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OPINIÓN

El determinismo independentista

Frente a la inevitabilidad histórica están los poderes del individuo libre y de las responsabilidades personales que asume

El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, camina por el hemiciclo del Parlament.
El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, camina por el hemiciclo del Parlament.

El crescendo de la agresividad argumental del secesionismo puede considerarse un síntoma de entrada en el pánico y en la estampida, mientras que con una mirada más distanciada percibimos la falacia de un determinismo por el que la linealidad histórica forzosamente ha de desembocar en la ruptura con España. Ese determinismo quedó expresado en el eslogan “Referéndum o referéndum”. En realidad, el todo o nada —el tot o res— es un determinismo muy elemental, como la idea de que llegará un día en que —según decía Francesc Pujols— los catalanes lo tendrán todo pagado. Son apelaciones al determinismo el hecho de que el nacionalismo secesionista pueda conseguirlo todo, que Cataluña sea independiente pasado mañana, que todos los catalanes lo quieran o que la Unión Europea no puede dejarla irse. Esas formas deterministas son las que impiden negociar o tener en cuenta que el adversario puede tener parte de razón. Es todo lo contrario de una concepción política de Cataluña que en sus buenos momentos ha sabido pactar, elaborar transacciones, saber con qué fuerzas contaba. Eso era el antideterminismo, la constatación de que no existe una linealidad histórica que lleva a la independencia sino un equilibrio constante entre lo que se quiere ser y lo que se hace. Es muy exótico ese reducto extremista de un presunto liberalismo catalán que al final acaba asumiendo premisas deterministas que tanto chocan con el ejercicio de pluralismo crítico.

Suponer que Cataluña será independiente solo porque ese sea el sueño adánico de los independentistas en un error determinista porque Cataluña será lo que los ciudadanos decidan en virtud del Estado de Derecho, otro invento liberal frente a la idea de un pueblo que elude la ley para obedecer al mandato inexorable del determinismo histórico, del pueblo elegido. La experiencia del siglo pasado abunda en casos de concepciones deterministas que acabaron siendo sistemas cerrados. Ahora vemos que en el siglo XXI y en sociedades avanzadas no faltan ayatolás ni la intimidación en forma de escrache. Una horda de sujetos analfabetos impone la ley de la selva en Internet pero una sociedad tolerante no puede dar cabida a tweets del odio como los recibidos por Miquel Iceta estos días, ni es aceptable llamarle “puta” a una fiscal.

Frente a la inevitabilidad histórica están los poderes del individuo libre y de las responsabilidades personales que asume. Aceptar la tesis determinista es ceder ante lo ciego y oscuro; representa rescindir los compromisos con la razón, entregar el poder de decisión, que es el honor supremo del ser individual frente a la fatalidad y él sin otro remedio. Isaiah Berlin razona que uno de los más grandes pecados que puede perpetrar cualquier ser humano es tratar de transferir la responsabilidad moral desde sus propios hombros a los de algún impredecible orden futuro. La suposición de que la historia avanza linealmente hacia un objetivo de perfección moldeable e inevitable —la nación pura, desligada del vecino que la coloniza— subyace en el proyecto de secesión, cada vez más desnutrido intelectualmente. Fueron muy tristes las horas de Francesc Pujols en el exilio: nada había sido gratis.

Berlin se refiere al determinismo y también al relativismo. El primero se basa en una interpretación falaz de la experiencia; el segundo representa como una prisión, un sistema respaldado por una mitología o un dogma metafísico. Ni una ni otra doctrina han sido avaladas como positivas por la experiencia humana. Es entre el determinismo y el relativismo que Raymond Aron plantea la teoría de la acción razonable. Berlin razona que uno de los más grandes pecados que puede perpetrar cualquier ser humano es tratar de transferir su responsabilidad moral a algún impredecible orden futuro. Todo paraíso planificado acaba siendo infernal. Tanto en términos jurídicos, políticos y sociales, la convocatoria de un referéndum ilegal —y, por tanto, sin garantías de ningún tipo— poco tiene que ver con la teoría de la acción razonable. Desde luego, no es razonable para el pluralismo de la sociedad catalana y ni tan siquiera para los objetivos de la secesión. Se trata de otra cosa, arcaica e irracional, sumada a los intereses a corto plazo de una lucha por el poder que de cada vez es más primaria y por lo menos tan primaria como peligrosa.

Valentí Puig es escritor.