Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Las cartas de la dura vida de la ‘hormiguita’ Rodoreda

La estudiosa Carme Arnau reúne en un libro la correspondencia que la escritora mantuvo durante su exilio de plomo hasta 1960

Carnet de lectora de la Biblioteca Nacional de París de Mercè Rodoreda, válido de 1948 a 1949.
Carnet de lectora de la Biblioteca Nacional de París de Mercè Rodoreda, válido de 1948 a 1949.

“He hecho blusas de confección a nueve francos y he pasado mucha hambre. He conecido gente muy interesante y el abrigo que llevo es herencia de una rusa judía que se suicidó con veronal”, describe con crudo realismo Mercè Rodoreda en diciembre de 1945, desde su exilio entonces en Burdeos, en una carta a una de sus grandes confidentes, la también escritora Anna Murià. Son tiempos de miseria negra de verdad, que la autora de Aloma lleva arrastrando desde la Guerra Civil, agravada ocho meses después por el estallido de la Segunda Guerra Mundial. ¿Qué podía salir de bueno de tanta penuria? Exactamente de esa situación parte Mort de Lisa Sperling, donde una judía rusa se quita así la vida en un relato que formaría parte del libro Semblava de seda i altres contes. “La visión de Rodoreda se hace más profunda, universal, ella, una novelista de la condición humana. Pero claro, también de rebote, más trágica, más negra”, apunta la estudiosa de su obra Carme Arnau, que ha compilado las 226 misivas que conforman Cartes de guerra i d’exili (1934-1960), publicadas ahora por la Fundación Mercè Roderada del Institut d’Estudis Catalans.

A pesar de ser una corresponsal compulsiva, Rodoreda no consideró nunca sus cartas piezas literarias, por ello muestran un frescor y una sinceridad (y también un fino sentido del humor) inusuales, son cristalinas sobre su estado de ánimo. Tanto que, como hasta al menos 1946 todas las escribía a mano por falta de máquina de escribir, eso se traduce hasta en la letra: cuando arrecie su famosa dolencia en el brazo derecho, con una letra grande e insegura; cuando tenga una de sus crisis sentimentales con su gran amor Joan Prat (Armand Obiols de nombre de pluma, a quien dedicará La plaça del Diamant), una letra fea y difícil de leer. Las cartas al “perla”, “pericu”, “mutxatxu”, como le llama cariñosamente, son 33 y será Murià la confidente sentimental preferida.

Arnau ofrece un primer bloque de correspondencia que comprende las enviadas entre 1934 y 1946, desde Barcelona a Burdeos, pasando por París, Roissy-en-Brie y Limoges. Un panorama más bien gris merengo. “Una pedra que rodola” define su vida. Desde Burdeos, por ejemplo, le recuerda a Rafael Tasis, el 10 de agosto de 1945: “En un momento de debilidad y de gran crisis económica –en Limoges, cuando no enviaban el subsidio, fuimos a ‘buscar la sopa’ durante una quincena de días—aprendí a coser. Y aún coso”. Guerra y posguerra es tema monográfico. Es una época en que las cartas reflejan “una gran necesidad de amigos. Todo esto es demasiado amargo y quizá un día quedaremos asfixiados dentro de esta campana de cristal”, le reconoce a Carles Riba. Sólo quedará el particular paraíso sentimental de Roissy-en-Brie porque allí iniciará su relación amorosa con Obiols. Ahí se dio “esa pureza de criaturas que hay, mezclada con mucho amor, entre hombre y mujer”, como recordará ya mucho más tarde, en 1955 a Joan Puig i Ferrater.

Del horror, sólo la calmará escribir (“Escribiendo, escribiendo, la señora se ha normalizado –valga tranquilizado—un poco”, le dirá, claro, a Murià). El catálogo del horror tiene algunas fotos fijas que, sólo con el tiempo, tendrán su corolario literario, como la accidentada huida de París ante la inminente llegada de las tropas de Hitler (fuente del cuento Orleans, 3 quilòmetres, de Semblava de seda…), la incorporación de Obiols a una compañía de trabajadores (con retazos en Cop de lluna, dentro de Vint-i-dos contes) y la dramática situación que empieza a descubrir sobre el destino de los judíos franceses, reflejados en Nit i boira (del Vint-i-dos…) o el propio Mort de Lisa Sperling. Su pintura de figuras esqueléticas y ojos desorbitados, de gente encerrada entre alambres, como recoge Arnau, también sería reflejo de ello.

Mercè Rodoreda, paseando por Châtel-Guyon, en agosto de 1954. ampliar foto
Mercè Rodoreda, paseando por Châtel-Guyon, en agosto de 1954.

Como se pasa el día cosiendo, hay poco tiempo para escribir, por eso se inclina por los cuentos, género al que no es ajeno que sea durante su estancia en Burdeos cuando entre en contacto con la literatura de los Steinbeck, Faulkner, Dos Passos y con la autora de relatos neozelandesa, Katherine Mansfield, “decisiva en su narrativa”, recuerda la compiladora. No todo fue negro.

El segundo bloque comprende las misivas gestadas entre 1946 y 1960, entre París y Ginebra, con un paso decisivo en 1949 por su Barcelona, el primero desde la huida en enero de 1939. “La primera impresión que se tiene cuando se llega a Barcelona es que la FAI ganó la guerra. Y ahora casi se puede decir que si se clasifica a la gente según su peso –gente decente, hasta los 58 quilogramos; bandarres, de 58 para arriba—no os equivocaréis de mucho. Afortunadamente aún hay encinas, pinos y retama, y es muy posible que, a partir de estos elementos, se pueda reconstruir todo”, le confiesa a Josep Carner, el 17 de agosto de ese 1949.

Carner será un corresponsal asiduo porque en esta segunda fase Rodoreda irá recuperando el pulso literario, ayudada por una mayor estabilidad económica de Obiols. Hasta de literatura le habla al inopinado y eventual corresponsal Josep Tarradellas. La calma en Ginebra permitirá, por un lado, estar más atenta y afectiva, aunque siempre distante, con su hijo (por si quiere de verdad trabajar de representante; de si no se casa demasiado ponto…). Y por otro, escribir, lo que culminará con el famoso Vint-i-dos contes, premio Víctor Català 1957, lo que explica su correspondencia con los editores Josep Maria Cruzet o Josep Miracle. “No me quejo, al lado de otras épocas, que no sabía si comería al día siguiente, ahora estoy bien”, le confiesa a su hijo en diciembre de 1956. Xavier Benguerel será otro asiduo.

Los retoques a “Colometa”, la futura La plaça del Diamant, constituyen buena parte del grueso de ese bloque que culmina con el envío de la novela al premio Sant Jordi, que no ganará. Pero el ánimo de Rodoreda es otro: “De todas maneras, un día u otro se arreglará todo: somos como aquellas hormigas a las que les tapan el nido con tierra y que, a la que te distraes, han retirado la tierra y vuelven a hacer de las suyas”, le escribe en junio de 1959 a Tasis. Sí: las cartas de los años 1961-1983, en las que ya trabaja Arnau, demostrarán que Rodoreda fue una gran hormiguita.