecedora de la estrategia populista (comparto con Eric Fassin que populismo no es un categoría política, es una manera de actuar) Es decir, con el dominio de los expertos y la exaltación contra el otro, estimulando el resentimiento ante la incapacidad de resolver los problemas. Ambas opciones están al servicio de lo mismo: la sumisión de la política al poder real, al dinero. La diferencia es que el discurso de los expertos no pretende amagar sino legitimar este orden -no hay alternativa- y el ruido de los polarizadores, que preparan al terreno a la solución autoritaria, enrarece el ambiente y es contaminante.

Los expertos callan a la ciudadanía en nombre de la complejidad del mundo. Gobernar no está al alcance de todos, sólo los que están preparados -y han pasado por los ritos iniciáticos del poder tecnocrático- pueden hacerlo. La política pierde sentido porque no hay opción: se hace lo que dicen los que saben. Hasta el punto que hasta la socialdemocracia estorba: Ejemplo: la impaciencia de gran parte del complejo económico y mediático para sacar al PSOE y sus aliados del gobierno. La rigidez de los expertos -y de aquellos a quienes representan- es tan grande que ni siquiera son capaces de celebrar lo que algunos ya llaman el milagro español: los antisistema se han incorporado plenamente el sistema. Les duele porque temen que abra una vía para ensanchar el campo, aquí en España como en Portugal. La dominación de los expertos —que deja el poder cada vez más en manos de poderes contramayoritarios— es incompatible con una democracia liberal.

Los expertos callan a la ciudadanía en nombre de la complejidad del mundo. Gobernar no está al alcance de todos

La otra vía, es la grandilocuencia apocalíptica para la explotación del miedo. Ganarse a la gente movilizándola contra falsos enemigos: los inmigrantes, los musulmanes, los que nos quieren robar la patria, los separatistas, las minorías, todo lo que se mueve. Un ejercicio con efectos directos en términos de represión y restricción de libertades. Es la desjerarquización de las prioridades de la ciudadanía: construyendo enemigos y haciéndolos responsables de nuestros males se confunden las prioridades. Y se crea una sensación de emergencia que permite eludir las cuestiones que la ciudadanía demanda. Moralistas políticos, como diría Kant, que configuran la moral según las conveniencias del que manda.

Macron constata que la gente sigue desconfiando. Que ni el discurso de los expertos, ni las apelaciones patrióticas, ni el miedo dan el reconocimiento, la protección y las soluciones esperadas. Por lo menos, es capaz de enunciar el problema, en vez de apelar al griterío como gran parte de la derecha europea, española incluida.

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