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REPORTAJE

Las locas de los gatos no están locas y tienen carné

En Madrid hay 1.017 colonias felinas censadas y alimentadas por gestoras avaladas por el Ayuntamiento

Una colonia en un parque de Arturo Soria.
Una colonia en un parque de Arturo Soria.

Ella es gatólica. Se llama Victoria de Lucio, tiene 60 años, y lleva desde el 2009 gestionando varias colonias de gatos repartidas por Madrid, sobre todo en su barrio, en Ciudad Universitaria. Se gana la vida como bibliotecaria de la UNED y de su sueldo destina una media de 250 euros mensuales para alimentar a felinos de la calle, desparasitarlos y llevarlos al veterinario si están enfermos. Les compra pienso, les pone nombre y se preocupa de que estén sanos. En la capital hay 1.017 colonias censadas hasta la fecha y más de 725 personas como ella ya tienen entre sus manos un carné que el Ayuntamiento otorga a quienes pasan un curso específico para poder alimentar y hacerlo de una manera correcta. Estos gestores de colonias, como se llaman, están desde hace dos años dentro de la ley, porque antes podían ser multados con hasta 300 euros por dar de comer a animales de la calle si eran pillados in fraganti. El Gobierno de Manuela Carmena aprobó en 2016 el proyecto de gestión de colonias urbanas, y este viernes, en Vallecas, se suma una nueva al recuento con un acto oficial.

Él es antigatólico, de hecho, quiere a los gestores bien lejos, porque si están cerca significa que hay gatos a su alrededor. Luis Maestre, informático de 49 años, vive en el barrio de Nueva España desde hace seis años, y su calle también es el hogar de una colonia felina de unos 50 gatos. A las doce de la mañana de un día entre semana se dejan ver cuatro de ellos, escondidos del calor entre varios setos del parque que se sitúa a la espalda de su portal. Maestre se queja de los olores, sobre todo en verano, de la suciedad y de que se multiplican sin control. Reconoce que ha tenido más de un encontronazo con el gestor de su barrio, que también tiene carné, un hombre mayor de barba blanca que camina despacio.

De Lucio y Maestre representan a las caras opuestas de un encontronazo constante entre vecinos de diferentes barrios de la misma ciudad con sensibilidades opuestas. Para unos, ellas son las locas de los gatos —generalmente las gestoras son mujeres—, y para ellas, hablar con los otros es chocar contra un muro, incapaces de entender la gestión ética felina. Y, sin ser conscientes, ambas sensibilidades están más cerca de lo que creen.

Victoria de Lucio alimenta a un gato de una de sus colonias.
Victoria de Lucio alimenta a un gato de una de sus colonias.

“Antes de que se implantara la ley de sacrificio cero en la Comunidad de Madrid —en febrero de 2017—, cada vez que algún vecino se quejaba por los gatos, llamaba al Ayuntamiento, los capturaban y los llevaban a la perrera, donde eran sacrificados. Y luego volvían a aparecer otros, por lo que el problema no se solucionaba. Ahora eso ya no es legal, por lo que todo pasa por el control real y ético de la colonia”, explica Arancha Sanz, abogada de la Sociedad Protectora de Animales y Plantas de Madrid. Ese control se ha implantado con el método denominado CER, que significa captura, esterilización y retorno del animal en el mismo lugar donde fue capturado. “De esta manera, se va controlando la población. Los gatos de la calle son desparasitados, están sanos y no ocasionan molestias al vecindario porque ya no hay peleas entre ellos ni gatas en celo”, argumenta Sanz.

Una vez localizada la colonia sobre la que se va a trabajar en la esterilización, lo adecuado, según los expertos, es que se aplique sobre el 70% y el 80% del total de los individuos que la forman. De no ser así, la captura de los gatos con jaulas trampa será más complicada. Esta labor también recae sobre las propias gestoras, que motu proprio capturan a los animales con jaulas facilitadas por protectoras o compradas por ellas mismas y los llevan a esterilizar, un acto también subvencionado de su bolsillo. Desde que se aprobó el proyecto CER por el Ayuntamiento en 2016, el Centro de Protección Animal La Fortuna ha realizado unas 2.000 operaciones de forma gratuita, pero la lista de espera para acceder a sus servicios es tan larga que los gestores acaban buscándose la vida. De Lucio se gasta 50 euros por cada macho y 60 por cada hembra esterilizando en clínicas con acuerdos para realizar el CER. Ya ha castrado a 100 felinos callejeros. “En realidad, lo que hacemos es bueno para la comunidad, no solo por el amor a los gatos sino por el bien del vecindario”. En machos castrados, disminuye la concentración de la sustancia que produce el olor fuerte en la orina, llamada felinina, y dejan de marcar por motivos reproductivos y territoriales por la disminución de hormonas sexuales.

De Lucio aparece vestida con ropa cómoda, unas deportivas, unos vaqueros y un saco de pienso. Todas las noches, a partir de las once de la noche, cuando los vecinos no la ven, se pasa una hora repartiendo comida por diferentes puntos de su zona. Da igual que sea invierno o verano. “Me he quedado hasta sin vacaciones porque no tenía a nadie que me sustituyera, y los gatos tienen que comer”, cuenta. A tres minutos andando desde su casa, en un descampado, tiene distribuidas cuatro cajas de plástico y tolvas semicamufladas donde deja cada día cuencos con agua fresca y comida. También hay dos con un pequeño agujero para que los animales puedan entrar y guarecerse cuando llegan las tormentas y el frío. El sistema es rústico, pero eficaz. “Tenemos que tirar de imaginación para que todo esté limpio, para que los pájaros no se lleven la comida y para que nadie pueda quejarse”, justifica.

Ella, cuenta, empezó a ser gestora por casualidad. “Un día estaba en casa, miré por la ventana y vi a una gata con dos crías temblando y refugiándose de la nieve. Se me partió el alma. Las busqué y empecé a darles de comer. Luego las esterilicé, les conseguí casa a dos de ellas y así, poco a poco, empecé a cuidar los gatos de la zona para hacerles la vida más digna”. En total les ha conseguido adopción a 60 felinos. “Es muy gratificante cuando ves que cambias la vida de seres vivos, algunos de ellos fruto del abandono. Muchos me dicen, ‘mucho te importan los animales y los niños que se mueren de hambre, ¿qué?’. Demagogia pura. Como si no nos importara nada más. A mí me importa todo lo que pasa en el mundo. Y mira, yo colaboro económicamente con dos ONG que trabajan para niños desfavorecidos. Los que me suelen soltar esa frase les pregunto ¿y tú, con qué ONG ayudas?”.

Lo que parece una cuestión de empatía con los animales, es también una cuestión legal y de seguridad ciudadana. Según la ley 4/2016 de protección animal de la Comunidad de Madrid, la gestión ética de las colonias está contemplada en tres artículos (21.7, 27 y 28). En la mayoría de ordenanzas municipales especifican que está prohibido alimentar a animales de la calle cuando se causen molestias, daños o focos de insalubridad. Por eso algunos Ayuntamientos, como el de Madrid, han desarrollado protocolos para esterilizar y alimentar de manera adecuada acorde con la ley. De esta manera, se intenta erradicar la costumbre de muchos vecinos con buenas intenciones pero sin conocimientos sobre el tema que bajan a la calle las sobras de la comida de su casa, provocando acumulación de insectos e incluso la aparición de ratas, además de los malos olores cuando los restos empiezan a descomponerse.

Dos gatos de una colonia de Arturo Soria.
Dos gatos de una colonia de Arturo Soria.

A Maestre se le une Luis, de 60 años, un vecino que prefiere no dar su apellido. Vive en un bajo y tiene una pequeña terraza con jardín donde ha puesto clavos de madera para impedir que los gatos de la zona le estropeen las plantas. Tiene dos perros, y asegura que le gustan los animales. Lo que no soporta es el olor que se instala en su casa cuando abre las ventanas en verano. “Yo no soy militante antigatuno. “Pero los servicios de limpieza del Ayuntamiento están desesperados, porque no dan abasto. Dicen que los castran para que no se multipliquen. Lo cierto es que aquí cada dos por tres aparece una camada de gatitos muy monos pero que al final también ensucian. No sé si están vacunados, pero yo no he visto jamás una campaña de vacunación de gatos. Eso es un peligro para la higiene. Y después hay un problema gordo con el parque de niños, donde no pueden entrar porque la arena, por debajo, está llena de excrementos”.

Guadalupe Miró, veterinaria, profesora de la Universidad Complutense de Madrid y especialista en enfermedades transmisibles, responde que “en realidad cuando no hay contacto directo no hay ningún riesgo. Si no tocas a esos gatos, nunca te puedes contagiar. No hay esporas de hongos en el medioambiente que se transmitan a través del suelo o el aire. Con las heces ocurre lo mismo. A no ser que pongas a tu niño a jugar en una zona donde hayan defecado los gatos y que no estén desparasitados, tendría que haber una evolución de los parásitos en esas heces en un tiempo bastante largo para que se produjera una transmisión”, explica Miró. “Desde el punto de vista de la salud pública, es mucho más positivo sanear a esa población, estabilizarla, saber que si tú tienes diez gatos en tu zona y están esterilizados, están comiendo bien y tienen una mayor respuesta inmunitaria frente a esas posibles infecciones transmisibles, estás garantizando un buen estado de salud y minimizas mucho esos riesgos. Mientras que si tú tienes gatos desatendidos, se buscan la vida, van a entrar en un cubo de basura, lo van a romper, lo van a tirar… estás produciendo situaciones insalubres, y favorece la llegada de ratas y muchos más problemas… Es siempre mejor un animal del tipo que sea controlado sanitariamente por un veterinario, que un animal descontrolado sin saber cuál es su estado”.

Por empatía o por cumplir la legislación vigente, el caso es que vecinos de una sensibilidad u otra deben encontrar la manera de convivir con animales que están protegidos por la ley. “Lo que sí deberían hacer los Ayuntamientos es controlar las zonas de areneros de los colegios, taparlas para que no vayan ahí lo gatos, por ejemplo con redes, con fundas, con tapaderas, hay muchas opciones muy válidas… Es que no lo puedes evitar, los gatos defecan en la arena y además la esconden, son animales. Eso además es una responsabilidad del colegio o de la guardería”, analiza Miró. Javier Gavela, veterinario municipal, añade además otra sugerencia para solventar ese problema en los parques públicos: sustituir la arena por caucho. “De esa manera es todo mucho más higiénico en general, no solo por los gatos, y además evitas que ellos vayan ahí”.

Décadas de gestión felina

La gestión ética de colonias felinas no es algo nuevo. Natalia Jaraba, veterinaria de la asociación Avatma (Asociación de Veterinarios Abolicionistas de la tauromaquia y del maltrato animal) y con una experiencia en la implantación del proyecto en diferentes municipios y comunidades autónomas, asegura que “es un tema que ya se ha implantado con éxito en diferentes países, como en EE UU en los 90 y en otros lugares de Europa, y recomendado por la OMS. En España se inicia su puesta en marcha en Barcelona, y el resto de comunidades están adaptando sus legislaciones de protección animal progresivamente como es el caso de Madrid”. En su opinión, para que el éxito sea total y beneficie a toda una comunidad, es importante “dar impulso a la concienciación ciudadana por parte de las administraciones, las autoridades competentes, toda la comunidad veterinaria, las entidades de protección animal y todos los vecinos implicados”. Y añade un dato clave: “La convivencia responsable pasa por la esterilización, la prevención de los abandonos y la identificación de los animales de compañía, la prevención de la cría y la venta sin control, la compra compulsiva y desinformada con las necesidades etológicas de cada especie”.

Jaraba reclama además más ayuda a las administraciones, en todos los sentidos. “Hay que aprovechar los avances que hay en la actualidad en cuanto a la legislación de protección animal para poder hacer frente a los retos que nos encontramos en los diferentes ayuntamientos que nos entorpecen el avance, como la falta de una financiación adecuada que permita una gestión de un porcentaje elevado de la población libre felina y su seguimiento. Otro reto es la falta de información vecinal para disolver los conflictos actuales, y dotar a esta especie de su tutela jurídica de la que goza como animal de compañía y doméstico, y no como asilvestrado, porque no lo son, el término correcto sería no socializados con el humano, y bajo ningún concepto pueden entrar en ninguna normativa sobre el control de depredadores”.

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