Opinión
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Desolación moral

Aquellos que trabajan a favor de La Mina están desolados: todo lo que sea alimentar las mafias es negativo

Vista del barrio de La Mina
Vista del barrio de La MinaAlbert Garcia

La Mina es un microcosmos, un paisaje singular, un paisanaje que no tranquiliza. Hay partes de esta extraña geografía perfectamente homologadas con la ciudad convencional, pero otros rincones te hacen sentir forastera, notas las miradas de control clavadas en la nuca. Esto se sabe y se conoce y se intenta corregir, pero responde a una realidad más cruel: La Mina tiene reglas propias, como cualquier ecosistema peculiar, y se puede jugar a favor o en contra, pero sabiendo que si se sacude el sistema tendrá consecuencias. Las reglas no son tácitas ni son normativas y, en opinión de los expertos locales, crean relaciones tóxicas de dependencia en una parte de la población, la más vulnerable. Dicho en plata significa que por La Mina corre más dinero del que parece y que va por circuitos no homologados. Se pagan servicios y favores y tráficos que el común de los mortales no aceptaría.

Una va a La Mina, mira, habla, evalúa los efectos de una serie de inversiones —entre ellas una biblioteca espléndida o un instituto-escuela reactivado—, hijas del Consorcio establecido en el año 2000 y una sigue intuyendo que el esfuerzo ni roza esos niveles subterráneos, que son los que marcan el devenir cotidiano. Los Manolos, claro: ese clan que controla, simplemente con poner la firma en la puerta —como en tantas obras públicas de la ciudad—, el acceso a los pisos sociales vacantes que esperan a los inquilinos de Venus, que por su parte no quieren pagar ni un céntimo por la permuta. Venus es un desastre. No hay un centímetro de vestíbulo en condiciones, porque por alguna razón el destrozo es sistemático. Después sigue la cochambre hacia arriba: todos hemos visto la imagen del bloque. Bien, la garantía del Tío Manolo estaba pagada por el Ayuntamiento de Sant Adrià, no sé si con papeles o sin ellos. Y aquí es donde la justicia ha dado la patada al avispero, llevando a la trena al Tío Cristina, yerno del titular. Los clanes en La Mina son un asunto serio: recuerden el lío, todavía pendiente, de los Baltasares y los Pelaos.

No hay movimientos de este tipo que no tengan respuesta y castigo. Se ocuparon los pisos en una noche. El contingente venía con su destino asignado, la dirección apuntada en un papel, cada uno sabía a qué puerta ir. Incluso hubo quien intentó colarse, pero sin el piso asignado lo echaron de mala manera. Las ocupaciones de este tipo no abundan, pero las ha habido, siempre con intención: la más recordada fue la de unos pisos disputados, allá por los 90, para contestar un cambio de mayoría municipal, con un tránsfuga implicado, un asunto sucio. En Sant Cosme pasó lo mismo: sopletes y adelante. Me dice una persona de La Mina: aquella antigua ocupación todavía la pagamos ahora, que significa que arreglar el entuerto es, una vez perpetrado, imposible. No tengo idea de qué tiene en mente el Ayuntamiento de Sant Adrià. En todo caso, en el Consorcio hay mucha Generalitat y después la Diputación y el Ayuntamiento de Barcelona completando el cuadro directivo. No han dicho ni mu.

La buena pregunta es cómo actuar ante estos equilibrios ficticios y prepotentes. Habitualmente las autoridades, ya se ha dicho, miran para otro lado y pactan con los jefes. Pero aquellos que trabajan a favor de La Mina están desolados: todo lo que sea alimentar las mafias es negativo, afirman, hace más profundo el pozo social, contribuye a la degradación que siempre vuelve, como las lluvias de otoño. Ahora la degradación es brutal. Como para tirar la toalla. Pero no pueden, porque están ligados vitalmente a La Mina y comprometidos y han puesto aquí tanto esfuerzo. No podemos, subrayan, dejar que estas mafias sean los putos amos, que es lo que pasa la mayor parte del tiempo, con el beneplácito comodón de las autoridades. A partir de aquí, todo es construir sobre arena.

La lección de La Mina es que la degradación empieza de a poco y después no hay manera de parar si no es con acciones drásticas y dolorosas. Lo digo también por Barcelona, que es, por favor, un caso diferente. Joan Clos, en un momento especialmente conflictivo en el espacio público, solía decir que no podía hacer nada. Ada Colau y su equipo dicen que es mejor pactar que reprimir, que eso es de derecha. Se trata de solucionar. ¿Cuánto tiempo hacía que no se manifestaba gente del Raval contra la droga? Por citar una sola de las protestas que surgen contra una realidad muy agresiva.

Patricia Gabancho es escritora.

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