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OPINIÓN

Invierno

Algún líder independentista debía decirles a los suyos la verdad, a saber, que ya no era obligatorio hacer historia cada fin de semana

Carles Puigdemont sigue los resultados desde Bruselas.
Carles Puigdemont sigue los resultados desde Bruselas. AFP

Eran los tiempos en que la ley era un simple estorbo. Eran los tiempos en que bastaba con sentirse a favor de la independencia para creer que se tiene derecho a la independencia. Eran los tiempos en que los catalanes descubrieron que había otros catalanes que no eran independentistas y que podían ganar elecciones en votos. Eran los tiempos en que descubrimos que el mayor obstáculo contra la independencia no estaba en Madrid, la capital de la opresión, el monstruo, sino en la misma Cataluña, cuyos ciudadanos no son, mayoritariamente, independentistas. Eran los tiempos en que los catalanes no éramos racistas aunque los españoles fueran inferiores, catetos, franquistas y atrasados. Eran los tiempos en que nos manifestábamos en Bruselas con los antisemitas belgas. Eran los tiempos en que laminábamos a la oposición en el Parlament. Eran los tiempos en que engañábamos a los independentistas de base haciéndoles creer que estábamos construyendo “estructuras de Estado”, que todo sería fácil, que todo el mundo nos recibiría con los brazos abiertos, y luego les llamábamos tontos por creérselo. Eran aquellos tiempos en que jugueteábamos con los sentimientos de la gente para mantenernos en el poder. Eran los tiempos en que Francesc Homs, El Jurista, era la punta de lanza de la intelligentsiade Cataluña. Eran los tiempos en que descubrimos a Marta Rovira y, al hacerlo, de golpe Junqueras nos pareció Kant. Eran los tiempos en que preferimos vivir extasiados en lugar de convivir. Eran los tiempos en que el mundo nos miró pero nosotros preferimos ignorar lo que el mundo veía en nosotros. Eran tiempos en que llamábamos “éxitos políticos” a los fracasos políticos. Eran tiempos en que decíamos que éramos independentistas pero no nacionalistas. Eran tiempos para la confusión. Eran tiempos para la historia.

 

Pero también eran los tiempos de la nación más antigua de Europa. Eran tiempos idóneos para convertir a la Constitución en una ideología, en un objeto inamovible, inalterable, intocable. Eran los tiempos en que descubrimos que seguir los consejos del PP para llegar a una solución política en Cataluña era tan prometedor como seguir los consejos de alguien que ha hecho voto de castidad justo antes de participar en una orgía. Eran los tiempos en que mandamos a la policía a pegar porrazos a señoras mayores que estaban sentadas en el suelo. Eran los tiempos en que Xavier García-Albiol, del PP, insistía en que había que pasar página pero volvía a pasar, como en un bucle, siempre la primera página, hasta quedarse con cuatro diputados y a hacer bueno a Jorge Fernández Díaz o a Alicia Sánchez Camacho. Eran los tiempos en que poníamos la bandera española simplemente porque el vecino ponía la otra. Eran tiempos para la náusea. Eran los tiempos en que destituíamos a los miembros de la Generalitat por su actuación delictiva pero los mandábamos a prisión preventiva para evitar que siguieran delinquiendo por algo que solo podían hacer como miembros de la Generalitat. Eran los tiempos en que —no lo creerán— Rajoy se vio obligado a actuar y no a dejar que los demás le resolvieran los problemas. Eran los tiempos en que un partido —Ciutadans— copió a la perfección la vieja táctica de Rajoy: que los otros muevan el árbol para que yo recoja los frutos; nunca nadie consiguió tanto con tan poco discurso. Eran los tiempos en que queríamos vencer a los independentistas y descubrimos demasiado tarde que la cosa no iba de vencer. Eran tiempos para la confusión. Eran tiempos para la historia.

Estos eran los tiempos que corrían cuando el último día del otoño de 2017 el procés terminó porque Ciutadans ganó las elecciones y solo la dichosa Ley Electoral evitó —una vez más—– que el Parlament sea la imagen especular de Cataluña.

Y con la llegada del invierno afloraron los tiempos en que algún líder independentista debía decirles a los suyos la verdad, a saber, que ya no era obligatorio hacer historia cada fin de semana, que no todo tenía que ser épico, que el presente catalán tiene más que ver con 2017 que con 1714, que antes de dar la batalla por la independencia era prioritario que la Generalitat dejara de estar intervenida y que si ello significaba volver a las vías constitucionales, era imperativo hacerlo. Eran los tiempos en que el independentismo necesitaba engendrar al traidor que les dijera todo eso. Eran los tiempos en que el independentismo necesitaba engendrar al héroe que les dijera todo eso.

Pau Luque es profesor de Filosofía del Derecho en la UNAM.

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