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GREC 2017

El fascinante 'tablau vivant' de Dimitris Papaioannou

El creador griego se revela un maestro en vender la estética como un todo absoluto

Una escena de 'The Great Tammer'
Una escena de 'The Great Tammer'

El espectacular tablau vivant de Dimitris Papaiaonnou es exquisito alimento para los sentidos. The Great Tamer (El gran domador) es una ingesta muy gratificante; adictiva para los ojos hasta alcanzar el umbral de la saturación. Sí, también perturba, pero erradicando toda acepción negativa del despertar de la inquietud. Como ante los cuadros vivientes que servían de plácido entretenimiento al público del siglo XIX, sólo hay que sentarse y esperar a que la corriente onírica -como una Ofelia prerrafaelita- te arrastre sumergido en un desfile de imágenes surrealistas. La ausencia de narrativa y trascendencia dramática en la refinada estética empleada podría ser incluso un valor positivo, si la propuesta tuviera una cierta personalidad disruptiva o iconoclasta. No parecen ser éstas las aspiraciones de Papaioannou, de alguna manera convencido que el espectador ha asimilado el concepto kantiano de la estética igual que un bote de sopa serigrafiado. Al menos, él parece rehuir el plausible conflicto. Prefiere la catarsis controlada.

THE GREAT TAMMER

De Dimitris Papaioannou. Dirección: Dimitris Papaioannou. Intérpretes: Pavlina Andriopoulou, Costas Chrysafidis, Ektor Liatsos, Ioannis Michos, Evangelia Randou, Kalliopi Simou, Drossos Skotis, Christos Strinopoulos, Yorgos Tsiantoulas, Alex Vangelis. Mercat de les Flors, 2 de julio, Grec’17.

El creador griego -de una teatralidad dominada por su formación plástica- es un maestro en vender la estética como un todo absoluto. ¿Pero es de verdad suficiente? ¿Qué ocurre cuando la belleza muestra sus límites, entrando en un bucle infinito? ¿Qué pasa cuando se agota el juego de identificar cuadros de la Historia del Arte o personajes de la mitología griego-romana (Ceres, Atlas, Saturno, Deucalión y Pirra)? Mientras el espectador está entretenido y funciona el efecto sorpresa se pasa por el alto que el movimiento es en muchos momentos un mero elegante gesto de transición hacia otra composición escénica. Hay excepciones, como la fuerza física aplicada sobre una coraza de yeso o la levedad de un soplo sobre un cuerpo flexible como un tallo, pero es un recurso en minoría.

El objetivo último es generar fascinación y rendición del espíritu crítico. Eclosión de los iconos. A veces previsibles, como la Lección de anatomía de Rembrandt y otras de una genial reinterpretación de una perspectiva o de la manipulación que revolucionarias corrientes artísticas hicieron del cuerpo humano. Maravilloso el protagonismo, no exento de ironía, que cobra el desnudo yacente inspirado en el Cristo de Mantegna -una imagen utilizada con más intencionalidad por Pasolini- y, sobre todo, la alienación erótica que el surrealismo aportó con sus cuerpos desmembrados. Es la visión -esta vez sí inquietante- de los brazos y piernas desperdigados como en Intermission de Magritte, el descuido anatómico de Dalí, o el torso de Venus objetivado por Man Ray. Es también la sutileza de llevar al escenario el trazo dramático de un ropaje renacentista o cambiarle el género -y de paso multiplicarlo- a El origen del mundo de Courbet.