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OPINIÓN

La caricatura

La idea de que se admiten españoles dentro del proyecto independentista funciona siempre que estos defiendan que España es un Estado autoritario

Ramón Cotarelo.
Ramón Cotarelo.

Una de las curiosidades que ha dejado el procés es el apoyo prestado por algunos intelectuales españoles de izquierdas al independentismo. Han manifestado tal apoyo, sobre todo, dando fe de la premisa caricaturesca a favor de la independencia, o sea, afirmando que España es efectivamente un Estado autoritario irreformable.

Desde una parte del independentismo, se ha acogido con entusiasmo tal ayuda, por lo menos, por dos razones. Por un lado, porque todo lo que sea confirmación de la desfiguración del enemigo contra el que se lucha, y más si la proporciona alguien que jura y perjura conocer bien sus entrañas, es más que bienvenido. Por otro lado, porque esas sinergias demostrarían que el independentismo es incluyente, en el sentido de que admite a españoles, lo cual, a su vez, vendría a demostrar que el suyo, en el fondo, no es un proyecto contra España.

Me parece, sin embargo, que ninguna de las dos razones llega a levantar el vuelo. El hecho de que algún español contribuya a la caricatura de España —por más que jure y perjure hablar desde una atalaya epistémica privilegiada— no hace que la caricatura sea verdadera. Es fácil explicar que tal apoyo sea bienvenido dentro de cierto independentismo, pero la caricatura sigue siendo eso, una caricatura. Además, la idea de que se admiten españoles dentro del proyecto independentista funciona siempre y cuando el español de turno pague el peaje de la adhesión a la caricatura de España. ¿Cuántos españoles que no estén dispuestos a suscribir la caricatura de España figuran en las filas del filoindependentismo?

Pero más allá de todo esto, me cuesta entender que desde el independentismo no se vea que esos intelectuales españoles usan la cosa catalana para, en el fondo, reivindicar otras cosas (entre las cuales figura de forma principal, sospecho, su ego). Lo cual, en sí mismo, no es particularmente grave, siempre y cuando uno esté dispuesto a aceptar que su causa y su proyecto están siendo utilizados por terceros para efectos puramente instrumentales.

Lo que sí me parece más grave, en cambio, es que con esa actitud de venir a Cataluña a endulzar el oído de algunos catalanes diciéndoles exactamente lo que quieren oír —o sea, que España es una porquería—, algunos de esos intelectuales tratan a esos catalanes, me temo, con auténtica condescendencia cultural: vengo aquí, hablo mal de los españoles, lo cual ahora no supone ningún esfuerzo ni ningún coste social en Cataluña, y ya me he ganado sus simpatías. Total, ya se sabe que estas gentes acomplejadas se conforman con poquita cosa.

Uno de esos intelectuales españoles, un profesor llamado Ramón Cotarelo, dijo hace unas semanas en una entrevista que se va a vivir a Girona y, aprovechándolo —por cierto, ¿por qué el hecho de que un profesor se vaya a vivir a un lado u otro merece una entrevista?— , abundó en la caricatura de España e hizo la pelota de manera obscena a las gentes de Girona. ¿Existe un tratamiento más condescendiente que el de, viniendo de otro lugar, tratar a unas gentes buscando su adulación soltando un par de tópicos sobre el lugar y tirándoles un par de caramelos —o sea, hablando mal de España— como si fueran criaturas deseosas de azúcar?

Yo no sé si Cotarelo habla catalán, pero si de verdad le preocupa algo la cultura catalana, y no el utilizar a los catalanes para vehicular su reivindicación o su ego, podría empezar su periplo en Girona aprendiendo catalán, algo que, a diferencia de abanderar la caricatura de la España neofranquista y hacer la pelota desvergonzadamente a los locales, sí requiere cierto esfuerzo y trabajo e implica tratar al catalán como a un par cultural.

Por lo demás, días atrás, Cotarelo decidió cancelar un acto en Tarragona organizado por no sé qué movimiento independentista porque, al parecer, el hostal que le habían reservado era demasiado espartano para sus estándares. Y al gran Cotarelo —para mí, el gran descubrimiento del verano—, no se le ocurrió más tarde otra cosa que insultar en público a esos independentistas, que al parecer lo habían ido a buscar a la estación de tren, le habían pagado el hostal y la cena, llamándoles…¡españoles!

Yo nunca había sentido curiosidad teórica por el sadomasoquismo, pero viendo la relación entre cierto independentismo y algunos de esos intelectuales españoles quizá ha llegado el momento de reconsiderar mis intereses.

Pau Luque es investigador en el Instituto de Investigaciones Filosóficas de la Universidad Nacional Autónoma de México.