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Kiss, la lengua del RockFest

La banda norteamericana triunfa junto a Scorpions en el festival de Cam Zam

El cantante y bajista de Kiss, Gene Simmons, durante el Rock Fest,  anoche.
El cantante y bajista de Kiss, Gene Simmons, durante el Rock Fest, anoche. EFE

¿A qué suena un festival?, ¿qué tipo de sonido escuchan los vecinos que viven en las inmediaciones del mismo? Pues cada uno a los suyo. Los de electrónica suenan a palpitación, a latido grave de corazón de cíclope. Por su parte los de heavy suenan a enfado, un enfado pausado y pesado cuyos acentos rítmicos caen como un martillo en el yunque. Si el punk es enfado anfetamínico, el rock duro es un enfado más patriarcal, más lento, puñetazo sobre la mesa y voz forzada, casi gritada. Eso era Can Zam en la tarde del sábado, último día del RockFest, una mesa bucólica en forma de parque junto al Besós donde los grupos soltaban sus enfados mientras los baterías cosían con redobles aquel monumental estruendo de ferretería en un terremoto. Iniciando el horario noble estuvieron Megadeth, luego llegaron Scorpions y remataron la noche Kiss con su espectáculo casi de chiquipark a base de fuego y maquillaje. Todo ello en el festival de los fans del rock duro, los más fieles y conocedores fans del rock. Sin duda el fan que todo artista quisiera tener.

Megadeth. Suerte tiene Dave Mustaine de conservar su melena al modo Shakira, eso le otorga pedigrí heavy. La banda norteamericana hizo un concierto apañado y algo antiguo, pero no esa antigüedad que da raigambre, sino la que suena a casi pasada de moda. Doble bombo, piruetas vocales y solos a mansalva. Eso también diferencia al punk del heavy, los metaleros quieren tocar bien y para ello buscan el solo de lucimiento: a los punkis les da igual cómo hacer sonar su enfado. Momento de visitar la zona de restauración, donde las colas sólo asedian los puestos en los que se vende carne. Los yakisobas y los pad thai no compiten con chorizo criollo y kebab. Aquí la hombría no es vegetariana: las camisetas negras y el bocadillo de panceta. ¿Y el idioma?: “pedir aquí tu comida”, rezaba un cartel inspirado por la sintaxis de Tarzán. Otra sorpresa, los baños son mixtos, de suerte que las mujeres no hacen colas como en el resto de los festivales: aquí se opta por una solución práctica. Y funciona. Con menos ratio de lavabos se atiende mejor a los usuarios. Que se lo digan a ellas.

Van cayendo todos sus hits entre  exhibiciones de la portentosa longitud de la lengua de Gene Simmons, ensangrentada durante su solo de bajo, un prodigio digno del National Geographic.

Salen Scorpions al escenario con la mala pata de coincidir con el Mundial. Su tercera canción, The Zoo, con resonancias blues, coincide con la tanda de penaltis del Rusia-Croacia. Y sí, del bar desaparece la imagen del escenario y triunfa el fútbol en su pantalla gigante. La asistencia va con Croacia y se celebra su triunfo. Una vez consumado sólo la banda alemana ocupa la retina. Klaus Meine, ya mayorcete y como siempre bajito, tiene una pinta muy singular con su chupa de fantasía y su gorrita. De hecho mantiene más pinta, redimensionada por la edad, que voz, con los agudos rebajados por el cepillo de los años. Cantan Still Loving You, ¡cielos!, y unas teutonas sólidas como la Krupp se vuelven locas mientras sus parejas, cerveza en mano, sonríen sabiéndose destinatarios de su amor. Sí, hay mucha ternura en un festival de rock duro.

Cierran Kiss mientras los niños maquillados como ellos ya dormitan sobre el césped artificial. Es medianoche. Suenan petardos, el escenario escupe fuego y Kiss descienden en un andamio. Todo muy proletario, en el fondo. Es todo tan entrañable que la ternura reaparece en la campa. Señores de cincuenta miran con los ojos entelados por el tetrahidrocannabinol a sus mujeres: es su noche, la noche esperada para volver a sentirse chavales. Kiss cantan en tercer lugar I Was Made For Loving You y florecen los besos entre las parejas. Luego van cayendo todos sus hits entre más petardos y exhibiciones de la portentosa longitud de la lengua de Gene Simmons, ensangrentada durante su solo de bajo, un prodigio digno del National Geographic. La lengua. Paul Stanley chapurrea tonterías en castellano para enardecer al público con trucos tan viejos e infantiles como sacar la lengua para ofender. Rock And Roll All Nite, Cold Gin, Detroit Rock City y Black Diamond cierran el concierto. Esta noche hay metro y salir de allí no será una tortura. El RockFest ha vuelto a triunfar por quinto año. Y aquí la lengua es de Kiss.