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Casado por arte de magia

Los conservadores omiten abordar las causas de la corrupción y presentan como un éxito que el nacionalismo catalán esté hoy fuera del pacto constitucional

Pablo Casado y Mariano Rajoy en el congreso del PP del 21 de julio.
Pablo Casado y Mariano Rajoy en el congreso del PP del 21 de julio.

Después de haber protagonizado una enorme y todavía inacabada oleada de escándalos de corrupción que provocó su ominosa salida del Gobierno de España por una moción censura, el PP acaba de llevar a cabo un congreso como si nada le hubiera pasado. Al revés, el congreso del 21 de julio fue planteado como una fantástica operación de magia, un escamoteo de cualquier cosa substancial y un mero cambio del artista que ejecuta la función. ¡Ahora tenemos Casado donde antes teníamos Rajoy! Más de lo mismo. Y ya está. Aquí no ha pasado nada.

Los asistentes al congreso sabían perfectamente las causas que les habían obligado a reunirse, pero prefirieron no hablar de ellas, el paroxismo del modus operandi de Rajoy. Si el responsable de las finanzas del partido que fue condenado como núcleo de una trama corrupta era para Rajoy “ese señor del que usted me habla”, para los compromisarios del congreso la tan reciente caída del Gobierno debía de ser algo como “esa cosa que nos ha pasado” y de la que no merece la pena hablar. ¿Explicaciones? ¡Pero si no ha pasado nada!

El PP optó por negar la realidad de la corrupción incluso cuando sentencias judiciales como la del caso Gürtel pusieron negro sobre blanco unas complicidades que abarcaban prácticamente todos los niveles del partido, incluida la cúpula en la que figuraban no pocos de los avaladores de los dos aspirantes a suceder a Rajoy. Y el vértice mismo, el propio Rajoy. Esa negativa, ese cerrar los ojos ante una realidad desagradable ¿es aceptable para la sociedad? Incluso sus más incondicionales electores merecen una explicación, una disculpa auténtica. No la ha habido y esto proporciona a Ciudadanos, el partido que espera recoger los restos del naufragio, la agarradera para presentarse como alternativa a la corrupción.

Pero esta no es, además, la única explicación que el PP le debe a la sociedad española. En un alarde de virtuosismo en la prestidigitación, el PP intenta erigirse en el salvador de España en la crisis constitucional desatada en Cataluña. En el congreso y en la mini campaña entre aspirantes que le precedió, la actuación del partido y su gobierno en la crisis catalana fue presentada como ejemplo de patriotismo y de constitucionalismo. Visto con un poco de perspectiva, la realidad es otra. Estando todavía en la oposición, el PP creó el problema, impugnando el Estatuto de Cataluña aprobado en referéndum, y luego, estando ya en el gobierno, no supo gestionar las consecuencias de la impugnación. Es cierto que en un determinado momento, que podría fijarse en las sesiones del parlamento catalán del seis y siete de septiembre de 2017, los independentistas se echaron al monte, abandonaron la idea de legalidad y perdieron cualquier razón política que hubieran podido tener. Pero, aún siendo así, también es cierto que cuando el PP y Mariano Rajoy accedieron al Gobierno en 2011, la crisis catalana aún no había estallado. En 2010, el entonces presidente de CiU, Artur Mas, formó gobierno y mayoría en el Parlament con los votos del propio PP. Dicho de otra forma. La crisis catalana es uno más de los frutos de la gestión política de Rajoy, ha madurado bajo su mirada. Y el resultado de esa crisis puede describirse como la expulsión del nacionalismo catalán del consenso constitucional.

El PP y sus dirigentes insisten en presentar al nacionalismo catalán como el culpable del conflicto, el malo de la película. Pero lo cierto es que el nacionalismo de Jordi Pujol, al que el PP acusa de ser responsable último de la situación actual, es uno de los artífices del pacto constitucional de 1978. Que el grueso del catalanismo haya dejado de sentirse comprometido en él no es fruto de una maldad intrínseca. Es el resultado de una nefasta gestión política de la que cabe pedir responsabilidades a quien no supo hacer otra cosa que convertirla en un asunto de Código Penal .

Que Quim Torra, Carles Puigdemont y compañía estén dispuestos ahora a prescindir del capital político acumulado desde 1978 no justifica que quien más responsabilidades e instrumentos tenía para evitar la ruptura con el nacionalismo catalán, es decir, para preservar el pacto constitucional, que era el Gobierno de Rajoy, no lo hiciera. El catalanismo estaba dentro del pacto constitucional y ahora está fuera. Que Rajoy y Soraya Sáez de Santamaría lo presenten como un éxito es un caso de desfachatez. No es un éxito, es un fracaso descomunal. Su obligación era evitarlo. Que después de siete años en el Gobierno, el PP deje este conflicto abierto en canal y celebre un congreso en el que solo lo mencione para felicitarse por haber salvado a España es un escamoteo y una burla inaceptable.